El laberinto está compuesto por pasadizos y habitaciones intrincadas, ideado para confundir a quien entre e impedir que encuentre la salida. En el laberinto habitaron el Minotauro, Teseo, Dédalo e Ícaro. “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”. A veces soy híbrido entre instinto y lenguaje, otras héroe griego, algunas arquitecto de mi encierro y, otras tantas, libertad en caída libre.

viernes, 8 de mayo de 2009

21 GRAMOS DE VACÍO

Imagen de la película 21 Gramos


Cubro de mostaza el pan. A algo le tengo que encontrar sabor, ¿no? Hoy, domingo familiar, almuerzo panchos. Ahora que lo escribo me acuerdo de esa navidad de 2.001, donde el corralito de Cavallo nos había aproximado a comer panchos como menú navideño. El 2.002 fue el año de la gran debacle. Todo empezó a caer y nosotros caímos con todo.

Ahora estamos sólo mamá y yo. Solos. Antes, los domingos almorzábamos con toda la familia. Pero la familia también cayó y ahora sólo quedan lazos de sangre desarticulados por silencios varios.

La escena me parece patética. Se me caen unas lágrimas tímidas; mamá no las ve o finge no verlas, no sé. Ella debe tolerar el silencio un poco menos que yo, y empieza a hablar. Me cuenta de la gripe porcina, de la gente que muere. Yo la escucho y pienso que esas personas tuvieron suerte. Habla de la Ministra de Salud de Chaco, que tal vez tenga dengue. Yo asiento, mientras como el segundo y último pancho.

Papá se fue a almorzar afuera. Yo creo que papá se fue hace muchos años. Nadie aguanta aquí demasiado tiempo sin morirse de a poco.

Lavo los platos usados por mamá y por mí. Ella seca una cuchara. Le digo que ya voy a secar yo, y ella me dice algo en lo que tiene razón: "dejalos, ya se van a secar solos". La frase me retumba en la cabeza. Así pasó con nosotros, ¿no?, nos dejaron y ahora nos secamos solos.

Ayer hablé con amigos. Hablar es una manera de decir, no hablé, chateé. En estos días no hablé con nadie. No tengo nada nuevo que decir. Siempre es lo mismo, sé que soy un cassette (sí, cassette y no CD, además soy anacrónico). El cassette repite siempre el mismo lamento. Soy los sonidos que giran en mi garganta una y otra vez. Mis amigos no entienden por qué necesito que me quieran. Acudo buscando cariño, pero obtengo juicios en los que el veredicto siempre es el mismo: “culpable”. No necesito que me den mas sentencias de las que ya me he dado. Lo sé, sólo necesito un abrazo, aunque sea virtual. Siempre buscando cariño… ¿por qué?: si sé.

Me acuerdo de esa vez, cuando tenía trece años. ¿Qué me detuvo?: familia. Me frenó el sentir que me querían y que les haría mal mi decisión (o tal vez sea mi eufemismo para no decir que fue la ya habitual cobardía). Necesito que me quieran para que me aferren a la vida. Es tan fácil caerse de ella. Es muy difícil mantenerse de pie cuando se camina por el borde todo el tiempo.

Mi habitación está a oscuras. La única luz que alumbra es la de este monitor. En este fin de semana he dormido más que en toda la semana. 21 gramos acaba de terminar en la pantalla. Me di cuenta que me sobran 21 gramos de vacío.

Pienso en “Closer” y en decir siempre la verdad ¿Acaso no es mejor la peor de las verdades que la más satisfactoria de las mentiras? Quiero que me escupan las verdades en la cara, aunque en el camino se transformen en balas que destrocen mi cerebro... o tal vez, justamente por eso.

Me duele la cabeza de tanto escuchar mis ecos, quiero que alguien frene todo esto. Sino me vas a querer, si me vas a degradar, si me vas a ignorar, sino me vas a aferrar a la vida, apuntá y dispará, ayudame a perder mis 21 gramos de vacío.

lunes, 20 de abril de 2009

CONFESIONES DE OTOÑO




Tengo ganas de llorar. Ni si quiera sé bien por qué. Sólo sé que pasa de vez en cuando, más de en cuando que de en vez. Sólo sé que las paredes parece que me apretaran tanto que no me dejan respirar. Y es justamente en esos días cuando me aparecen estas ganas de que exista una navecita espacial que me deje abandonar la tierra por unos días, semanas, meses, años o vidas. No sé. Algo que me de paz.

Últimamente me estoy sintiendo demasiado bueno para nada. Asisto a mi caída con un silencio cómplice de mis fracasos. Me hundo sin saber dónde. Si por lo menos supiera eso, podría gritar que alguien venga a sacarme. Pero todo es igual, o tal vez no, pero yo no puedo ver las diferencias que se ocultan detrás de tanto gris oscuro.

Ya tiré las semillas. Dejé que cayeran en la tierra, esperando ver nacer nuevos tiempos. La tierra era estéril. Las semillas se secan bajo el sol y nada nace. Me pudro y pudro.

Tengo miedo. Me tengo miedo. Te tengo miedo. Les tengo miedo. Nos tengo miedo ¿Qué hago mas que matar todo antes que nazca? Voy por la vida abortando mi vida. Y vos, ¿vos qué? Vos también me tenés miedo; ¿quién no me tiene miedo?

Quiero escribir por que las palabras extinguen los actos. Pero no puedo escribir ni tampoco puedo actuar. Soy un muerto, una pausa constante, un embalsamado que no gana respeto.

Nunca voy a ser un buen escritor, sino mirá lo que hay acá. No, no te ilusiones, tampoco seré buen psicólogo, buen profesor, buen hijo, buen padre, buen nada. Soy como un auto viejo que se queda a mitad de camino. La fuerza siempre se me acaba antes de llegar.

No, no lloro, y no sé qué es peor. Las lágrimas ya no me sirven de nada. No hay guías ni recetas. Nunca sabré qué es lo que hago bien y qué es lo que hago mal; por que algo mal hago, por que algo bien, no. Por que no sé llegar, por que golpeo puertas en casas inhóspitas. Y hoy, hoy llegó el otoño, con su primer día frío, y estoy afuera de todo y adentro de nada, sintiéndome cada vez más solo.


domingo, 15 de marzo de 2009

LA INICIACIÓN

Imagen: "Grandmother's sofa # 17" by Igor Amelkovich

La computadora se enciende. El vacío del navegador de internet empieza a sentir los latigazos de las letras que martillan huellas sobre los mismos pasos. Entra al chat. Una vez más, los adolescentes no la esperan. Como buena cazadora, estuvo explorando el terreno antes. Hasta ahora no hizo nada. Esta noche buscará su primera presa.


El adolescente, de tan sólo dieciséis años, disfruta del silencio que invadió el departamento en el que vive. Sus padres duermen. En la noche solitaria, el hogar le pertenece. Enciende la computadora. Va a la misma página de siempre, y entra al chat. Una vez más busca conocer una mujer caritativa, que quiera iniciarlo en los placeres de la carne. Él, al igual que los que vendrán, no la espera.

- ¿Edad? – Le pregunta una mujer que lleva por nick “Felina”
- 17 – miente él
- Me gustan los jovencitos… sobre todo si son vírgenes, ¿vos lo sos? – Pregunta ella sin un mínimo atisbo de timidez
- Jajaja, sí… pero con ganas de solucionarlo… jajaja – contesta él esperando que ella acepte la propuesta.

La mujer hace honor al sobrenombre que emplea. Realmente es una felina, que hace del olfato y de la seducción sus mejores armas. Cuando una gota de sangre cae al agua en donde habitan las pirañas, el olor del fluido les excita el apetito. Esta felina ha detectado su presa con unas cuantas palabras. Es que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Ella, con sus treintaicinco años, no es para nada vieja; pero, en algunos terrenos, tiene más experiencia que la suma de varias mujeres de ochenta años. “Felina” escribe algunas oraciones más y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro. Retira el cigarrillo de sus labios, dejándole impresa la huella de su rouge, y lo aplasta contra el cenicero. Tiene hambre, pero también tiene la satisfacción de saber que hoy cenará.


A él, las palabras le llegan a sus ojos como la tierra le llega a un navegante que desde hace días se cree perdido en el mar. No podía contenerse. Le sudaban las manos. El corazón le galopaba en el pecho como caballos que se escapan buscando su libertad. Recuerda la foto. Ojos verdes. Labios rojos. Cabello negro y lacio. Piel infinitamente blanca y lisa, como un paisaje nevado. Pómulos altos y una mirada extraña, que condensa tristeza, sensualidad, tentación y desparpajo. Su pene se hincha. Esta noche él la tendrá, ella se lo ha dicho. Él todavía cree.

Dos de la madrugada. El adolescente llega al lugar del encuentro. Se queda mirando la puerta de aquella vieja casa. Teme que se abra, pero su deseo es tan fuerte que podría romper candados sin tocarlos.

Golpean a su puerta. Ella la abre, y un halo de luz proveniente de afuera ilumina el rostro divino de la mujer. Ahí está él. Con voz sensual, la mujer felina, le dice a su joven ratón que entre. La puerta se cierra y todo se torna oscuro. El adolescente no sabe lo que hace. Camina a tientas, tratando de escuchar los pasos de su anfitriona para que lo guíen. Ella sí sabe lo que hace.

La mujer sirve un vaso de whisky y lo lleva a la boca del joven. Él, obedientemente, bebe, aunque no le guste, aunque no acostumbre a tomar alcohol, aunque se le incendie la garganta. Dos segundos después están sentados juntos en el sofá. Ella desliza sus dedos como serpientes por la cabellera adolescente. El muchacho experimenta una erección. El escote de ella, le incendia la entrepierna. Ella lo sabe, sonríe sensual y desliza su lengua por su labio superior.


Algo de whisky se derrama por la comisura de los labios del adolescente. Ella lo limpia con su lengua y donde antes hubo alcohol, ahora hay saliva. La mujer juega a ser diosa, se pone de pie y con su mano guía al adolescente a que se arrodille ante su presencia. Deja caer su vestido. Y el adolescente mira, con vergüenza y por primera vez, el cuerpo de una mujer real desnuda.


La mujer aplasta el cráneo del adolescente contra su pubis. Él abre la boca y, como un cachorro que tiene miedo y ganas de jugar, empieza a lamer. La mujer le arranca la remera, haciéndola jirones. El joven queda estupefacto y no sabe cómo hará para justificar ante sus padres el volver al hogar con su ropa rasgada. Pero no tiene tiempo de pensar. Ella está sacándole de un solo tirón los pantalones y la ropa interior. Ahora él cree que están en igualdad de condiciones: completamente desnudos. Sin embargo no es así, pues la mujer no desnuda todavía aquello con lo que goza.


Ella lo besa, y con su lengua escribe excitación en los dientes. Le arroja los restos de whisky en el cuerpo y luego empieza a lamerlo. El cuerpo adolescente se derrumba arrastrándola a ella hacia la cama. A la felina no le gusta estar abajo, rápidamente lo hace girar y se sienta sobre él. Sujeta el pene y, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, empieza a introducirlo en su cuerpo. Abre la boca y cierra los ojos, mientras acomoda sus paredes aterciopeladas para envolver la carne de su presa. El adolescente no puede creer lo que está sucediendo. Siente a la mujer en todo su cuerpo. La ve disfrutar aleteando sobre él como si fuera una mariposa. Observa los pechos de ella moverse libres y siente como su pene se tapiza de la humedad femenina. Está adentrándose más profundamente en ella, con cada segundo que pasa. Él no puede creer lo que está sintiendo. La mujer lo sabe, ella es la experta y empieza a columpiarse sobre él con violencia.

El adolescente ve a su diosa contornearse, poseída, sobre su cuerpo. El rostro femenino bien podría haber sido un cuadro que represente la conjunción entre placer y misterio. Y de repente, como si nada hubiese ocurrido, ella se levanta violentamente, dejando el miembro adolescente rodeado de vacío. Él, confuso, sonríe y no entiende bien lo que ella le dice cuando le escupe un “vestite y andate”.


- ¿Cómo? – Dice él, tímidamente.

- Eso pibe, ya está, ya acabé, andate que quiero estar sola.
- Pero… ¿y yo?
- ¡Andá a tu casa y terminá solito, como hacés siempre, ya te di bastante material para que tu imaginación tenga de dónde fantasear! – grita ella, histérica.

El adolescente, sorprendido, confuso, con miedo, rápidamente se viste y abandona la casa. Ella lo ve irse y sonríe divertida al recordar su rostro.

Esto fue un ensayo. Ella seguirá afilando sus métodos para disfrutar cada vez más de su venganza. Uno a uno caerán adolescentes sobre su cama, como ella lo hizo en la cama de aquel hombre que, siendo ella muy jovencita, la enamoró y usó su cuerpo como un mero receptáculo de semen.


Sirve otro vaso de whisky y se desparrama sobre el sofá. Agarra el portarretratos que tiene la fotografía de ese hombre, que era su padrastro, y la recorre con su dedo. Recuerda su primera vez y percibe nuevamente el perfume del adolescente que acaba de echar. Prende un cigarrillo, se excita y comienza a tocarse sola en el sofá, recordando como disfrutó la iniciación.



jueves, 5 de marzo de 2009

EL EXILIO



Exilio. Al decidir renunciar al estado amoroso, el sujeto se ve con tristeza exiliado de su imaginario.
Trato de arrancarme a lo Imaginario amoroso: pero lo Imaginario arde por debajo, como el carbón mal apagado; se inflama de nuevo; lo que había sido abandonado resurge; de la tumba mal cerrada retumba bruscamente un largo grito
(Roland Barthes, "Fragmentos de un discurso amoroso")

See you later, alligator


Abro la valija vieja, esa que recorrió muchos lugares pero que no supo quedarse en ninguno. Encuentro en ella los recuerdos de las noches sin luna, de la lluvia que nos seguía hacia todos los lugares a los que íbamos, del sol que bajo el agua perseguíamos. Palpo el vacío, que se ha vuelto una masa asfixiante, extranjera y exiliada de mi cuerpo. Estoy arrodillado, al lado de la cama, frente a esta vieja valija, dejándome abrazar por el tedio que respiro, mientras constato, una vez más, que ya no me miras.
Una a una voy tomando las prendas, llevándolas a mi nariz para despegarles el perfume de tu piel y quedarme con algo que realmente te pertenezca. Los recuerdos me acorralan, me torturan, pero no hicieron el favor de matarme antes que me mataras. Y siento como una vez más, las lágrimas me derraman sobre mi propio charco de sombras. Voy sintiendo, lentamente, la textura de las telas que lastiman, como espinas pequeñas, mis incendiadas manos. Nunca aprendí que no hay que jugar con fuego si no se quiere terminar quemado. Vuelvo a los días en los que esas ropas caían, apresuradas, sobre el piso para dejarnos desnudos, frente a frente, labio a labio, mano a mano, vientre a vientre. Abro los ojos y veo que es de noche y llueve, pero ya no estamos semidesnudos en el auto.
Guardo todo. Voy viendo como, de a poco y con paciencia, intento cubrir el vacío de la valija, que coincide con los bordes porosos de mi propio vacío. Pienso nuevamente en lo injusto que es el destino, en como se comporta como agua de río, que en un segundo te deja un regalo y otro segundo después te lo arranca de la piel. Transpiro desesperanzas, mientras veo que no hay otra opción más que ésta que tanto duele. Tengo que permitirnos esto. Tengo que dejarnos ir. Debo acatar las consecuencias de los riesgos que no tuve miedo en tomar. Tengo que perder, una vez más, lo que ya he perdido. Tengo que cerrar este libro que nunca fue escrito. Ahora sé que tengo que rendirme y que debo que acatar los “tengo que…”
La valija ya está hecha, y no queda lugar para que guarde allí todo el rosario de recuerdos. Voy viendo cómo las paredes del cuarto se recubren de una enredadera de soledad que crece ilimitadamente. Veo tus ojos y ya no puedo leer más nada. Soy un analfabeto que se ha extraviado en los márgenes de tu cuerpo. Te has vuelto un misterio que, esta vez, no me empecinaré en descifrar. Sólo así nos permitiré partir, dejando de cavar huellas sobre huellas hasta enterrarme en una tumba hecha con pasos no dados.
Tomo el equipaje y abro la puerta. Somos de mundos tan diferentes, que sólo por eso están destinados a oponerse y complementarse. Nuevamente, hay que cruzar el gran charco. Pararnos otra vez en las veredas de enfrente. Pero ahora habrá que dar la vuelta y caminar ignorando a dónde, pero sabiendo que ya no volveremos a encontrarnos. Allá afuera espera el frío. Acá adentro, las baldosas rotas por las raíces de la tristeza constante. Nos miramos una vez más. Tal vez sea la última. Quiero creer que no, pero sé que sí; que luego de esta vez ya no habrá más veces. Tomo tu mano y la acaricio. La llevo al encuentro con mis labios que la besan como el mar cuando roza la arena. Me arrojo sobre el vacío de tu pecho y nos quebramos en un último abrazo. No hay nada que decir. Pongo la valija en tus manos, veo como traspasas la puerta, me lamo las heridas y te dejo ir para siempre hacia mi exilio.

martes, 17 de febrero de 2009

DE PERDER Y ESTAR PERDIDO


No sé cuántos años tenía. Si sé que era un niño. Sólo recuerdo que me trepé a un banquito y que llegué hasta el último estante del armario. Creo que estaba solo en la habitación, pero no estoy seguro. Nunca pude estar seguro de nada. Siempre estuve perdido. Lo que si sé es que me había escapado de la vista de los demás; o tal vez, ya por entonces, ellos me habían expulsado de sus ojos. No sé por qué lo hice. Tiré todo. Nada hizo ruido. Decenas de remedios se extendían ante mí. Me senté, empecé a abrirlos uno por uno y tragué pastillas y bebí jarabes. Ni todas esas drogas anestesiaron los dolores que vendrían años más tarde. Me dieron de tomar leche pura, caliente; justo como a mí no me gusta. Esa noche vomité.

Soy un caballo. Un caballo blanco, que no es el de San Martín, ni el de nadie. Un animal que corre como si su vida dependiera de ello. El viento es atravesado por mi cuerpo. Mis cuatro patas rasguñan la nieve y la arrojan detrás de mis pasos galopantes. Me duelen las piernas pero sigo corriendo. Más y más. Muchos caballos me siguen, pero no pueden alcanzarme. Les llevo muchos metros de ventaja. Algo se rompe en mí. Todo se rompe cuando es frágil. El dolor me sube desde una de mis patas. Va transportándose por todo mi cuerpo, mientras siento la dureza del camino estrellándose contra mi pecho. Me caí. El dolor se vuelve sangre y coloniza cada una de mis células. Todos los caballos pasan por arriba de mi cuerpo blanco llenándolo del lodo que se esconde debajo de la nieve. Soy sólo una mancha blanca, perdido entre tanta nieve, lleno de pisadas; que ve como todos los demás caballos me van dejando atrás.

Estamos en un hotel alejamiento lujoso, pero tus sentimientos hacia mí son pobres. No pasó nada. No hay nada. No habrá nada. No. No. No. Estamos llenos de vacío y de silencios. ¿Qué tenemos en común más que la soledad que nos separa? Miramos, una vez más, al techo. Tus manos arman un nudo de lágrimas en mi garganta comprimida. Tus dedos tocan sobre mi cuerpo los acordes de mi melodía más triste. Mis labios se marchitan sin la humedad de los tuyos. Reís. Nunca sé de qué te reís. Tal vez si lo supiera dejaría de compartir con vos el lecho. Me invitás a dónde sabés que no voy a acompañarte. Lo hacés sólo para que, una puta vez en la vida, pueda decirte “no”. Sé que vas a continuar lo que interrumpiste conmigo. Me duele saberlo. El preservativo se desenrolla, se hace un nudo y se arroja a la basura. El preservativo sin semen, perdido en la basura, una vez más, soy yo.


Toco tu puerta. Estás en la cama y me cuelo entre tus brazos. Te abrazo fuerte. Muy fuerte. Más fuerte. Quiero deshacerme entre tus brazos. Quiero dejar de ser hielo y convertirme en el agua que lave las heridas de tu cuerpo. Quiero que me bebas, pero no podés pues soy agua contaminada. Soy un líquido tóxico, viscoso, que penetra por las venas causando dolor hasta ser vomitado en forma de lágrimas. Te hago mal. Lo sé. Ayer quise sembrarte pétalos en los ojos. Hoy excavé en ellos hasta destruir tus napas de agua subterránea. He perdido la batalla. Perdón, nunca quise que lloraras con mis lágrimas.


No aguanto más. El dolor se vuelve omnipresente. Días sin bañarme, sin animarme a salir de la cama. Arrastro mi cuerpo hasta el baño. Las lágrimas, viejas compañeras, llegan antes que la lluvia de la ducha. Me mojo con mi sal. Y todo vuelve a empezar. Me acuesto en la bañera en posición fetal. Cierro los ojos mientras siento como el agua cae tan fuerte sobre mi cuerpo, que es como si la vida me estuviera pegando patadas en el piso. El mundo me aplasta los hombros. No sé dónde está el mundo. No sé dónde estoy yo. Estoy perdido. He gritado silencios que nadie ha escuchado. Mi voz está desgarrada. Me retuerzo de dolor, como lo hace una babosa cuando se desliza sobre un manto salado. La respiración es una ola que me viene y que se va. Estoy cansado de que el dolor ya no me entre en el cuerpo. Lo libero de mis venas. El piso de la bañera se cubre de rojo.

miércoles, 21 de enero de 2009

ENTONCES NO HAY ESPERANZAS

Imagen: "Myself dead as a clown" by Joel - Peter Witkin

- Tal vez no haya nadie que lo note…
- No. Nadie se ha percatado del alumbramiento de mis lágrimas ácidas, paridas por éste par de ojos castrados. Nadie vino a visitarlas a mi pesebre abandonado. Es que todos se han empeñado en hacerlas bastardas, para poder negar aquello que las causa.
- Quizás te hayas vuelto invisibles para la mirada de los otros...
- No. Todos pueden ver que estamos irremediablemente solos, aunque ésta sea una verdad que nos empeñemos en negar. Aunque día a día levantamos semblantes para taparla. Algunos se engañan más que otros; pero las ficciones siempre se quiebran como cristales que terminan clavándose en los ojos.
- O puede ser que todos hayan partido ya…
- No. Tengo la certeza de que todos seguimos cultivando pasos ausentes en la misma tierra estéril de siempre. Ojalá hubieran partido, pues harían bien en irse lejos y ahorrarse el momento de presenciar mi decadencia; que invoque aquella que también habita en sus cuerpos.
- ¿Y si las huellas sirvieran de lazos?
- No. Lo cierto es que los lazos son puentes de azúcar que se desploman ante el salvajismo de los años. Pues son artificios que intentan cubrir lo que nos falta.
- Tal vez, a través del sexo nos unamos…
- No. Nada nos une a nadie. Ni siquiera en la carne hay ligazón entre los seres. El sexo es una ilusión, una cumbre de felicidad que se levanta, imponente como una gran ola, durante el roce de los cuerpos; y que se desploma en el segundo después, cuando las almas caen separadas, y nos fragmentamos tanto, que nos volvemos arena.
- Entonces no hay esperanzas
- Entonces no hay esperanzas. Si he de brotar cubierto de pétalos negros, tal vez sea mejor marchitarme. Perderlo todo hasta vaciarme del dolor que late en mis venas, y recluirme en mí mismo hasta convertirme en una semilla de piedra.
- Tal vez no haya nadie que lo note… Se repitió a sí mismo, mientras contemplaba su imagen , desprovista de toda máscara, frente al espejo de esa habitación gris.

jueves, 8 de enero de 2009

MASTURBACIÓN

Imagen por David Nebreda

Gracias a Anuar por su colaboración con este texto

La noche es el refugio de todos los que han sido condenados al ostracismo durante el día. La lluvia, que cae persistente sobre el tejado, no lava las heridas que abre la luz del sol sobre las pieles sedientas de castigo. La luna, ante ese panorama, está llena de miedos y se esconde entre nubes infinitamente amorfas.
Está en su habitación, solo. La cama está destendida desde hace semanas. En la mesa de luz hay cinco platos diminutos y tres vasos sucios y vacíos. Restos de comida se pudren en ellos y, por las noches, las cucarachas encuentran en ellos su alimento. Él come una vez al día, cuando la náusea del vacío le ordena saciar su estómago.
Son las dos de la mañana. Está desnudo. La piel parece estar siendo devorada por un musgo viscoso. Enciende un porro y mira al techo cubierto por telarañas. Los huesos y las venas parecen querer salir de ese cuerpo habitado por cuatro demonios. El olor de la marihuana esta vez no lo calma. Aspira buscando encontrar un placer solitario que lo haga huir del dolor. Pero no hay escapatorias. Llora como si fuera un niño, y no sabe por qué. Las lágrimas se deslizan por su cuerpo como ríos sin represas. La angustia llena de huecos el sentido.

Prende el televisor. Va al canal de siempre. Está la misma rubia de la semana pasada succionando un pene erecto. Otro hombre la penetra, con furia, por detrás; mientras una morocha le muerde los senos. Él saca su miembro de la ropa interior que no ha cambiado en días. El órgano no le responde. Lo golpea. Nada. Abre el cajón de la mesa de luz y saca una pastilla azul.
Una hora después, tímidamente, el falo cobra vida. La rubia ya no está en la pantalla, pero no importa, ahora hay una filipina lamiendo la vagina de una europea. Empieza a masturbarse. Tira una y otra vez de la carne que le duele. Lo hace con cada vez más fuerza.
Recuerda a su última novia diciéndole que se vaya, que ya no quiere verlo nunca más. Y sigue tirando de su pene con vehemencia. También acude a la mente la supuesta mejor amiga de su chica, bajándole el cierre del pantalón. Y ahora aprieta fuerte su miembro, como lo hacían los labios de esa mujer disfrazada, por él, de tentación.
Agarra sus testículos con furia y ve nuevamente la cara de su última novia mirándolo en el balcón, mientras una versión posmoderna de Lilit le practicaba sexo oral. Sigue masturbándose con violencia y rapidez. No quiere acabar. El semen se escapa; no así las lágrimas. Insiste. Ese hijo de puta tiene que vaciarse para dejar de lastimarlo. El falo parece bañarse en ácido y le arde, pero el dolor le es dulce.
Los dientes se clavan en su mano izquierda. El esperma cae y también la sangre. Muerde aún más su mano y siente el sabor dulzón del líquido escarlata que se le escapa por la comisura de sus labios. Súbitamente, agarra su miembro teñido por un blanco mezclado con rojo, y tira de él hasta sentir que lo arranca. Ahora sí ha acabado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

FRIALDAD

Imagen: "Elena's training" by Igor Amelkovich

La ciudad transpira y se rinde ante el calor sofocante de verano. Es una tarde húmeda, pesada, de esas que adhieren la ropa al cuerpo. No corre ni una leve brisa y el fuego quema las carnes. Las bocas piden la frialdad de alguna bebida helada que apague los incendios gestados en las gargantas. Pero los médicos dicen que hay que tener cuidado, pues tanta frialdad puede llegar a enfermar.
El amor a veces se olvida del clima. Aldana está abrazando fuertemente a Germán, como si quisiera sujetarlo a la vida. Ella tampoco encuentra sustento, pero uno siempre piensa que el otro está peor que uno. Aldana sabe que no puede darle nada, pero también sabe que daría todo para que él se sintiera amado. Hace calor, pero ella necesita sentirlo pegado a su cuerpo, pues siempre se tiene miedo de perder aquello que no se tiene.

Están sentados en la cama de él. Germán descansa de espaldas a Aldana, mientras ella tiene el torso de él, rodeado entre sus brazos. Él, pese a que es mucho más alto que ella, parece un niño que apoya su cabeza en el pecho de una mujer que le brinda protección. Germán, mientras habla, toma la mano pequeña de Aldana entre las suyas. Le cuenta que se quedó nuevamente sin trabajo y que le va a costar pagar el alquiler del departamento, pero que no volverá a la casa de sus padres. Le dice que tiene miedo, que a veces se asusta de sí mismo y que desearía que las cosas fueran más fáciles. ¿Es que hay alguien que no desee eso? Y sin embargo, siempre nos empeñamos en complicarnos.
Le describe sus pesadillas, esas que le traen los recuerdos de los maltratos de su padre en la infancia. Le cuenta la frialdad de aquel hombre y del silencio, igualmente frío, de la madre. Germán, un hombre que sale a pelear a la vida, se transforma de repente en un niño indefenso paralizado ante el terror al padre. Aldana, una mujer con sus problemas, pero siempre débil, se vuelve la mujer que cobija al niño de sus miedos.
Germán, teniendo siete años, ya sentía ese terror ante el padre. Fue ese terror el que, una vez, lo hizo temblar y derramar el té de la taza, durante el desayuno. Su padre le arrancó bruscamente la taza de la mano, le grita, lo humilla y el niño sólo puede pedir perdón, mientras llora. La taza vuela y se estrella contra la pared. La confianza del niño también. Germán siente las manos gigantes de su padre que le tiran del pelo hasta derribarlo. El niño siente el dolor del primer puñetazo en su inocente espalda. El niño experimenta la traición y empieza a sentirse la peor basura. El miedo explota luego del tercer puñetazo. Los gritos de la madre son tímidos y se muestra incapaz de frenar la frialdad de su marido. Germán le cuenta a Aldana de esa patada en el estómago, de su falta de aire, y su orina mojando sus piernas de niño. Le cuenta de su vergüenza, le cuenta de su miedo, le cuenta de su impotencia. También le habla de la ducha fría, de la humillación de estar tan desnudo, tan frágil y tan niño, ante su padre. Le cuenta de estar tiritando de frío, y de llorar por ser tan niño y sentirse tan poco querido.
Aldana lo escucha en silencio. Ahora es ella su madre. Ella es quien repara la omisión de la otra mujer. Siente a ese niño temeroso entre sus brazos. Sus ojos se llenan de lágrimas, y una de ellas cae sobre la mejilla de Germán, que le dice que quiere llorar pero no puede. El joven habla de sí mismo como si hablara de otro. No puede asociar a ese niño consigo mismo. No siente autocompasión, pero sí odio, aunque uno distinto, uno que se ha enfriado en sus venas y que no emerge en la voz cuando narra su pasado.

La joven vuelve a abrazarlo fuerte, buscándole infundir ternura, protección, amor y seguridad, pero él no puede corresponder a ese abrazo. Aldana se atreve a hablar y le pregunta qué siente. Él es sincero y contesta que ya no siente nada. Es que los golpes duelen, pero también anestesian. Germán piensa unos minutos y vuelve a hablar, pero esta vez con un volumen de voz más bajo. Vuelve a decir que a veces tiene miedo de sí mismo, pues él podría ser como su padre. El joven comete un primer error, pero no puede saberlo. Aldana no entiende, se perturba, se inquieta, y pregunta un tímido por qué. Germán, manteniendo su tono monocorde, le cuenta que a veces siente la necesidad de golpear y maltratar a seres más débiles e inferiores a él. La joven escucha estupefacta, mientras él continúa hablando, contándole con frialdad que su gato se escapó cansado de recibir golpes.

Aldana, sintiéndose más débil e inferior que Germán, no puede dar crédito a lo que escucha. No entiende como aquel hombre que la besó con tanta dulzura, puede ser capaz de algo semejante. La joven siente miedo, mucho miedo, y la sensación de abrazar a un desconocido que se transforma en peligroso. Hay algo en ella que le dice que ese hombre es oscuro; algo le dice que tendrá que cuidarse. Algo empieza a despertarse en ella.
Sin embargo, ve en Germán una lágrima, y luego otra, y otra. Y ahora el joven dice que no quiere ser así, que es infeliz, que desea olvidar todo pero que no puede, que necesita algo del amor que no tuvo en su infancia. Y es ahora él quién abraza fuertemente a Aldana, mientras ella vuelve a sentir deseos de cuidarlo, de ayudarlo, de amarlo. Y se abrazan fuerte, muy fuerte, hasta sentir que sus huesos se rompen en los brazos. La joven acaricia al hombre herido, besa suavemente sus lágrimas, sus ojos, su frente y él se deja besar.
Aldana, que parece ser tan pequeña, se vuelve grande. Se quita la remera, desprende su sostén y lleva a Germán hasta sus senos. Él los lame, los besa, los muerde suavemente, los acaricia, los aprieta y los vuelve a lamer. Su boca se llena de gusto a mujer y el sabor amargo de su vida se endulza. Germán recorre los pezones con su lengua hasta que están erectos. Ella se quita la falda y se desnuda por completo para entregarse totalmente al hombre. Él acaricia sus caderas, mientras besa su ombligo. Ella abre sus piernas y siente la lengua de Germán buscando su clítoris. Él se desnuda rápidamente y guía la boca de ella hasta su miembro. La pasión los desborda. Las manos se gastan en la piel ajena. Las lenguas crean pasadizos y recovecos. Los sexos se dilatan, se humedecen, se invocan. Los cuerpos pierden sus límites, mientras se muerden, se chupan, se tocan y se aprietan. Germán se siente poseído, es un demonio deseando pecar, y necesita con vehemencia internarse en el cuerpo de Aldana. Le abre las piernas, sujeta sus manos entre las suyas, muerde sus pechos y rápidamente está en ella moviéndose aceleradamente. Aldana le dice que pare, que está siendo muy brusco y la lastima. Pero Germán sigue aunque su rostro evidencia enfado y desprecio. Aldana vuelve a escuchar, en su interior, que Germán es peligroso, pero lo observa nuevamente y comprueba que se detuvo. Empieza a acariciarla muy suave y tiernamente, y acaricia con sus labios los de ella. Ahora lo hace suave y lentamente al principio, acomodándose entre las paredes aterciopeladas de Aldana. Ella, ahora, disfruta, y él también. El ritmo empieza a crecer según los deseos de ambos y, lo que era suave y lento se va transformando en fuerte y rápido, mientras ambos se acercan más y más al orgasmo. Los gemidos tapizan los oídos. Ella se contornea, gime, se humedece más y él acelera hasta sentir que explota e inunda todo en ella. La respiración y las pulsaciones decrecen. Se abrazan y besan suavemente. Germán cierra los ojos y le dice a Aldana que está cansado y que desea dormir aunque sea media hora.

Aldana se siente extraña. Experimenta un pequeño dolor en su vagina. Se levanta, va al baño, se mira al espejo y nota magullones en sus senos. Se higieniza y descubre que tiene una pequeña lastimadura. Recuerda la expresión sádica en el rostro de Germán, mientras la penetraba violentamente. Escucha nuevamente lo que le dijo sobre el gato. Y Aldana vuelve a sentir mucho miedo. Aldana es Germán a los siete años y Germán es su padre, en ese instante. Algo habla en Aldana y le dice que no debe volver a compartir la cama con él. Se empieza a sentir estúpida al no haberse ido apenas pudo. Teme que todo pueda empeorar y dicen que uno siempre condiciona lo que teme.
Hace calor, y más aún luego de tener sexo. La joven tiene sed y va a la cocina. Abre la alacena y saca un vaso. Busca en la heladera la botella de gaseosa pero no la encuentra. Se acuerda que Germán tiene la costumbre de guardar la bebida en el freezer. Lo abre sin saber que está abriendo la caja de Pandora. Lo abre sin saber que todo se desencadenará en un instante. El horror se apodera de ella, la penetra más violentamente que Germán. El miedo la golpea más fuerte que el padre del joven. La crueldad se materializa y ella siente que se vuelve un nuevo gato de Germán. Aldana se exaspera, y quiere gritar pero hacerlo despertaría a su novio. La joven llora mientras ve al gato muerto que la mira congelado, al lado de la botella de gaseosa. Ella no quiere estar en el freezer, ella no quiere llenarse de frialdad. Las voces empiezan a aturdir. Ellas nunca se equivocan, aunque los médicos digan lo contrario. Ellas son dueñas de certezas y esta vez, Aldana cree ciegamente en ellas.
Germán duerme profundamente. Está cansado, pues no tuvo un día fácil. Lo despidieron del trabajo y se puso a invocar a los fantasmas del pasado. Recordó y los recuerdos le siguen doliendo, pues pegan fuerte como lo hacía su padre. El sexo fue un oasis en medio de ese día de vida desierta. Pero las aguas que tomamos para enfriar nuestras gargantas, a veces tienen veneno. Ahora el joven escucha un ruido. Se despierta, abre los ojos y observa a Aldana mirándolo desencajada. Germán no entiende nada, pero ya no importa, pues está sintiendo la frialdad de un cuchillo que se clava una y otra vez sobre su espalda.

lunes, 7 de abril de 2008

Μορφεύς


Imagen de Jan Saudek

Noche típica de otoño. La lluvia, leve, golpea la ventana cerrada, buscando entrar una vez más en mi alma mojada. El plomo tapiza los cielos vacíos, que se agrietan ante la sequía de esta pantanosa rutina. Y yo, yo estoy aquí esperando hacer grandiosa esta noche, que no me ha prometido nada pero que, deseo, me dé todo. Vení conmigo, que yo te espero. Vení conmigo, que yo siempre te estoy esperando...

Hoy la oscuridad se adueñó de mis ojos ausentes, pero aún así te han encontrado sin buscarte. Desde hace mucho tiempo me hacés falta, pero desde hace meses había empezado a resignarme, y fue justo allí cuando te vi. Súbitamente supe que, como todo lo que está destinado a cambiarnos, sólo podías aparecer cuando hubiese dejado de esperarte. Y ahora, que estás acá, siento que ya no puedo dejarte ir aunque te vayas.

Vení, dale, tomá mi mano y venite conmigo. Traé algo de luz a mis desiertos oscuros. Levantá las baldozas con la firmeza de tus pasos. Internate en el laberinto y derribemos nuestras murallas con gritos silenciosos. Vení, creemos los caminos para encontrarnos cuando nos hayamos perdido. Vení, que tengo para darte el hilo de Ariadna, sólo seguí el sendero hacia lo desconocido, pues allí me vas a encontrar dispuesto a encontrarte.

Esta noche venís a jugar conmigo, traés tus miedos y yo te ofrezco los míos, es que no se puede disfrutar cuando uno teme. Te llevo a mi cama, mientras miro a tus ojos y rastreo las marcas que dejaron tus tristezas. No tengas miedo a las noches sin lunas, pues hoy seré sol en tu madrugada e inundaré de luz todo lo que tienes oscuro.

Las sábanas no alcanzan para cubrirte del frío, sólo tengo para darte mis abrazos tibios. Desnudate, nada importa, pues te vestiré con mi piel y te levantaré altares con mis huesos. Desnudate, que quiero conocer tu cuerpo tanto como te conozco el alma.

Dejame entregarme, que esta noche quiero endiosarte y creerte todo, para convertirme en tu más fiel devoto. Te prendo velas en el cuerpo y te rezo, te imploro, te agradezco y te fecundo de deseos, para ser yo quién los mate y los engendre de nuevo. No tengo nada más para darte que este cuerpo, sus palabras, sus bordes, y silencios. Aceptá toda esta ofrenda, dejá que me sacrifique esta noche, que quiero rescucitar, mañana, en tu gloria.

Ahora dejás que te de luz con mis ojos, mientras endulzo tu sangre con mis besos, antes dolorosos. Despacio voy sintiendo tus labios y los lleno de pequeños besos, para adueñarme de ellos con más pasión y recorrer, luego, cada espacio de tu boca. Ahora te abrazo, te abrazo muy fuerte hasta hacer de mi carne débil, fortaleza. Me entregás tu espalda y dejás que la siembre con mis flores, mientras te beso tanto que ahora sí, siento que te llego al alma.

Te acaricio, te toco, te huelo, te lamo, te muerdo, te beso y me pierdo en el humo de mis ilusiones que se queman. Me interno en la jungla de tu cabellera con mis manos. Me arranco los labios y los derrito en la caldera que llevas en tu abdomen. Me evaporas las penas con tu roce y tu piel se vuelve mi marca. Tus cabellos son lenguas de fuego que hierven la sangre y me hacen explotar las venas. Mi boca invade la tuya, te beso suavemente mientras sacío mi sed de vos con tu saliva. Te susurro en el oído todos mis deseos y usando mi lengua de pincel, te pinto el cuello con miel. Tus manos pequeñas se hacen dueñas de mi cuerpo. Tus brazos son la vida que se cuela entre mis poros. Tus piernas son las sogas que me atan al latido de tu pecho.

Me sumerjo en vos, me aventuro en tus recovecos, estoy dispuesto a cruzar todos tus mares y no me importa ahogarme, si sé que, luego, vas a estar para cuidarme. Te pido que me llenes de alas: cerrás mis ojos, besás mis labios, clavás tus manos, me impregnás de olores, y ya siento que vuelo. Es que yo a tu lado me siento capaz de todo, por que tu aliento se vuelve mi aire y con vos vale la pena respirar.

Te siento. Me sentís. Nos sentimos. Vibramos. Nos erizamos. Nos agitamos. Ascendemos a un cielo al que llenamos de gemidos. Ascelerás mis fluidos, el corazón se fragmenta, el cerebro revienta y el aire falta en nuestras bocas. Las vísceras se agitan y las almas se relajan. La miel explota en los cuerpos y el cielo nos arroja nuevamente a nuestro lecho. Hemos dejado de volar.

Te abrazo nuevamente, es que nunca me cansaré de hacerlo. Acaricio tu cabello, recorro con mis manos esos hilos que mueven mi cuerpo a su antojo. Te doy pequeños besos, como si fueran semillas que buscan germinar en tus sueños. Te cuido, te protejo, te arrullo, te hablo, te cuento historias y te quiero. Mis brazos no son míos, se vuelven de Morfeo y te dormís en mi pecho. Y yo, mientras tanto, me pregunto si en verdad se puede ser tan feliz como lo he sido.

Las preguntas sólo se hacen cuando de antemano se tienen las respuestas. El sentido sólo cae con el paso del tiempo, pues necesita volver atrás para encontrarse. Ya están las respuestas, aunque no las sepa, sólo se trata de esperar. Los ojos se cierran, más de lo que ya lo estaban, y ahora hay que dejar que llegue la mañana.

La luz del amanecer aparece arrastrándose por la ventana. El sol, grita, abre mis ojos y me muestra aquello que no he querido ver, ni escuchar. El sentido viaja rápidamente en el tiempo y cae tan rápido como las imágenes. Los dioses se vuelven sólo tótems. El sentido llega y todo pierde sentido. Es paradójico, pero esta vez la luz me llena de oscuridad. Es que los ojos ausentes, aquellos que encontraban sin buscar, se abren para ver que nunca encontraron nada. La cama, desierto enorme, está tan vacía como mi vida. Las sábanas no son tu piel ni la mía, son sólo telas que envuelven mi cadáver y lo encarcelan. La almohada no tiene el olor de tu piel, ni el de tu pelo. La almohada nuevamente vuelve a perder sentido. Y yo, nuevamente estoy derrotado ante la crueldad de una realidad que no tiene para darme más que sus imposibilidades. La ventana está abierta. Mi sueño huye por ella. Es que una vez más he soñado y una vez más he despertado para percatarme que es mejor que llegue Thánatos y que el dormir me de la paz de no tener que despertar nunca más, y ver que a mi lado no estás, ni estarás.

viernes, 21 de marzo de 2008

DE PECES Y DE AVES


Imagen de Jan Saudek


Los peces no deben mezclarse con las aves. Pertencen a mundos diferentes, con necesidades incompatibles, con imposibilidades varias.

Sin embargo hay peces que saltan de los mares buscando tomar un poco de aire cuando el agua los agobia. Es que todos necesitamos huir de nuestros mundos de vez en cuando. Pero el pez es sabio y sabe que aunque su vida en el mar le depare incertidumbres y amenazas, debe volver allí pues su cuerpo pertenece al agua.

Hay aves que también se sumergen en el mar buscando algunos peces. Es que volar, aunque sea nuestro sueño, también nos angustia. Tanta libertad y tanta altura pueden marear. Y es así como el ave necesita estrellarse, atraparse y hundirse en los territorios desconocidos de los mares. Hay aves que buscan en el mar un pez, aunque sólo sea para alimentarse de él.

Él ingresa y el mundo se detiene para ella. Viene escoltado por sus servidores, que parecieran custodiarlo como si fueran sus ángeles. Camina por el largo pasillo, que va ganando luz a medida que el trío avanza. Todos los miran, algunos les sonríen y les saludan, como si se tratasen de reyes. Ellos saben que deben ser humildes, pero el saber no suele estar del lado del deseo.

Todos se ponen de pie ante ella. Debe tener veinticinco años. Es hermosa. Su pelo castaño, cae lacio sobre sus hombros tímidos. Lleva una de sus manos a la parte baja de su cuello y la palma le abarca los latidos en su pecho. Tiene la camisa desabrochada e insinúa a los adolescentes sus senos. Él, luego de saludarla, se sienta al último. La mira y le sonríe desafiante. Los latidos en el pecho de ella, se aceleran.

Una ventana del messenger se abre. Es él que lo saluda. Viven lejos, nacieron lejos, pero se sienten cerca. La red de redes los cobija. Allí encuentran el espacio que el mundo real se resistió a darles. Pero a cambio, dejan de lado sus cuerpos y sólo se ofrendan palabras. Escriben durante horas, se ríen, se emocionan, sienten, se conectan, y se desconectan, aunque no estén offline. Uno de ellos ama, él otro no, y ambos lo saben. Son amigos, se conocen, son iguales, pero son muy diferentes. Toda diferencia es sexual dicen los psicoanalistas, y ellos lo saben sin saberlo.

Ella lo mira con pudor, sabe que no debería desearlo pero lo hace. Ve su rostro y los ojos se le llenan de flores. Ella quiere ser su salvadora. Quiere ayudarlo a llevar sus cruces. Pero ella tiene demasiado con la suya, pues su amor se traduce en flagelos que le abren la piel por donde aflora la culpa. Está de pie, rodeada de la gente a la que tanto teme, mientras respira el perfume de él cuando pasa a su lado. Lo ama y lo desea y sabe que él, también la ama a su manera. Pero la entrega es el agua que riega el amor, y él, ya se ha entregado años atrás. Ella sólo puede alimentar su amor del deseo, que germina en las tierras de la prohibición.

Él la está mirando. Tiene diecisiete años. Aunque sus amigos se burlen, todavía es virgen. Observa el sostén tras la camisa blanca que se deja traslucir. Ella lleva su mano al pecho, justo a aquel lugar que él tanto desea besar. Está de pie, saludándola junto a todos los demás. Sus fantasías explotan y experimenta una erección. Rápidamente toma asiento y disimula como se inflama el deseo entre sus piernas. Él sabe que ella lo está mirando. ¿Sabrá la mujer que su carne la llama? Él cree que sí, le sonríe desafiante y luego, con un gesto, le pide que se acerque.

A él no le importa tener un amigo homosexual que lo ame. El deseo es individual y cada uno hace de él lo que puede. A veces se pregunta qué pasaría si su amigo hubiese sido mujer. Cree que lo amaría y se lo ha dicho, pero aquel elogio filtrado por la imposibilidad, le llega al enamorado como un insulto. "Si vos fueras mujer, te juro que yo te amaría” y suena como un “te amaría a condición de que dejes de ser vos, y fueras otra". Entonces se pregunta, ¿qué es lo que amaría?, ¿se tratará del sexo como accidente o del ser como esencia? Se siente superficial, pero se justifica pensando que todos tenemos condiciones para amar.

Ahí está él, con un servidor de cada lado. Todos los otros están frente a ellos creyendo. Ella está entre los otros. Está sentada en la primer banca y escucha, de fondo, las voces entonando las típicas canciones. Él la mira y le sonríe. Ella lo mira y se le estruja el alma, mientras piensa "Padre, ¿por qué me has abandonado?". Están detrás del altar y la misa ha empezado. Una lágrima se escapa de los ojos de ella, mientras toma la cruz en su pecho y se pregunta por qué le está pasando esto a ella. Se levanta de su lugar y sale corriendo de la Iglesia.

Ella se acerca a él. Él le hace una serie de preguntas. Ella le explica sus dudas, mientras nota que él no la está escuchando. El adolescente le acaricia los senos con sus ojos. Ella traga saliva y, también, su deseo. Él juega a, accidentalmente, tocarle la mano. Ella siente que le tocan el alma. Lo mira a los ojos. El retira su mirada de los senos y mira los de ella. El deseo se dice sin ser dicho. La erección de él se vuelve más notoria y ella ya no aguanta más. La profesora se va dejando a su grupo de alumnos solos. El alumno que desea, la mira partir sabiéndose nuevamente insatisfecho. Minutos después, ella está presentando la renuncia.

Lee en su pantalla "si vos fueras mujer, te juro que yo te amaría". Le llega como un golpe y ve nuevamente su deseo imposibilitado. Las lágrimas caen, pesadas, sobre el teclado. Vuelve a sentirse solo. Hasta en esas tierras en donde nada es real, la frustración golpea su puerta. Escribe su enojo en la ventana y vuelven a desconectarse. Metonímicamente, empiezan a hablar del clima, del fin de semana, y de la nada. Cada uno mira para otro lado. El fracaso llega al mouse, el enamorado desconecta su messenger mientras su amigo le escribe algo que no llega, pues ya se han perdido para siempre.

Todos somos peces que dan saltos, enamorados de las aves. Todos somos aves que nos sumergimos amando a los peces. Pero los peces que saltan del agua son presas fáciles. Y aquellas aves que clavan su pico en las aguas, confunden al amor con el hambre, y derraman la sangre de los peces.

Todos jugamos a ser Ícaro. Todos volamos hacia el sol sólo para ver cómo nuestras alas se derriten mientras más nos acercamos. Es que todos sabemos que cuando no se puede volar, terminamos ahogándonos en el mar. Y sin embargo, ahí parece estar nuestra satisfacción. Es que el deseo siempre queda insatisfecho. Y tal vez, cuando jugamos a vivir historias de peces y de aves, el perder se vuelve nuestro modo de gozar.

martes, 1 de enero de 2008

LAS MOSCAS


Imagen: “The Holy Matrimony” de Jan Saudek

El mediodía de verano hace que la carne se pudra más rápido. Las moscas, esos ángeles del demonio, están de fiesta. El hedor las convoca al lugar al cuál nadie va por propia voluntad. Los dos policías lo saben. Se cubren la nariz con un pañuelo, y siguen a las moscas por el campo. La casa no está cerca del pueblo, pero el viento sabe llevar malas noticias, aunque el mensaje sea sólo un persistente fétido olor. Sí, algo olía mal y las moscas sabían de ello.
El pueblo es tranquilo. No necesita demasiados policías. Las cosas de mandinga sólo ocurren en las grandes ciudades. En esa casa, sólo viven la madre, su hija, seis gallinas, tres gallos y dos perros. Pero el mal olor es llamativo, y los policías temen a los forasteros. Los que vienen de afuera siempre traen los males. Mientras se acercan a la casa, los oficiales piensan que tal vez los ladrones no sólo se hayan llevado dinero, tal vez también se llevaron vidas...
Dos días antes de la visita de los policías, Soledad se estaba preparando. La joven tiene 19 años y está frente al espejo. Se ve radiante. Llena sus pómulos de maquillaje deseando que se vuelvan más atractivos para los labios de Juan, su futuro esposo. Cepilla sus cabellos, los acomoda a su gusto, que coincidirá exactamente con el de su amado. Lleva puesto el mejor vestido que existe sobre la faz de la tierra. En pocas horas lo verá. Él llevará puesto su smoking y lucirá como un príncipe. Él es hermoso, y ella lo ama. Ése hombre la hará feliz cada uno de los días de su vida. Él se lo prometió un año atrás, cuando se comprometieron, y ella no dudaba de la veracidad de las palabras. Soledad se juró a sí misma complacerlo en todos sus deseos, ella será su mujer perfecta, de eso no tenía dudas.
Erminda espía a su hija. Le tiene lástima, la considera indefensa, vulnerable y algo estúpida. Sabe que está mal, pero cree que es mejor así. Erminda conoce a los hombres. Son todos una porquería. Todos lastiman, todos usan, todos abandonan. Todos toman, todos mastican, todos escupen. Los hombres eran, para Erminda, parásitos que devoraban las almas.
La madre todavía recuerda al padre de su hija. Su piel se eriza, y los músculos de su mandíbula se tensan. Una nueva imagen es evocada en su memoria, y las venas se marcan en su cuello y en la frente. El ritmo cardíaco se acelera. Es que no sólo recuerda al padre de Soledad, sino también sus continuas infidelidades. Erminda todavía lo odia, pasaron diez años, pero todavía lo odia. Ya no quiere pensar más en él. Su presión arterial la aqueja y morirse sería darles el gusto a los hombres, y dejar a su hija desprotegida. "Toda madre tiene que proteger a sus hijos como su más preciado tesoro", se decía a sí misma, y ella tenía la certeza de ser la mejor madre.
Hace calor y una mosca se apoya sobre la boca de Soledad. La joven se la quita espantándola con su mano. Mientras, ve a Erminda intranquila. Su madre estaba mirando el retrato de su padre. Se pregunta si estará bien y las palabras no tardan en aflorar de sus labios. Erminda retira su mirada de la fotografía color sepia, la tranquiliza y le dedica una sonrisa.
Ahora Soledad también piensa en su padre. Lamenta que no pueda acompañarla hasta el altar, para entregarla a Juan. A algunas mujeres todavía les gusta ser propiedad de los hombres, pasar del padre al esposo sin descubrirse antes como seres independientes. Soledad extraña a su padre y se pregunta por qué las habrá abandonado. Ella era una niña cuando su padre fue a trabajar y no volvió nunca más. Mira a su madre nuevamente, y siente pena por ella.
A veces uno ve cuando se avecina una tormenta, pero nunca se imagina que pueda llegar a llover tanto. Erminda no esperaba que su hija se preparara con tanto entusiasmo para el casamiento. Ahora la ve levantando el teléfono y hablando con Juan. Le dice que está nerviosa, que no ve las horas de verlo, que ella está lista para ir a su encuentro, que serán felices, y que se amarán toda la vida. Es que cuando uno se enamora siempre promete grandes cosas, pues sabe que no las cumplirá. Si uno estuviera dispuesto a cumplirlas, no prometería tanto.
Erminda toma una decisión. No puede dejar que los preparativos continúen. Hay que sacar el paraguas para no mojarse tanto con la tormenta. Se acerca por detrás a Soledad, le quita el teléfono de su mano y lo cuelga. Soledad la mira estupefacta, sin poder entender qué es lo que está sucediendo. Erminda apoya sus manos en los hombros de su hija. Se miran a los ojos, como dos perras rabiosas que se desafían por un trozo de carne. La madre le dice, una vez más, que no se casará con Juan, que ese hombre es como todos, que es hijo del demonio, que la hará infeliz y amargada tal cómo hizo su padre con ella.
Soledad llora y grita, pero sus gritos no sepultan las palabras de su madre, que insiste en que no habrá boda. Ya se lo dijo muchas veces durante ese año, pero Soledad no puede creerle. Ya le dijo que Juan se fue, que no volverá, pero Soledad le dice que estaba hablando por teléfono con él y empieza a gritarle que está loca.
A veces Erminda se comportaba como si no entendiera que su hija está demente, y que se refugió en el delirio de casarse con Juan.
Es que Soledad nunca pudo tolerar la imagen de su Juan en la tumba que cavaba su propia madre. No pudo asimilar la imagen de Erminda vestida con la sangre de Juan, y armada con una cuchilla en la mano, la misma que luego arrojaría a la tumba de quién hubiese sido su yerno. Cuando Erminda fue sorprendida por Soledad, luego de haber asesinado a Juan, no le dijo nada, sólo esperó que se recuperara del desmayo. Es paradójico saber que cuando Soledad recuperó la conciencia, el horror hizo que la perdiera para siempre.
Pero Erminda no sabía que la mente humana es maquiavélica. La mente no conoce, o no quiere conocer, u olvida qué es la realidad. La mente elabora razones, crea novelas, construye delirios sólo para hacer más tolerables las imposibilidades. Y la muerte es la imposibilidad de la vida, y Soledad lo supo sin saberlo.
A partir de ese día, la joven empezó a manifestar su locura dormida. Empezó a creer que nada malo había pasado. Empezó a creer que el casamiento ocurriría, tal como lo habían planeado.
Cuando la tormenta empieza, las moscas también quieren huir. Vuelan y vuelan, hasta que chocan contra una ventana. Algunas juegan sobre el vidrio, otras caen rendidas. Las palabras son ventanas que nos permiten mirar un mundo que es irreal. Las palabras de Erminda no eran palabras, sino que eran un acto, pues desnudaban ese mundo real. Las palabras de Erminda rompían los vidrios sobre los ojos de Soledad, que ahora sangraban lágrimas. Y la joven, como una mosca, se golpeaba duramente y ya no quería volar.
Contra la realidad se pueden hacer dos cosas: negarla o transformarla. Soledad ya había negado, hasta que su madre la había denunciado. Erminda le había arrancado los párpados, obligándola a ver, sin saber que pagaría caro por hacerlo. Ahora Soledad quería transformar la realidad. Ahora Soledad quería romper el mundo. Ahora Soledad estaba ahorcando a esa madre, que tanto la había asfixiado. Es que uno siempre termina por hacer lo que le hicieron a uno.
Los policías no encontraron palabras para describir el mundo que encontraron. Erminda yacía sin vida al costado del teléfono. Las moscas se paseaban por su boca y sus ojos abiertos. Y el olor los penetraba hasta que, el más débil de ellos, terminó por vomitarlo. Pero las grandes tragedias se dan por la suma de acontecimientos que las desencadenan. Y aquella pieza de dominó que se pudría junto al teléfono, era sólo la última en caer y al mismo tiempo, la que había iniciado la caída de todas las otras.
Ya lo he dicho. Las moscas, esos ángeles del demonio, están de fiesta. El hedor las convoca al lugar al cuál nadie va por propia voluntad. Los dos policías lo saben y continúan siguiendo a las moscas hasta la parte trasera de la casa. Allí encuentran a Soledad, con su vestido de novia manchado por su propia orina. Allí está la novia, con las uñas rotas y los dedos infectados. Sus manos están llenas de la tierra que, con tanto esmero, ha cavado. Allí está Soledad, abrazada a los restos del cuerpo del que hubiese sido su esposo, sino se hubiese entrometido la madre. Ahí están pudriéndose los cadáveres de la madre y del prometido. También el del Padre, aunque eso se supo mucho después. Y ahí está la joven, viva aún, pero con la mirada perdida. Allí está la novia Soledad, esposada a un cadáver que sólo tiene para darle sus gusanos y sus moscas.

lunes, 17 de diciembre de 2007

LOS DESAPARECIDOS DEL NEOLIBERALISMO


"...y sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario."
(de Ernesto Che Guevara en Carta de despedida a sus hijos)

Madrugada de verano en la ciudad. Llovía torrencialmente, y el frío llegaba acompañando al granizo. Las ratas huían despavoridas, pues olfatean los males de la tierra y de los cielos. La Villa, una vez más, se estaba inundando. Seguramente, saldrían en los diarios, radios y televisión, para luego ser olvidados cuando las tragedias cotidianas no cotizaran más en el mercado. Emilio tenía frío y miedo, pero nadie estaba allí para cuidarlo. Emilio tenía hambre y el “granero del mundo” no tenía nada para darle, más que un futuro abortado, más que ilusiones rotas y litros de desamparo.
Con sus ilusiones rotas y con su propio desamparo, lejos de la Villa, estaba Fabián, el padre de Emilio. La ciudad tenía esas paradojas, en algunos lugares flotaba en el aire el polvo; y en otros, el agua ahogaba en la miseria. Por allí había autos importados, por acá había pies lastimados. La ciudad estaba dividida. Hoy Fabián era la mosca en el caviar, estaba en aquel sector donde se respiraba polvo, mientras quemaba sus labios al fumar Paco. No sabía dónde estaba, sólo sentía que su cuerpo le estallaba cada cinco minutos, y que necesitaba más y más para anestesiar sus dolores, cuyos orígenes le parecían ya demasiado lejanos. Fabián pesaba 48 kilos, y era un montón de huesos apilados contra una circunstancial pared. El padre de Emilio, con sus ilusiones rotas, sus costillas marcadas, sus dolores y sus drogas, ignoraba que en ese mismo instante su hijo, aquel al que no conocía, padecía el hambre, el miedo y el agua que le llegaba a las rodillas.
Las rodillas estaban lastimadas. El policía la había empujado y, estando ella en el piso, le quitó los pocos pesos que Jessica se había ganado. Pero a aquel servidor del orden y brazo armado de la ley, no le alcanzaba con robarle a los que eran más pobres. Él no se conformaría sólo con ese pago. Su esposa, que se acercaba cada vez más a la obesidad, estaba en el hospital luego de haber parido el sexto hijo. Obtendría de Jessica, aquello que ya no le daba su esposa. Pero esta trabajadora de la noche entendía los códigos, sabía que para seguir trabajando había que pagar no sólo con plata, sino también con el cuerpo. Y, mientras el policía le arrancaba su diminuto vestido, ella se quedaba inmóvil deseando que todo acabara rápidamente. Pero lo que no acababa era la lluvia y el granizo, allá lejos en la Villa; y mientras el policía devoraba el cuerpo de Jessica, Emilio tenía más hambre, más miedo y el agua le estaba llegando al pecho.
Allí, en el pecho, sintió un fuerte dolor, Fabián. Esta vez se había excedido con el paco y, mientras la lluvia empezaba a lavar su sucio cuerpo, Jessica, luego de haber pagado su impuesto al trabajo, caminaba con su vestido roto y su maquillaje corrido por la lluvia. Y, Emilio tenía más hambre, más miedo y el agua ya le llegaba al cuello.
La lluvia ya cubría toda la ciudad. Sino lo hacía el gobierno, aunque sea la naturaleza repartía algo de manera equitativa. Jessica estaba empapada, y quería tomar un colectivo para volver a su casa. Mientras caminaba hacia la parada, vio a un hombre flaco, sucio y mojado, tirado sobre el piso y apoyado sobre una pared. Tuvo miedo, pues ya había padecido demasiado, esa noche. Sin embargo, reconoció en ese hombre al padre de su hijo, el mismo que la había abandonado mientras ella llevaba el séptimo mes de embarazo. Se acercó y lo vio dormido. Lo tocó para despertarlo y, con horror, notó que estaba muerto.
Muerto encontraron a Emilio unos días después. La tormenta había sido demasiado fuerte y había llevado consigo el rancho en el que vivía. Nadie había estado para ayudarlo. Su vida se había perdido, como la de tantos otros, por la inoperancia de algunos, la avaricia de otros, y ese monstruo moderno llamado Mercado, que da lujos a algunos a cambio de la vida de otros. Es que en tiempos de neoliberalismo, las personas han dejado de importar.

El Texto anterior intenta ser una crítica al Neoliberalismo y a sus consecuencias. Entre ellas se encuentra un hecho penoso en la historia reciente de Argentina: la crisis de diciembre de 2001. Para recordar aquella época, dejo el siguiente video musicalizado por "Los Piojos" con "Dientes de Cordero". Cuando se vea el video, apagar la canción que se encuentra en Vibraciones de almas que llueven.


sábado, 8 de diciembre de 2007

IMPERATIVOS



Imagen: "Plataform" de Dariusz Klimczak

"¿Porque no habrá en la noche un camino abierto por el cual se pueda correr una eternidad alejándose de la tierra?”
(de Roberto Arlt)

Correr. Correr desesperadamente hacia el abismo, deseando despegar los sueños del suelo y elevarlos hacia el Universo.
Correr. Sentir la lluvia lacerando las heridas que no cierran. Sentir el viento lijando los recuerdos de las manos que moldearon el cuerpo.
Correr desesperanzado, huir, escapar, saltar para caer en que uno no huye, ni escapa, ni salta, sino que muere en el vacío del saber.
Correr para encontrarse, para no alienarse, para desligarse de la manada. Correr, sí, hasta que las piernas duelan, hasta llegar al asombro, para dejar de sentir los escombros de lo que pudo haber sido en el futuro, y de lo no fue en el pasado.
Correr, con lluvia, con frío, con sol, con lunas, con gritos, con silencios, sólo correr aunque sea solo.
Correr, deshacer el tiempo y el espacio, fundirlos en la velocidad y en la fuerza con la que se atraviesen los muros que encarcelan en el propio manicomio.
Correr en la propia inmovilidad, aunque el pantano interior se extienda, fagocite las células, y deteriore los tejidos, que germinan los gusanos a punto de estallar.
Correr. Dejar atrás la mentira y vomitar la verdad, aunque los labios se tiñan de sangre y de palabras; los oídos se desmiembren ante el ataque de aquello que no se quiere escuchar, y los ojos ciegos se abran para aprender a observar.
Correr, para que no haya más nostalgia, para atravesar el hueco de la angustia, besar los labios de la locura y poder volver del más allá.
Correr. Perder peso, perder piel, músculos y hasta los huesos. Correr para secarse las lágrimas, la saliva, el semen y el recuerdo. Correr, perder todas las palabras que moldearon, dividirse más y más, hasta dejar desnudo al deseo y lanzarse a las redes del lenguaje, que sujete.

Correr, para hacer más tolerable la angustia de la falta constante, del vacío de sentir tanto vacío…

domingo, 25 de noviembre de 2007

LA CAÍDA



Cheers darlin'

Here's to you and your lover boy
Cheers darlin'
I got years to wait around for you
Cheers darlin'
I've got your wedding bells in my ear
Cheers darlin'
You give me three cigarettes to smoke my tears away

Abrir la puerta. Ver cómo lo besas. Saborear tu lengua que ahora tapiza sus labios con flores. Saborear tu saliva, ver cómo se derrama tu jugo en la boca de él, que te merece más que la mía.

And I die when you mention his name
And I lied, I should have kissed you
When we were running the reins

Abrir la puerta. Quedar desnudo ante sus ojos. Mostrarles mis cicatrices y escucharte cantar en oídos que no son los míos. Derretirme entre acordes, entre melodías, entre pentagramas, entre silencios, entre gemidos, entre caricias sonoras que me sobrevuelan como cuervos.

What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
Or your biggest mistake?

Sujetarme de la pared para no caer ante el nuevo golpe. Saber que ya está, que ya pasó, que se perdió, que se murió y que tal vez por eso regresa, como fantasma, para recordarme que estoy vivo aunque no lo crea.

Cheers darlin'
Here's to you and your lover man
Cheers darlin'
I just hang around and eat from a can
Cheers darlin'
I got a ribbon of green on my guitar
Cheers darlin’

Ver aunque no quiera. Que sí, que te digo que es así, que es mentira que el que no quiere ver queda ciego. Que a veces los ojos se abren tan grandes que lastiman todo el cuerpo. Que a veces las imágenes son tatuajes en los ojos que se desangran ante sus dioses.

I got a beauty queen
To sit not very far from me

Saber que mientras estoy aquí, él está allí, en el mismo lugar en dónde yo no estuve. Saber, saber, saber, saber, maldito ideal moderno que me enraíza a los infiernos. Saber que no pasé ese marco, que no caminé tras esta puerta, que no dejé lo que traía para darte. Saber que él es dueño de ese lugar, del que yo ni si quiera conservo recuerdos.

I die when he comes around
To take you home
I'm too shy
I should have kissed you when we were alone

Escuchar, aturdirme, desangrarme, romperme, quebrarme, odiarme. Escucharlo decirte lo que yo no te dije. Escucharme en silencio, mientras me caigo, me hundo, me entierro y vos no estás ni si quiera para dar el último adiós a éste, tu nuevo muerto.

What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
Or your biggest mistake?

Y la puerta se cierra. La tristeza queda de mi lado y la dicha del de ustedes. Soy yo el que queda solo y en ruinas tras el muro levantado. Sos vos quién está del otro lado, de pie tras la puerta que cerraste para mí y que abriste para él.

Oh what am I? What am I darlin'?
I got years to wait...

Letra intercalada: Cheers darlin' de Damien Rice

jueves, 27 de septiembre de 2007

ESPEJO ROTO


Imagen: "Fear of Isolation" by Rene Asmussen

Soy la mosca que aletea atraida por el hedor de las heces; el insecto maldito que insiste en acercarse mientras todos se empeñan en que se aleje. Soy su ruido insoportable en el oído, la mente que aturde cuando uno implora que se calle.
Soy las palabras no dichas, el vacío del presente, el futuro abortado, el pasado que no puede ser asesinado.
Soy el ideal insatisfecho, ése que exige más cuanto más le das y que nunca se cansa de pedir, el que castiga con la culpa insólita que deja cadáveres en los roperos.
Soy el deseo que no sale de la mente, el que no llega a los brazos, a las piernas, a la lengua, ni a la boca. Soy el que desea lo que no hace y el que hace lo que no desea. Soy el dique limitado por represas.

Soy el semen que se derrama innecesariamente en el látex. Esa viscocidad blanca convocada por tus labios un segundo antes y rechazada por tus manos un minuto después.

Soy la ebriedad de tu disurso, el deslizamiento del alcohol entre tus neuronas, el instante previo a la caída, el ácido quemando el esófago del vómito etílico. Soy el mareo confuso, la alegría estéril, el momento del después, la caída del silencio y la llegada de la luna.

Soy todo lo que no quisiera ser y nada de lo que quisiera dejar de ser.
Soy todos los males de la tierra. Soy todo de lo que huyes, pero nada de lo que escapas. Soy lo que nunca debería haber sido, pero lo que ya fui demasiadas veces como para seguir no siéndolo.
Soy todo lo peor, cuando quedo librado al abandono. Seré todo lo mejor, cuando tenga la oportunidad de serlo, pero siempre estaré incompleto y nada aliviará la herida de no estarlo.

Soy el lago en el que te miras, el mismo que secuestró a Narciso para ahogarlo en su belleza. Soy el espejo fragmentado, el que nunca recuperará todos sus pedazos.
Soy el reflejo roto, los siete años de desgracias, todas las plagas de Egipto, todas las iras de los dioses, todos los dioses de los muertos, todos los muertos del tiempo, todo el tiempo de los silencios, todos los silencios de los sumisos, que confluyen en mi cuerpo estallando en un grito lírico que fragmenta el tiempo.