El laberinto está compuesto por pasadizos y habitaciones intrincadas, ideado para confundir a quien entre e impedir que encuentre la salida. En el laberinto habitaron el Minotauro, Teseo, Dédalo e Ícaro. “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”. A veces soy híbrido entre instinto y lenguaje, otras héroe griego, algunas arquitecto de mi encierro y, otras tantas, libertad en caída libre.

miércoles 8 de julio de 2009

PREGUNTAS COBARDES

Imagen: Mirando el Lago San Roque




“Dicen que su deseo, su pasión, su propósito o su sueño es “relacionarse”. Pero, en realidad, ¿no están más bien preocupados por impedir que sus relaciones se cristalicen y se cuajen?”
(Zygmunt Bauman, en “Amor Líquido”)


Cuando el fuego se extinguió sin si quiera poder parir cenizas, pues nuestros cuerpos no llegaron a incendiarse; se despliega ante mí un rutinario panorama: mi yo, ausente en la noche, frente a mi cama infinita y superpoblada de soledades oscuras. Y es allí, entre silencios que me envuelven, donde no hago otra cosa más que pensarte, que extrañarte, que invocarte, que desearte con todos mis sentidos, hasta que la piel se me eriza y la paz sólo es posible con tu roce.

And I see you
Hiding your face in your hands
Flying so you wont land
You think no one understands
No one understands

Ya sé. No soy tan necio. Bueno, tal vez sí, si soy. Hay muchos “no se debe” aplastando los “sí, se quiere”. Pero…, ¿qué pasaría si me volviera un transgresor? Ya siento las arcadas en mi boca invitándome a vomitar la cobardía ¿Y si me animara a atravesar con mi deseo tus sábanas de miedos? Y si me aventurara a dejarme caer en el vacío, teniendo como posibilidades el que me sostengan tus labios o el golpearme como nunca antes me he golpeado (y eso que he caído tanto que, para mirar el suelo, me basta con levantar la vista al cielo); ¿qué pasaría?

So you hunch your shoulders and you shake your head
And your throat is aching but you swear
No one hurts you, nothing could be sad
Anyway you’re not here enough to care

¿Y si te animaras a que te fracture el alma con un abrazo y luego vuelva a unirla con la mezcla extraña de la saliva y del fuego que me hace nacer tu cuerpo? ¿Y si me apropiara de tu espalda y decidiera colonizarte, y aniquilar esa raza de soledades que ha infectado mi cama cavernosa? ¿Y si te animaras a mirarme y ver mas allá de las distancias, de los no, y de los miedos compartidos? ¿Y si una vez mas, ni vos ni yo, quisiéramos quedarnos con el “qué hubiera pasado si…”?

And you're so tired you don't sleep
at night
As your heart is trying to mend
You keep it quiet but you think you might
Disappear before the end

¿Qué pasaría si dejáramos que no sólo el pasado doloroso nos uniera? ¿Y si le diéramos una oportunidad al presente? ¿Y si de tanto hacer el amor engendráramos ese futuro, por los dos, soñado? ¿Qué pasaría si te llevara el desayuno a la cama en la mañana? ¿Qué harías si al cocinar mi abrazo te sorprendiera por la espalda? ¿Que pasaría con tu cocina vacía, tus lágrimas estériles y mis manos fuertes pero vacías?

And it's strange that you cannot find
Any strength to even try
To find a voice to speak your mind
When you do, all you wanna do is cry

¿Qué sería de vos si al llegar al departamento ya nunca más te encontraras con la nada? Si en la mesa de luz encontraras que te traje los alfajores que te gustan; si bailáramos abrazados y embriagados hasta caer rendidos en algún colchón, por nosotros, maltratado. ¿Qué pasaría si te llenara de luz los días grises?

Well maybe you should cry

Y si el fuego se encendería de nuevo, ¿qué pasaría si me permitieras ser parte de tu cuerpo y latir al ritmo de tus respiros? Si pudiera acariciar tu pelo y naufragar justo arriba de tu ombligo. Si con mis manos sujetase las tuyas mientras te cubro de pétalos el cuerpo, con mis labios. Si con tu lengua vas saboreando la ternura de la piel que se derrite ante tu fuego ¿Qué pasaría si me cerraras los ojos con tus besos para que deje de mirar el lago y, trepado en tus pies, me anime a cruzar el charco?

And I see you hiding your face in your hands
Talking bout far-away lands
You think no one understands
Listen to my hands

¿Qué sería de todos los “no debo” si dejáramos multiplicarse los “sí, quiero”? ¿Qué pasaría si nos animáramos a dar respuestas a estas preguntas viudas? Si nos desnudáramos de miedos y nos expusiéramos al deseo ¿Qué sería de nosotros si nos miráramos de nuevo y empezáramos de cero?

And all of this life
Moves around you
For all that you claim
You're standing still
You are moving too
You are moving too
You are moving too
I will move you


Letra y música intercalada: "Song for you" de Alexi Murdoch

viernes 8 de mayo de 2009

21 GRAMOS DE VACÍO

Imagen de la película 21 Gramos


Cubro de mostaza el pan. A algo le tengo que encontrar sabor, ¿no? Hoy, domingo familiar, almuerzo panchos. Ahora que lo escribo me acuerdo de esa navidad de 2.001, donde el corralito de Cavallo nos había aproximado a comer panchos como menú navideño. El 2.002 fue el año de la gran debacle. Todo empezó a caer y nosotros caímos con todo.

Ahora estamos sólo mamá y yo. Solos. Antes, los domingos almorzábamos con toda la familia. Pero la familia también cayó y ahora sólo quedan lazos de sangre desarticulados por silencios varios.

La escena me parece patética. Se me caen unas lágrimas tímidas; mamá no las ve o finge no verlas, no sé. Ella debe tolerar el silencio un poco menos que yo, y empieza a hablar. Me cuenta de la gripe porcina, de la gente que muere. Yo la escucho y pienso que esas personas tuvieron suerte. Habla de la Ministra de Salud de Chaco, que tal vez tenga dengue. Yo asiento, mientras como el segundo y último pancho.

Papá se fue a almorzar afuera. Yo creo que papá se fue hace muchos años. Nadie aguanta aquí demasiado tiempo sin morirse de a poco.

Lavo los platos usados por mamá y por mí. Ella seca una cuchara. Le digo que ya voy a secar yo, y ella me dice algo en lo que tiene razón: "dejalos, ya se van a secar solos". La frase me retumba en la cabeza. Así pasó con nosotros, ¿no?, nos dejaron y ahora nos secamos solos.

Ayer hablé con amigos. Hablar es una manera de decir, no hablé, chateé. En estos días no hablé con nadie. No tengo nada nuevo que decir. Siempre es lo mismo, sé que soy un cassette (sí, cassette y no CD, además soy anacrónico). El cassette repite siempre el mismo lamento. Soy los sonidos que giran en mi garganta una y otra vez. Mis amigos no entienden por qué necesito que me quieran. Acudo buscando cariño, pero obtengo juicios en los que el veredicto siempre es el mismo: “culpable”. No necesito que me den mas sentencias de las que ya me he dado. Lo sé, sólo necesito un abrazo, aunque sea virtual. Siempre buscando cariño… ¿por qué?: si sé.

Me acuerdo de esa vez, cuando tenía trece años. ¿Qué me detuvo?: familia. Me frenó el sentir que me querían y que les haría mal mi decisión (o tal vez sea mi eufemismo para no decir que fue la ya habitual cobardía). Necesito que me quieran para que me aferren a la vida. Es tan fácil caerse de ella. Es muy difícil mantenerse de pie cuando se camina por el borde todo el tiempo.

Mi habitación está a oscuras. La única luz que alumbra es la de este monitor. En este fin de semana he dormido más que en toda la semana. 21 gramos acaba de terminar en la pantalla. Me di cuenta que me sobran 21 gramos de vacío.

Pienso en “Closer” y en decir siempre la verdad ¿Acaso no es mejor la peor de las verdades que la más satisfactoria de las mentiras? Quiero que me escupan las verdades en la cara, aunque en el camino se transformen en balas que destrocen mi cerebro... o tal vez, justamente por eso.

Me duele la cabeza de tanto escuchar mis ecos, quiero que alguien frene todo esto. Sino me vas a querer, si me vas a degradar, si me vas a ignorar, sino me vas a aferrar a la vida, apuntá y dispará, ayudame a perder mis 21 gramos de vacío.

lunes 20 de abril de 2009

CONFESIONES DE OTOÑO




Tengo ganas de llorar. Ni si quiera sé bien por qué. Sólo sé que pasa de vez en cuando, más de en cuando que de en vez. Sólo sé que las paredes parece que me apretaran tanto que no me dejan respirar. Y es justamente en esos días cuando me aparecen estas ganas de que exista una navecita espacial que me deje abandonar la tierra por unos días, semanas, meses, años o vidas. No sé. Algo que me de paz.

Últimamente me estoy sintiendo demasiado bueno para nada. Asisto a mi caída con un silencio cómplice de mis fracasos. Me hundo sin saber dónde. Si por lo menos supiera eso, podría gritar que alguien venga a sacarme. Pero todo es igual, o tal vez no, pero yo no puedo ver las diferencias que se ocultan detrás de tanto gris oscuro.

Ya tiré las semillas. Dejé que cayeran en la tierra, esperando ver nacer nuevos tiempos. La tierra era estéril. Las semillas se secan bajo el sol y nada nace. Me pudro y pudro.

Tengo miedo. Me tengo miedo. Te tengo miedo. Les tengo miedo. Nos tengo miedo ¿Qué hago mas que matar todo antes que nazca? Voy por la vida abortando mi vida. Y vos, ¿vos qué? Vos también me tenés miedo; ¿quién no me tiene miedo?

Quiero escribir por que las palabras extinguen los actos. Pero no puedo escribir ni tampoco puedo actuar. Soy un muerto, una pausa constante, un embalsamado que no gana respeto.

Nunca voy a ser un buen escritor, sino mirá lo que hay acá. No, no te ilusiones, tampoco seré buen psicólogo, buen profesor, buen hijo, buen padre, buen nada. Soy como un auto viejo que se queda a mitad de camino. La fuerza siempre se me acaba antes de llegar.

No, no lloro, y no sé qué es peor. Las lágrimas ya no me sirven de nada. No hay guías ni recetas. Nunca sabré qué es lo que hago bien y qué es lo que hago mal; por que algo mal hago, por que algo bien, no. Por que no sé llegar, por que golpeo puertas en casas inhóspitas. Y hoy, hoy llegó el otoño, con su primer día frío, y estoy afuera de todo y adentro de nada, sintiéndome cada vez más solo.


domingo 15 de marzo de 2009

LA INICIACIÓN

Imagen: "Grandmother's sofa # 17" by Igor Amelkovich

La computadora se enciende. El vacío del navegador de internet empieza a sentir los latigazos de las letras que martillan huellas sobre los mismos pasos. Entra al chat. Una vez más, los adolescentes no la esperan. Como buena cazadora, estuvo explorando el terreno antes. Hasta ahora no hizo nada. Esta noche buscará su primera presa.


El adolescente, de tan sólo dieciséis años, disfruta del silencio que invadió el departamento en el que vive. Sus padres duermen. En la noche solitaria, el hogar le pertenece. Enciende la computadora. Va a la misma página de siempre, y entra al chat. Una vez más busca conocer una mujer caritativa, que quiera iniciarlo en los placeres de la carne. Él, al igual que los que vendrán, no la espera.

- ¿Edad? – Le pregunta una mujer que lleva por nick “Felina”
- 17 – miente él
- Me gustan los jovencitos… sobre todo si son vírgenes, ¿vos lo sos? – Pregunta ella sin un mínimo atisbo de timidez
- Jajaja, sí… pero con ganas de solucionarlo… jajaja – contesta él esperando que ella acepte la propuesta.

La mujer hace honor al sobrenombre que emplea. Realmente es una felina, que hace del olfato y de la seducción sus mejores armas. Cuando una gota de sangre cae al agua en donde habitan las pirañas, el olor del fluido les excita el apetito. Esta felina ha detectado su presa con unas cuantas palabras. Es que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Ella, con sus treintaicinco años, no es para nada vieja; pero, en algunos terrenos, tiene más experiencia que la suma de varias mujeres de ochenta años. “Felina” escribe algunas oraciones más y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro. Retira el cigarrillo de sus labios, dejándole impresa la huella de su rouge, y lo aplasta contra el cenicero. Tiene hambre, pero también tiene la satisfacción de saber que hoy cenará.


A él, las palabras le llegan a sus ojos como la tierra le llega a un navegante que desde hace días se cree perdido en el mar. No podía contenerse. Le sudaban las manos. El corazón le galopaba en el pecho como caballos que se escapan buscando su libertad. Recuerda la foto. Ojos verdes. Labios rojos. Cabello negro y lacio. Piel infinitamente blanca y lisa, como un paisaje nevado. Pómulos altos y una mirada extraña, que condensa tristeza, sensualidad, tentación y desparpajo. Su pene se hincha. Esta noche él la tendrá, ella se lo ha dicho. Él todavía cree.

Dos de la madrugada. El adolescente llega al lugar del encuentro. Se queda mirando la puerta de aquella vieja casa. Teme que se abra, pero su deseo es tan fuerte que podría romper candados sin tocarlos.

Golpean a su puerta. Ella la abre, y un halo de luz proveniente de afuera ilumina el rostro divino de la mujer. Ahí está él. Con voz sensual, la mujer felina, le dice a su joven ratón que entre. La puerta se cierra y todo se torna oscuro. El adolescente no sabe lo que hace. Camina a tientas, tratando de escuchar los pasos de su anfitriona para que lo guíen. Ella sí sabe lo que hace.

La mujer sirve un vaso de whisky y lo lleva a la boca del joven. Él, obedientemente, bebe, aunque no le guste, aunque no acostumbre a tomar alcohol, aunque se le incendie la garganta. Dos segundos después están sentados juntos en el sofá. Ella desliza sus dedos como serpientes por la cabellera adolescente. El muchacho experimenta una erección. El escote de ella, le incendia la entrepierna. Ella lo sabe, sonríe sensual y desliza su lengua por su labio superior.


Algo de whisky se derrama por la comisura de los labios del adolescente. Ella lo limpia con su lengua y donde antes hubo alcohol, ahora hay saliva. La mujer juega a ser diosa, se pone de pie y con su mano guía al adolescente a que se arrodille ante su presencia. Deja caer su vestido. Y el adolescente mira, con vergüenza y por primera vez, el cuerpo de una mujer real desnuda.


La mujer aplasta el cráneo del adolescente contra su pubis. Él abre la boca y, como un cachorro que tiene miedo y ganas de jugar, empieza a lamer. La mujer le arranca la remera, haciéndola jirones. El joven queda estupefacto y no sabe cómo hará para justificar ante sus padres el volver al hogar con su ropa rasgada. Pero no tiene tiempo de pensar. Ella está sacándole de un solo tirón los pantalones y la ropa interior. Ahora él cree que están en igualdad de condiciones: completamente desnudos. Sin embargo no es así, pues la mujer no desnuda todavía aquello con lo que goza.


Ella lo besa, y con su lengua escribe excitación en los dientes. Le arroja los restos de whisky en el cuerpo y luego empieza a lamerlo. El cuerpo adolescente se derrumba arrastrándola a ella hacia la cama. A la felina no le gusta estar abajo, rápidamente lo hace girar y se sienta sobre él. Sujeta el pene y, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, empieza a introducirlo en su cuerpo. Abre la boca y cierra los ojos, mientras acomoda sus paredes aterciopeladas para envolver la carne de su presa. El adolescente no puede creer lo que está sucediendo. Siente a la mujer en todo su cuerpo. La ve disfrutar aleteando sobre él como si fuera una mariposa. Observa los pechos de ella moverse libres y siente como su pene se tapiza de la humedad femenina. Está adentrándose más profundamente en ella, con cada segundo que pasa. Él no puede creer lo que está sintiendo. La mujer lo sabe, ella es la experta y empieza a columpiarse sobre él con violencia.

El adolescente ve a su diosa contornearse, poseída, sobre su cuerpo. El rostro femenino bien podría haber sido un cuadro que represente la conjunción entre placer y misterio. Y de repente, como si nada hubiese ocurrido, ella se levanta violentamente, dejando el miembro adolescente rodeado de vacío. Él, confuso, sonríe y no entiende bien lo que ella le dice cuando le escupe un “vestite y andate”.


- ¿Cómo? – Dice él, tímidamente.

- Eso pibe, ya está, ya acabé, andate que quiero estar sola.
- Pero… ¿y yo?
- ¡Andá a tu casa y terminá solito, como hacés siempre, ya te di bastante material para que tu imaginación tenga de dónde fantasear! – grita ella, histérica.

El adolescente, sorprendido, confuso, con miedo, rápidamente se viste y abandona la casa. Ella lo ve irse y sonríe divertida al recordar su rostro.

Esto fue un ensayo. Ella seguirá afilando sus métodos para disfrutar cada vez más de su venganza. Uno a uno caerán adolescentes sobre su cama, como ella lo hizo en la cama de aquel hombre que, siendo ella muy jovencita, la enamoró y usó su cuerpo como un mero receptáculo de semen.


Sirve otro vaso de whisky y se desparrama sobre el sofá. Agarra el portarretratos que tiene la fotografía de ese hombre, que era su padrastro, y la recorre con su dedo. Recuerda su primera vez y percibe nuevamente el perfume del adolescente que acaba de echar. Prende un cigarrillo, se excita y comienza a tocarse sola en el sofá, recordando como disfrutó la iniciación.



jueves 5 de marzo de 2009

EL EXILIO



Exilio. Al decidir renunciar al estado amoroso, el sujeto se ve con tristeza exiliado de su imaginario.
Trato de arrancarme a lo Imaginario amoroso: pero lo Imaginario arde por debajo, como el carbón mal apagado; se inflama de nuevo; lo que había sido abandonado resurge; de la tumba mal cerrada retumba bruscamente un largo grito
(Roland Barthes, "Fragmentos de un discurso amoroso")

See you later, alligator


Abro la valija vieja, esa que recorrió muchos lugares pero que no supo quedarse en ninguno. Encuentro en ella los recuerdos de las noches sin luna, de la lluvia que nos seguía hacia todos los lugares a los que íbamos, del sol que bajo el agua perseguíamos. Palpo el vacío, que se ha vuelto una masa asfixiante, extranjera y exiliada de mi cuerpo. Estoy arrodillado, al lado de la cama, frente a esta vieja valija, dejándome abrazar por el tedio que respiro, mientras constato, una vez más, que ya no me miras.
Una a una voy tomando las prendas, llevándolas a mi nariz para despegarles el perfume de tu piel y quedarme con algo que realmente te pertenezca. Los recuerdos me acorralan, me torturan, pero no hicieron el favor de matarme antes que me mataras. Y siento como una vez más, las lágrimas me derraman sobre mi propio charco de sombras. Voy sintiendo, lentamente, la textura de las telas que lastiman, como espinas pequeñas, mis incendiadas manos. Nunca aprendí que no hay que jugar con fuego si no se quiere terminar quemado. Vuelvo a los días en los que esas ropas caían, apresuradas, sobre el piso para dejarnos desnudos, frente a frente, labio a labio, mano a mano, vientre a vientre. Abro los ojos y veo que es de noche y llueve, pero ya no estamos semidesnudos en el auto.
Guardo todo. Voy viendo como, de a poco y con paciencia, intento cubrir el vacío de la valija, que coincide con los bordes porosos de mi propio vacío. Pienso nuevamente en lo injusto que es el destino, en como se comporta como agua de río, que en un segundo te deja un regalo y otro segundo después te lo arranca de la piel. Transpiro desesperanzas, mientras veo que no hay otra opción más que ésta que tanto duele. Tengo que permitirnos esto. Tengo que dejarnos ir. Debo acatar las consecuencias de los riesgos que no tuve miedo en tomar. Tengo que perder, una vez más, lo que ya he perdido. Tengo que cerrar este libro que nunca fue escrito. Ahora sé que tengo que rendirme y que debo que acatar los “tengo que…”
La valija ya está hecha, y no queda lugar para que guarde allí todo el rosario de recuerdos. Voy viendo cómo las paredes del cuarto se recubren de una enredadera de soledad que crece ilimitadamente. Veo tus ojos y ya no puedo leer más nada. Soy un analfabeto que se ha extraviado en los márgenes de tu cuerpo. Te has vuelto un misterio que, esta vez, no me empecinaré en descifrar. Sólo así nos permitiré partir, dejando de cavar huellas sobre huellas hasta enterrarme en una tumba hecha con pasos no dados.
Tomo el equipaje y abro la puerta. Somos de mundos tan diferentes, que sólo por eso están destinados a oponerse y complementarse. Nuevamente, hay que cruzar el gran charco. Pararnos otra vez en las veredas de enfrente. Pero ahora habrá que dar la vuelta y caminar ignorando a dónde, pero sabiendo que ya no volveremos a encontrarnos. Allá afuera espera el frío. Acá adentro, las baldosas rotas por las raíces de la tristeza constante. Nos miramos una vez más. Tal vez sea la última. Quiero creer que no, pero sé que sí; que luego de esta vez ya no habrá más veces. Tomo tu mano y la acaricio. La llevo al encuentro con mis labios que la besan como el mar cuando roza la arena. Me arrojo sobre el vacío de tu pecho y nos quebramos en un último abrazo. No hay nada que decir. Pongo la valija en tus manos, veo como traspasas la puerta, me lamo las heridas y te dejo ir para siempre hacia mi exilio.

martes 17 de febrero de 2009

DE PERDER Y ESTAR PERDIDO


No sé cuántos años tenía. Si sé que era un niño. Sólo recuerdo que me trepé a un banquito y que llegué hasta el último estante del armario. Creo que estaba solo en la habitación, pero no estoy seguro. Nunca pude estar seguro de nada. Siempre estuve perdido. Lo que si sé es que me había escapado de la vista de los demás; o tal vez, ya por entonces, ellos me habían expulsado de sus ojos. No sé por qué lo hice. Tiré todo. Nada hizo ruido. Decenas de remedios se extendían ante mí. Me senté, empecé a abrirlos uno por uno y tragué pastillas y bebí jarabes. Ni todas esas drogas anestesiaron los dolores que vendrían años más tarde. Me dieron de tomar leche pura, caliente; justo como a mí no me gusta. Esa noche vomité.

Soy un caballo. Un caballo blanco, que no es el de San Martín, ni el de nadie. Un animal que corre como si su vida dependiera de ello. El viento es atravesado por mi cuerpo. Mis cuatro patas rasguñan la nieve y la arrojan detrás de mis pasos galopantes. Me duelen las piernas pero sigo corriendo. Más y más. Muchos caballos me siguen, pero no pueden alcanzarme. Les llevo muchos metros de ventaja. Algo se rompe en mí. Todo se rompe cuando es frágil. El dolor me sube desde una de mis patas. Va transportándose por todo mi cuerpo, mientras siento la dureza del camino estrellándose contra mi pecho. Me caí. El dolor se vuelve sangre y coloniza cada una de mis células. Todos los caballos pasan por arriba de mi cuerpo blanco llenándolo del lodo que se esconde debajo de la nieve. Soy sólo una mancha blanca, perdido entre tanta nieve, lleno de pisadas; que ve como todos los demás caballos me van dejando atrás.

Estamos en un hotel alejamiento lujoso, pero tus sentimientos hacia mí son pobres. No pasó nada. No hay nada. No habrá nada. No. No. No. Estamos llenos de vacío y de silencios. ¿Qué tenemos en común más que la soledad que nos separa? Miramos, una vez más, al techo. Tus manos arman un nudo de lágrimas en mi garganta comprimida. Tus dedos tocan sobre mi cuerpo los acordes de mi melodía más triste. Mis labios se marchitan sin la humedad de los tuyos. Reís. Nunca sé de qué te reís. Tal vez si lo supiera dejaría de compartir con vos el lecho. Me invitás a dónde sabés que no voy a acompañarte. Lo hacés sólo para que, una puta vez en la vida, pueda decirte “no”. Sé que vas a continuar lo que interrumpiste conmigo. Me duele saberlo. El preservativo se desenrolla, se hace un nudo y se arroja a la basura. El preservativo sin semen, perdido en la basura, una vez más, soy yo.


Toco tu puerta. Estás en la cama y me cuelo entre tus brazos. Te abrazo fuerte. Muy fuerte. Más fuerte. Quiero deshacerme entre tus brazos. Quiero dejar de ser hielo y convertirme en el agua que lave las heridas de tu cuerpo. Quiero que me bebas, pero no podés pues soy agua contaminada. Soy un líquido tóxico, viscoso, que penetra por las venas causando dolor hasta ser vomitado en forma de lágrimas. Te hago mal. Lo sé. Ayer quise sembrarte pétalos en los ojos. Hoy excavé en ellos hasta destruir tus napas de agua subterránea. He perdido la batalla. Perdón, nunca quise que lloraras con mis lágrimas.


No aguanto más. El dolor se vuelve omnipresente. Días sin bañarme, sin animarme a salir de la cama. Arrastro mi cuerpo hasta el baño. Las lágrimas, viejas compañeras, llegan antes que la lluvia de la ducha. Me mojo con mi sal. Y todo vuelve a empezar. Me acuesto en la bañera en posición fetal. Cierro los ojos mientras siento como el agua cae tan fuerte sobre mi cuerpo, que es como si la vida me estuviera pegando patadas en el piso. El mundo me aplasta los hombros. No sé dónde está el mundo. No sé dónde estoy yo. Estoy perdido. He gritado silencios que nadie ha escuchado. Mi voz está desgarrada. Me retuerzo de dolor, como lo hace una babosa cuando se desliza sobre un manto salado. La respiración es una ola que me viene y que se va. Estoy cansado de que el dolor ya no me entre en el cuerpo. Lo libero de mis venas. El piso de la bañera se cubre de rojo.

miércoles 21 de enero de 2009

ENTONCES NO HAY ESPERANZAS

Imagen: "Myself dead as a clown" by Joel - Peter Witkin

- Tal vez no haya nadie que lo note…
- No. Nadie se ha percatado del alumbramiento de mis lágrimas ácidas, paridas por éste par de ojos castrados. Nadie vino a visitarlas a mi pesebre abandonado. Es que todos se han empeñado en hacerlas bastardas, para poder negar aquello que las causa.
- Quizás te hayas vuelto invisibles para la mirada de los otros...
- No. Todos pueden ver que estamos irremediablemente solos, aunque ésta sea una verdad que nos empeñemos en negar. Aunque día a día levantamos semblantes para taparla. Algunos se engañan más que otros; pero las ficciones siempre se quiebran como cristales que terminan clavándose en los ojos.
- O puede ser que todos hayan partido ya…
- No. Tengo la certeza de que todos seguimos cultivando pasos ausentes en la misma tierra estéril de siempre. Ojalá hubieran partido, pues harían bien en irse lejos y ahorrarse el momento de presenciar mi decadencia; que invoque aquella que también habita en sus cuerpos.
- ¿Y si las huellas sirvieran de lazos?
- No. Lo cierto es que los lazos son puentes de azúcar que se desploman ante el salvajismo de los años. Pues son artificios que intentan cubrir lo que nos falta.
- Tal vez, a través del sexo nos unamos…
- No. Nada nos une a nadie. Ni siquiera en la carne hay ligazón entre los seres. El sexo es una ilusión, una cumbre de felicidad que se levanta, imponente como una gran ola, durante el roce de los cuerpos; y que se desploma en el segundo después, cuando las almas caen separadas, y nos fragmentamos tanto, que nos volvemos arena.
- Entonces no hay esperanzas
- Entonces no hay esperanzas. Si he de brotar cubierto de pétalos negros, tal vez sea mejor marchitarme. Perderlo todo hasta vaciarme del dolor que late en mis venas, y recluirme en mí mismo hasta convertirme en una semilla de piedra.
- Tal vez no haya nadie que lo note… Se repitió a sí mismo, mientras contemplaba su imagen , desprovista de toda máscara, frente al espejo de esa habitación gris.

jueves 8 de enero de 2009

MASTURBACIÓN

Imagen por David Nebreda

Gracias a Anuar por su colaboración con este texto

La noche es el refugio de todos los que han sido condenados al ostracismo durante el día. La lluvia, que cae persistente sobre el tejado, no lava las heridas que abre la luz del sol sobre las pieles sedientas de castigo. La luna, ante ese panorama, está llena de miedos y se esconde entre nubes infinitamente amorfas.
Está en su habitación, solo. La cama está destendida desde hace semanas. En la mesa de luz hay cinco platos diminutos y tres vasos sucios y vacíos. Restos de comida se pudren en ellos y, por las noches, las cucarachas encuentran en ellos su alimento. Él come una vez al día, cuando la náusea del vacío le ordena saciar su estómago.
Son las dos de la mañana. Está desnudo. La piel parece estar siendo devorada por un musgo viscoso. Enciende un porro y mira al techo cubierto por telarañas. Los huesos y las venas parecen querer salir de ese cuerpo habitado por cuatro demonios. El olor de la marihuana esta vez no lo calma. Aspira buscando encontrar un placer solitario que lo haga huir del dolor. Pero no hay escapatorias. Llora como si fuera un niño, y no sabe por qué. Las lágrimas se deslizan por su cuerpo como ríos sin represas. La angustia llena de huecos el sentido.

Prende el televisor. Va al canal de siempre. Está la misma rubia de la semana pasada succionando un pene erecto. Otro hombre la penetra, con furia, por detrás; mientras una morocha le muerde los senos. Él saca su miembro de la ropa interior que no ha cambiado en días. El órgano no le responde. Lo golpea. Nada. Abre el cajón de la mesa de luz y saca una pastilla azul.
Una hora después, tímidamente, el falo cobra vida. La rubia ya no está en la pantalla, pero no importa, ahora hay una filipina lamiendo la vagina de una europea. Empieza a masturbarse. Tira una y otra vez de la carne que le duele. Lo hace con cada vez más fuerza.
Recuerda a su última novia diciéndole que se vaya, que ya no quiere verlo nunca más. Y sigue tirando de su pene con vehemencia. También acude a la mente la supuesta mejor amiga de su chica, bajándole el cierre del pantalón. Y ahora aprieta fuerte su miembro, como lo hacían los labios de esa mujer disfrazada, por él, de tentación.
Agarra sus testículos con furia y ve nuevamente la cara de su última novia mirándolo en el balcón, mientras una versión posmoderna de Lilit le practicaba sexo oral. Sigue masturbándose con violencia y rapidez. No quiere acabar. El semen se escapa; no así las lágrimas. Insiste. Ese hijo de puta tiene que vaciarse para dejar de lastimarlo. El falo parece bañarse en ácido y le arde, pero el dolor le es dulce.
Los dientes se clavan en su mano izquierda. El esperma cae y también la sangre. Muerde aún más su mano y siente el sabor dulzón del líquido escarlata que se le escapa por la comisura de sus labios. Súbitamente, agarra su miembro teñido por un blanco mezclado con rojo, y tira de él hasta sentir que lo arranca. Ahora sí ha acabado.

lunes 1 de diciembre de 2008

FRIALDAD

Imagen: "Elena's training" by Igor Amelkovich

La ciudad transpira y se rinde ante el calor sofocante de verano. Es una tarde húmeda, pesada, de esas que adhieren la ropa al cuerpo. No corre ni una leve brisa y el fuego quema las carnes. Las bocas piden la frialdad de alguna bebida helada que apague los incendios gestados en las gargantas. Pero los médicos dicen que hay que tener cuidado, pues tanta frialdad puede llegar a enfermar.
El amor a veces se olvida del clima. Aldana está abrazando fuertemente a Germán, como si quisiera sujetarlo a la vida. Ella tampoco encuentra sustento, pero uno siempre piensa que el otro está peor que uno. Aldana sabe que no puede darle nada, pero también sabe que daría todo para que él se sintiera amado. Hace calor, pero ella necesita sentirlo pegado a su cuerpo, pues siempre se tiene miedo de perder aquello que no se tiene.

Están sentados en la cama de él. Germán descansa de espaldas a Aldana, mientras ella tiene el torso de él, rodeado entre sus brazos. Él, pese a que es mucho más alto que ella, parece un niño que apoya su cabeza en el pecho de una mujer que le brinda protección. Germán, mientras habla, toma la mano pequeña de Aldana entre las suyas. Le cuenta que se quedó nuevamente sin trabajo y que le va a costar pagar el alquiler del departamento, pero que no volverá a la casa de sus padres. Le dice que tiene miedo, que a veces se asusta de sí mismo y que desearía que las cosas fueran más fáciles. ¿Es que hay alguien que no desee eso? Y sin embargo, siempre nos empeñamos en complicarnos.
Le describe sus pesadillas, esas que le traen los recuerdos de los maltratos de su padre en la infancia. Le cuenta la frialdad de aquel hombre y del silencio, igualmente frío, de la madre. Germán, un hombre que sale a pelear a la vida, se transforma de repente en un niño indefenso paralizado ante el terror al padre. Aldana, una mujer con sus problemas, pero siempre débil, se vuelve la mujer que cobija al niño de sus miedos.
Germán, teniendo siete años, ya sentía ese terror ante el padre. Fue ese terror el que, una vez, lo hizo temblar y derramar el té de la taza, durante el desayuno. Su padre le arrancó bruscamente la taza de la mano, le grita, lo humilla y el niño sólo puede pedir perdón, mientras llora. La taza vuela y se estrella contra la pared. La confianza del niño también. Germán siente las manos gigantes de su padre que le tiran del pelo hasta derribarlo. El niño siente el dolor del primer puñetazo en su inocente espalda. El niño experimenta la traición y empieza a sentirse la peor basura. El miedo explota luego del tercer puñetazo. Los gritos de la madre son tímidos y se muestra incapaz de frenar la frialdad de su marido. Germán le cuenta a Aldana de esa patada en el estómago, de su falta de aire, y su orina mojando sus piernas de niño. Le cuenta de su vergüenza, le cuenta de su miedo, le cuenta de su impotencia. También le habla de la ducha fría, de la humillación de estar tan desnudo, tan frágil y tan niño, ante su padre. Le cuenta de estar tiritando de frío, y de llorar por ser tan niño y sentirse tan poco querido.
Aldana lo escucha en silencio. Ahora es ella su madre. Ella es quien repara la omisión de la otra mujer. Siente a ese niño temeroso entre sus brazos. Sus ojos se llenan de lágrimas, y una de ellas cae sobre la mejilla de Germán, que le dice que quiere llorar pero no puede. El joven habla de sí mismo como si hablara de otro. No puede asociar a ese niño consigo mismo. No siente autocompasión, pero sí odio, aunque uno distinto, uno que se ha enfriado en sus venas y que no emerge en la voz cuando narra su pasado.

La joven vuelve a abrazarlo fuerte, buscándole infundir ternura, protección, amor y seguridad, pero él no puede corresponder a ese abrazo. Aldana se atreve a hablar y le pregunta qué siente. Él es sincero y contesta que ya no siente nada. Es que los golpes duelen, pero también anestesian. Germán piensa unos minutos y vuelve a hablar, pero esta vez con un volumen de voz más bajo. Vuelve a decir que a veces tiene miedo de sí mismo, pues él podría ser como su padre. El joven comete un primer error, pero no puede saberlo. Aldana no entiende, se perturba, se inquieta, y pregunta un tímido por qué. Germán, manteniendo su tono monocorde, le cuenta que a veces siente la necesidad de golpear y maltratar a seres más débiles e inferiores a él. La joven escucha estupefacta, mientras él continúa hablando, contándole con frialdad que su gato se escapó cansado de recibir golpes.

Aldana, sintiéndose más débil e inferior que Germán, no puede dar crédito a lo que escucha. No entiende como aquel hombre que la besó con tanta dulzura, puede ser capaz de algo semejante. La joven siente miedo, mucho miedo, y la sensación de abrazar a un desconocido que se transforma en peligroso. Hay algo en ella que le dice que ese hombre es oscuro; algo le dice que tendrá que cuidarse. Algo empieza a despertarse en ella.
Sin embargo, ve en Germán una lágrima, y luego otra, y otra. Y ahora el joven dice que no quiere ser así, que es infeliz, que desea olvidar todo pero que no puede, que necesita algo del amor que no tuvo en su infancia. Y es ahora él quién abraza fuertemente a Aldana, mientras ella vuelve a sentir deseos de cuidarlo, de ayudarlo, de amarlo. Y se abrazan fuerte, muy fuerte, hasta sentir que sus huesos se rompen en los brazos. La joven acaricia al hombre herido, besa suavemente sus lágrimas, sus ojos, su frente y él se deja besar.
Aldana, que parece ser tan pequeña, se vuelve grande. Se quita la remera, desprende su sostén y lleva a Germán hasta sus senos. Él los lame, los besa, los muerde suavemente, los acaricia, los aprieta y los vuelve a lamer. Su boca se llena de gusto a mujer y el sabor amargo de su vida se endulza. Germán recorre los pezones con su lengua hasta que están erectos. Ella se quita la falda y se desnuda por completo para entregarse totalmente al hombre. Él acaricia sus caderas, mientras besa su ombligo. Ella abre sus piernas y siente la lengua de Germán buscando su clítoris. Él se desnuda rápidamente y guía la boca de ella hasta su miembro. La pasión los desborda. Las manos se gastan en la piel ajena. Las lenguas crean pasadizos y recovecos. Los sexos se dilatan, se humedecen, se invocan. Los cuerpos pierden sus límites, mientras se muerden, se chupan, se tocan y se aprietan. Germán se siente poseído, es un demonio deseando pecar, y necesita con vehemencia internarse en el cuerpo de Aldana. Le abre las piernas, sujeta sus manos entre las suyas, muerde sus pechos y rápidamente está en ella moviéndose aceleradamente. Aldana le dice que pare, que está siendo muy brusco y la lastima. Pero Germán sigue aunque su rostro evidencia enfado y desprecio. Aldana vuelve a escuchar, en su interior, que Germán es peligroso, pero lo observa nuevamente y comprueba que se detuvo. Empieza a acariciarla muy suave y tiernamente, y acaricia con sus labios los de ella. Ahora lo hace suave y lentamente al principio, acomodándose entre las paredes aterciopeladas de Aldana. Ella, ahora, disfruta, y él también. El ritmo empieza a crecer según los deseos de ambos y, lo que era suave y lento se va transformando en fuerte y rápido, mientras ambos se acercan más y más al orgasmo. Los gemidos tapizan los oídos. Ella se contornea, gime, se humedece más y él acelera hasta sentir que explota e inunda todo en ella. La respiración y las pulsaciones decrecen. Se abrazan y besan suavemente. Germán cierra los ojos y le dice a Aldana que está cansado y que desea dormir aunque sea media hora.

Aldana se siente extraña. Experimenta un pequeño dolor en su vagina. Se levanta, va al baño, se mira al espejo y nota magullones en sus senos. Se higieniza y descubre que tiene una pequeña lastimadura. Recuerda la expresión sádica en el rostro de Germán, mientras la penetraba violentamente. Escucha nuevamente lo que le dijo sobre el gato. Y Aldana vuelve a sentir mucho miedo. Aldana es Germán a los siete años y Germán es su padre, en ese instante. Algo habla en Aldana y le dice que no debe volver a compartir la cama con él. Se empieza a sentir estúpida al no haberse ido apenas pudo. Teme que todo pueda empeorar y dicen que uno siempre condiciona lo que teme.
Hace calor, y más aún luego de tener sexo. La joven tiene sed y va a la cocina. Abre la alacena y saca un vaso. Busca en la heladera la botella de gaseosa pero no la encuentra. Se acuerda que Germán tiene la costumbre de guardar la bebida en el freezer. Lo abre sin saber que está abriendo la caja de Pandora. Lo abre sin saber que todo se desencadenará en un instante. El horror se apodera de ella, la penetra más violentamente que Germán. El miedo la golpea más fuerte que el padre del joven. La crueldad se materializa y ella siente que se vuelve un nuevo gato de Germán. Aldana se exaspera, y quiere gritar pero hacerlo despertaría a su novio. La joven llora mientras ve al gato muerto que la mira congelado, al lado de la botella de gaseosa. Ella no quiere estar en el freezer, ella no quiere llenarse de frialdad. Las voces empiezan a aturdir. Ellas nunca se equivocan, aunque los médicos digan lo contrario. Ellas son dueñas de certezas y esta vez, Aldana cree ciegamente en ellas.
Germán duerme profundamente. Está cansado, pues no tuvo un día fácil. Lo despidieron del trabajo y se puso a invocar a los fantasmas del pasado. Recordó y los recuerdos le siguen doliendo, pues pegan fuerte como lo hacía su padre. El sexo fue un oasis en medio de ese día de vida desierta. Pero las aguas que tomamos para enfriar nuestras gargantas, a veces tienen veneno. Ahora el joven escucha un ruido. Se despierta, abre los ojos y observa a Aldana mirándolo desencajada. Germán no entiende nada, pero ya no importa, pues está sintiendo la frialdad de un cuchillo que se clava una y otra vez sobre su espalda.

lunes 7 de abril de 2008

Μορφεύς


Imagen de Jan Saudek

Noche típica de otoño. La lluvia, leve, golpea la ventana cerrada, buscando entrar una vez más en mi alma mojada. El plomo tapiza los cielos vacíos, que se agrietan ante la sequía de esta pantanosa rutina. Y yo, yo estoy aquí esperando hacer grandiosa esta noche, que no me ha prometido nada pero que, deseo, me dé todo. Vení conmigo, que yo te espero. Vení conmigo, que yo siempre te estoy esperando...

Hoy la oscuridad se adueñó de mis ojos ausentes, pero aún así te han encontrado sin buscarte. Desde hace mucho tiempo me hacés falta, pero desde hace meses había empezado a resignarme, y fue justo allí cuando te vi. Súbitamente supe que, como todo lo que está destinado a cambiarnos, sólo podías aparecer cuando hubiese dejado de esperarte. Y ahora, que estás acá, siento que ya no puedo dejarte ir aunque te vayas.

Vení, dale, tomá mi mano y venite conmigo. Traé algo de luz a mis desiertos oscuros. Levantá las baldozas con la firmeza de tus pasos. Internate en el laberinto y derribemos nuestras murallas con gritos silenciosos. Vení, creemos los caminos para encontrarnos cuando nos hayamos perdido. Vení, que tengo para darte el hilo de Ariadna, sólo seguí el sendero hacia lo desconocido, pues allí me vas a encontrar dispuesto a encontrarte.

Esta noche venís a jugar conmigo, traés tus miedos y yo te ofrezco los míos, es que no se puede disfrutar cuando uno teme. Te llevo a mi cama, mientras miro a tus ojos y rastreo las marcas que dejaron tus tristezas. No tengas miedo a las noches sin lunas, pues hoy seré sol en tu madrugada e inundaré de luz todo lo que tienes oscuro.

Las sábanas no alcanzan para cubrirte del frío, sólo tengo para darte mis abrazos tibios. Desnudate, nada importa, pues te vestiré con mi piel y te levantaré altares con mis huesos. Desnudate, que quiero conocer tu cuerpo tanto como te conozco el alma.

Dejame entregarme, que esta noche quiero endiosarte y creerte todo, para convertirme en tu más fiel devoto. Te prendo velas en el cuerpo y te rezo, te imploro, te agradezco y te fecundo de deseos, para ser yo quién los mate y los engendre de nuevo. No tengo nada más para darte que este cuerpo, sus palabras, sus bordes, y silencios. Aceptá toda esta ofrenda, dejá que me sacrifique esta noche, que quiero rescucitar, mañana, en tu gloria.

Ahora dejás que te de luz con mis ojos, mientras endulzo tu sangre con mis besos, antes dolorosos. Despacio voy sintiendo tus labios y los lleno de pequeños besos, para adueñarme de ellos con más pasión y recorrer, luego, cada espacio de tu boca. Ahora te abrazo, te abrazo muy fuerte hasta hacer de mi carne débil, fortaleza. Me entregás tu espalda y dejás que la siembre con mis flores, mientras te beso tanto que ahora sí, siento que te llego al alma.

Te acaricio, te toco, te huelo, te lamo, te muerdo, te beso y me pierdo en el humo de mis ilusiones que se queman. Me interno en la jungla de tu cabellera con mis manos. Me arranco los labios y los derrito en la caldera que llevas en tu abdomen. Me evaporas las penas con tu roce y tu piel se vuelve mi marca. Tus cabellos son lenguas de fuego que hierven la sangre y me hacen explotar las venas. Mi boca invade la tuya, te beso suavemente mientras sacío mi sed de vos con tu saliva. Te susurro en el oído todos mis deseos y usando mi lengua de pincel, te pinto el cuello con miel. Tus manos pequeñas se hacen dueñas de mi cuerpo. Tus brazos son la vida que se cuela entre mis poros. Tus piernas son las sogas que me atan al latido de tu pecho.

Me sumerjo en vos, me aventuro en tus recovecos, estoy dispuesto a cruzar todos tus mares y no me importa ahogarme, si sé que, luego, vas a estar para cuidarme. Te pido que me llenes de alas: cerrás mis ojos, besás mis labios, clavás tus manos, me impregnás de olores, y ya siento que vuelo. Es que yo a tu lado me siento capaz de todo, por que tu aliento se vuelve mi aire y con vos vale la pena respirar.

Te siento. Me sentís. Nos sentimos. Vibramos. Nos erizamos. Nos agitamos. Ascendemos a un cielo al que llenamos de gemidos. Ascelerás mis fluidos, el corazón se fragmenta, el cerebro revienta y el aire falta en nuestras bocas. Las vísceras se agitan y las almas se relajan. La miel explota en los cuerpos y el cielo nos arroja nuevamente a nuestro lecho. Hemos dejado de volar.

Te abrazo nuevamente, es que nunca me cansaré de hacerlo. Acaricio tu cabello, recorro con mis manos esos hilos que mueven mi cuerpo a su antojo. Te doy pequeños besos, como si fueran semillas que buscan germinar en tus sueños. Te cuido, te protejo, te arrullo, te hablo, te cuento historias y te quiero. Mis brazos no son míos, se vuelven de Morfeo y te dormís en mi pecho. Y yo, mientras tanto, me pregunto si en verdad se puede ser tan feliz como lo he sido.

Las preguntas sólo se hacen cuando de antemano se tienen las respuestas. El sentido sólo cae con el paso del tiempo, pues necesita volver atrás para encontrarse. Ya están las respuestas, aunque no las sepa, sólo se trata de esperar. Los ojos se cierran, más de lo que ya lo estaban, y ahora hay que dejar que llegue la mañana.

La luz del amanecer aparece arrastrándose por la ventana. El sol, grita, abre mis ojos y me muestra aquello que no he querido ver, ni escuchar. El sentido viaja rápidamente en el tiempo y cae tan rápido como las imágenes. Los dioses se vuelven sólo tótems. El sentido llega y todo pierde sentido. Es paradójico, pero esta vez la luz me llena de oscuridad. Es que los ojos ausentes, aquellos que encontraban sin buscar, se abren para ver que nunca encontraron nada. La cama, desierto enorme, está tan vacía como mi vida. Las sábanas no son tu piel ni la mía, son sólo telas que envuelven mi cadáver y lo encarcelan. La almohada no tiene el olor de tu piel, ni el de tu pelo. La almohada nuevamente vuelve a perder sentido. Y yo, nuevamente estoy derrotado ante la crueldad de una realidad que no tiene para darme más que sus imposibilidades. La ventana está abierta. Mi sueño huye por ella. Es que una vez más he soñado y una vez más he despertado para percatarme que es mejor que llegue Thánatos y que el dormir me de la paz de no tener que despertar nunca más, y ver que a mi lado no estás, ni estarás.

viernes 21 de marzo de 2008

DE PECES Y DE AVES


Imagen de Jan Saudek


Los peces no deben mezclarse con las aves. Pertencen a mundos diferentes, con necesidades incompatibles, con imposibilidades varias.

Sin embargo hay peces que saltan de los mares buscando tomar un poco de aire cuando el agua los agobia. Es que todos necesitamos huir de nuestros mundos de vez en cuando. Pero el pez es sabio y sabe que aunque su vida en el mar le depare incertidumbres y amenazas, debe volver allí pues su cuerpo pertenece al agua.

Hay aves que también se sumergen en el mar buscando algunos peces. Es que volar, aunque sea nuestro sueño, también nos angustia. Tanta libertad y tanta altura pueden marear. Y es así como el ave necesita estrellarse, atraparse y hundirse en los territorios desconocidos de los mares. Hay aves que buscan en el mar un pez, aunque sólo sea para alimentarse de él.

Él ingresa y el mundo se detiene para ella. Viene escoltado por sus servidores, que parecieran custodiarlo como si fueran sus ángeles. Camina por el largo pasillo, que va ganando luz a medida que el trío avanza. Todos los miran, algunos les sonríen y les saludan, como si se tratasen de reyes. Ellos saben que deben ser humildes, pero el saber no suele estar del lado del deseo.

Todos se ponen de pie ante ella. Debe tener veinticinco años. Es hermosa. Su pelo castaño, cae lacio sobre sus hombros tímidos. Lleva una de sus manos a la parte baja de su cuello y la palma le abarca los latidos en su pecho. Tiene la camisa desabrochada e insinúa a los adolescentes sus senos. Él, luego de saludarla, se sienta al último. La mira y le sonríe desafiante. Los latidos en el pecho de ella, se aceleran.

Una ventana del messenger se abre. Es él que lo saluda. Viven lejos, nacieron lejos, pero se sienten cerca. La red de redes los cobija. Allí encuentran el espacio que el mundo real se resistió a darles. Pero a cambio, dejan de lado sus cuerpos y sólo se ofrendan palabras. Escriben durante horas, se ríen, se emocionan, sienten, se conectan, y se desconectan, aunque no estén offline. Uno de ellos ama, él otro no, y ambos lo saben. Son amigos, se conocen, son iguales, pero son muy diferentes. Toda diferencia es sexual dicen los psicoanalistas, y ellos lo saben sin saberlo.

Ella lo mira con pudor, sabe que no debería desearlo pero lo hace. Ve su rostro y los ojos se le llenan de flores. Ella quiere ser su salvadora. Quiere ayudarlo a llevar sus cruces. Pero ella tiene demasiado con la suya, pues su amor se traduce en flagelos que le abren la piel por donde aflora la culpa. Está de pie, rodeada de la gente a la que tanto teme, mientras respira el perfume de él cuando pasa a su lado. Lo ama y lo desea y sabe que él, también la ama a su manera. Pero la entrega es el agua que riega el amor, y él, ya se ha entregado años atrás. Ella sólo puede alimentar su amor del deseo, que germina en las tierras de la prohibición.

Él la está mirando. Tiene diecisiete años. Aunque sus amigos se burlen, todavía es virgen. Observa el sostén tras la camisa blanca que se deja traslucir. Ella lleva su mano al pecho, justo a aquel lugar que él tanto desea besar. Está de pie, saludándola junto a todos los demás. Sus fantasías explotan y experimenta una erección. Rápidamente toma asiento y disimula como se inflama el deseo entre sus piernas. Él sabe que ella lo está mirando. ¿Sabrá la mujer que su carne la llama? Él cree que sí, le sonríe desafiante y luego, con un gesto, le pide que se acerque.

A él no le importa tener un amigo homosexual que lo ame. El deseo es individual y cada uno hace de él lo que puede. A veces se pregunta qué pasaría si su amigo hubiese sido mujer. Cree que lo amaría y se lo ha dicho, pero aquel elogio filtrado por la imposibilidad, le llega al enamorado como un insulto. "Si vos fueras mujer, te juro que yo te amaría” y suena como un “te amaría a condición de que dejes de ser vos, y fueras otra". Entonces se pregunta, ¿qué es lo que amaría?, ¿se tratará del sexo como accidente o del ser como esencia? Se siente superficial, pero se justifica pensando que todos tenemos condiciones para amar.

Ahí está él, con un servidor de cada lado. Todos los otros están frente a ellos creyendo. Ella está entre los otros. Está sentada en la primer banca y escucha, de fondo, las voces entonando las típicas canciones. Él la mira y le sonríe. Ella lo mira y se le estruja el alma, mientras piensa "Padre, ¿por qué me has abandonado?". Están detrás del altar y la misa ha empezado. Una lágrima se escapa de los ojos de ella, mientras toma la cruz en su pecho y se pregunta por qué le está pasando esto a ella. Se levanta de su lugar y sale corriendo de la Iglesia.

Ella se acerca a él. Él le hace una serie de preguntas. Ella le explica sus dudas, mientras nota que él no la está escuchando. El adolescente le acaricia los senos con sus ojos. Ella traga saliva y, también, su deseo. Él juega a, accidentalmente, tocarle la mano. Ella siente que le tocan el alma. Lo mira a los ojos. El retira su mirada de los senos y mira los de ella. El deseo se dice sin ser dicho. La erección de él se vuelve más notoria y ella ya no aguanta más. La profesora se va dejando a su grupo de alumnos solos. El alumno que desea, la mira partir sabiéndose nuevamente insatisfecho. Minutos después, ella está presentando la renuncia.

Lee en su pantalla "si vos fueras mujer, te juro que yo te amaría". Le llega como un golpe y ve nuevamente su deseo imposibilitado. Las lágrimas caen, pesadas, sobre el teclado. Vuelve a sentirse solo. Hasta en esas tierras en donde nada es real, la frustración golpea su puerta. Escribe su enojo en la ventana y vuelven a desconectarse. Metonímicamente, empiezan a hablar del clima, del fin de semana, y de la nada. Cada uno mira para otro lado. El fracaso llega al mouse, el enamorado desconecta su messenger mientras su amigo le escribe algo que no llega, pues ya se han perdido para siempre.

Todos somos peces que dan saltos, enamorados de las aves. Todos somos aves que nos sumergimos amando a los peces. Pero los peces que saltan del agua son presas fáciles. Y aquellas aves que clavan su pico en las aguas, confunden al amor con el hambre, y derraman la sangre de los peces.

Todos jugamos a ser Ícaro. Todos volamos hacia el sol sólo para ver cómo nuestras alas se derriten mientras más nos acercamos. Es que todos sabemos que cuando no se puede volar, terminamos ahogándonos en el mar. Y sin embargo, ahí parece estar nuestra satisfacción. Es que el deseo siempre queda insatisfecho. Y tal vez, cuando jugamos a vivir historias de peces y de aves, el perder se vuelve nuestro modo de gozar.

martes 1 de enero de 2008

LAS MOSCAS


Imagen: “The Holy Matrimony” de Jan Saudek

El mediodía de verano hace que la carne se pudra más rápido. Las moscas, esos ángeles del demonio, están de fiesta. El hedor las convoca al lugar al cuál nadie va por propia voluntad. Los dos policías lo saben. Se cubren la nariz con un pañuelo, y siguen a las moscas por el campo. La casa no está cerca del pueblo, pero el viento sabe llevar malas noticias, aunque el mensaje sea sólo un persistente fétido olor. Sí, algo olía mal y las moscas sabían de ello.
El pueblo es tranquilo. No necesita demasiados policías. Las cosas de mandinga sólo ocurren en las grandes ciudades. En esa casa, sólo viven la madre, su hija, seis gallinas, tres gallos y dos perros. Pero el mal olor es llamativo, y los policías temen a los forasteros. Los que vienen de afuera siempre traen los males. Mientras se acercan a la casa, los oficiales piensan que tal vez los ladrones no sólo se hayan llevado dinero, tal vez también se llevaron vidas...
Dos días antes de la visita de los policías, Soledad se estaba preparando. La joven tiene 19 años y está frente al espejo. Se ve radiante. Llena sus pómulos de maquillaje deseando que se vuelvan más atractivos para los labios de Juan, su futuro esposo. Cepilla sus cabellos, los acomoda a su gusto, que coincidirá exactamente con el de su amado. Lleva puesto el mejor vestido que existe sobre la faz de la tierra. En pocas horas lo verá. Él llevará puesto su smoking y lucirá como un príncipe. Él es hermoso, y ella lo ama. Ése hombre la hará feliz cada uno de los días de su vida. Él se lo prometió un año atrás, cuando se comprometieron, y ella no dudaba de la veracidad de las palabras. Soledad se juró a sí misma complacerlo en todos sus deseos, ella será su mujer perfecta, de eso no tenía dudas.
Erminda espía a su hija. Le tiene lástima, la considera indefensa, vulnerable y algo estúpida. Sabe que está mal, pero cree que es mejor así. Erminda conoce a los hombres. Son todos una porquería. Todos lastiman, todos usan, todos abandonan. Todos toman, todos mastican, todos escupen. Los hombres eran, para Erminda, parásitos que devoraban las almas.
La madre todavía recuerda al padre de su hija. Su piel se eriza, y los músculos de su mandíbula se tensan. Una nueva imagen es evocada en su memoria, y las venas se marcan en su cuello y en la frente. El ritmo cardíaco se acelera. Es que no sólo recuerda al padre de Soledad, sino también sus continuas infidelidades. Erminda todavía lo odia, pasaron diez años, pero todavía lo odia. Ya no quiere pensar más en él. Su presión arterial la aqueja y morirse sería darles el gusto a los hombres, y dejar a su hija desprotegida. "Toda madre tiene que proteger a sus hijos como su más preciado tesoro", se decía a sí misma, y ella tenía la certeza de ser la mejor madre.
Hace calor y una mosca se apoya sobre la boca de Soledad. La joven se la quita espantándola con su mano. Mientras, ve a Erminda intranquila. Su madre estaba mirando el retrato de su padre. Se pregunta si estará bien y las palabras no tardan en aflorar de sus labios. Erminda retira su mirada de la fotografía color sepia, la tranquiliza y le dedica una sonrisa.
Ahora Soledad también piensa en su padre. Lamenta que no pueda acompañarla hasta el altar, para entregarla a Juan. A algunas mujeres todavía les gusta ser propiedad de los hombres, pasar del padre al esposo sin descubrirse antes como seres independientes. Soledad extraña a su padre y se pregunta por qué las habrá abandonado. Ella era una niña cuando su padre fue a trabajar y no volvió nunca más. Mira a su madre nuevamente, y siente pena por ella.
A veces uno ve cuando se avecina una tormenta, pero nunca se imagina que pueda llegar a llover tanto. Erminda no esperaba que su hija se preparara con tanto entusiasmo para el casamiento. Ahora la ve levantando el teléfono y hablando con Juan. Le dice que está nerviosa, que no ve las horas de verlo, que ella está lista para ir a su encuentro, que serán felices, y que se amarán toda la vida. Es que cuando uno se enamora siempre promete grandes cosas, pues sabe que no las cumplirá. Si uno estuviera dispuesto a cumplirlas, no prometería tanto.
Erminda toma una decisión. No puede dejar que los preparativos continúen. Hay que sacar el paraguas para no mojarse tanto con la tormenta. Se acerca por detrás a Soledad, le quita el teléfono de su mano y lo cuelga. Soledad la mira estupefacta, sin poder entender qué es lo que está sucediendo. Erminda apoya sus manos en los hombros de su hija. Se miran a los ojos, como dos perras rabiosas que se desafían por un trozo de carne. La madre le dice, una vez más, que no se casará con Juan, que ese hombre es como todos, que es hijo del demonio, que la hará infeliz y amargada tal cómo hizo su padre con ella.
Soledad llora y grita, pero sus gritos no sepultan las palabras de su madre, que insiste en que no habrá boda. Ya se lo dijo muchas veces durante ese año, pero Soledad no puede creerle. Ya le dijo que Juan se fue, que no volverá, pero Soledad le dice que estaba hablando por teléfono con él y empieza a gritarle que está loca.
A veces Erminda se comportaba como si no entendiera que su hija está demente, y que se refugió en el delirio de casarse con Juan.
Es que Soledad nunca pudo tolerar la imagen de su Juan en la tumba que cavaba su propia madre. No pudo asimilar la imagen de Erminda vestida con la sangre de Juan, y armada con una cuchilla en la mano, la misma que luego arrojaría a la tumba de quién hubiese sido su yerno. Cuando Erminda fue sorprendida por Soledad, luego de haber asesinado a Juan, no le dijo nada, sólo esperó que se recuperara del desmayo. Es paradójico saber que cuando Soledad recuperó la conciencia, el horror hizo que la perdiera para siempre.
Pero Erminda no sabía que la mente humana es maquiavélica. La mente no conoce, o no quiere conocer, u olvida qué es la realidad. La mente elabora razones, crea novelas, construye delirios sólo para hacer más tolerables las imposibilidades. Y la muerte es la imposibilidad de la vida, y Soledad lo supo sin saberlo.
A partir de ese día, la joven empezó a manifestar su locura dormida. Empezó a creer que nada malo había pasado. Empezó a creer que el casamiento ocurriría, tal como lo habían planeado.
Cuando la tormenta empieza, las moscas también quieren huir. Vuelan y vuelan, hasta que chocan contra una ventana. Algunas juegan sobre el vidrio, otras caen rendidas. Las palabras son ventanas que nos permiten mirar un mundo que es irreal. Las palabras de Erminda no eran palabras, sino que eran un acto, pues desnudaban ese mundo real. Las palabras de Erminda rompían los vidrios sobre los ojos de Soledad, que ahora sangraban lágrimas. Y la joven, como una mosca, se golpeaba duramente y ya no quería volar.
Contra la realidad se pueden hacer dos cosas: negarla o transformarla. Soledad ya había negado, hasta que su madre la había denunciado. Erminda le había arrancado los párpados, obligándola a ver, sin saber que pagaría caro por hacerlo. Ahora Soledad quería transformar la realidad. Ahora Soledad quería romper el mundo. Ahora Soledad estaba ahorcando a esa madre, que tanto la había asfixiado. Es que uno siempre termina por hacer lo que le hicieron a uno.
Los policías no encontraron palabras para describir el mundo que encontraron. Erminda yacía sin vida al costado del teléfono. Las moscas se paseaban por su boca y sus ojos abiertos. Y el olor los penetraba hasta que, el más débil de ellos, terminó por vomitarlo. Pero las grandes tragedias se dan por la suma de acontecimientos que las desencadenan. Y aquella pieza de dominó que se pudría junto al teléfono, era sólo la última en caer y al mismo tiempo, la que había iniciado la caída de todas las otras.
Ya lo he dicho. Las moscas, esos ángeles del demonio, están de fiesta. El hedor las convoca al lugar al cuál nadie va por propia voluntad. Los dos policías lo saben y continúan siguiendo a las moscas hasta la parte trasera de la casa. Allí encuentran a Soledad, con su vestido de novia manchado por su propia orina. Allí está la novia, con las uñas rotas y los dedos infectados. Sus manos están llenas de la tierra que, con tanto esmero, ha cavado. Allí está Soledad, abrazada a los restos del cuerpo del que hubiese sido su esposo, sino se hubiese entrometido la madre. Ahí están pudriéndose los cadáveres de la madre y del prometido. También el del Padre, aunque eso se supo mucho después. Y ahí está la joven, viva aún, pero con la mirada perdida. Allí está la novia Soledad, esposada a un cadáver que sólo tiene para darle sus gusanos y sus moscas.

lunes 17 de diciembre de 2007

LOS DESAPARECIDOS DEL NEOLIBERALISMO


"...y sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario."
(de Ernesto Che Guevara en Carta de despedida a sus hijos)

Madrugada de verano en la ciudad. Llovía torrencialmente, y el frío llegaba acompañando al granizo. Las ratas huían despavoridas, pues olfatean los males de la tierra y de los cielos. La Villa, una vez más, se estaba inundando. Seguramente, saldrían en los diarios, radios y televisión, para luego ser olvidados cuando las tragedias cotidianas no cotizaran más en el mercado. Emilio tenía frío y miedo, pero nadie estaba allí para cuidarlo. Emilio tenía hambre y el “granero del mundo” no tenía nada para darle, más que un futuro abortado, más que ilusiones rotas y litros de desamparo.
Con sus ilusiones rotas y con su propio desamparo, lejos de la Villa, estaba Fabián, el padre de Emilio. La ciudad tenía esas paradojas, en algunos lugares flotaba en el aire el polvo; y en otros, el agua ahogaba en la miseria. Por allí había autos importados, por acá había pies lastimados. La ciudad estaba dividida. Hoy Fabián era la mosca en el caviar, estaba en aquel sector donde se respiraba polvo, mientras quemaba sus labios al fumar Paco. No sabía dónde estaba, sólo sentía que su cuerpo le estallaba cada cinco minutos, y que necesitaba más y más para anestesiar sus dolores, cuyos orígenes le parecían ya demasiado lejanos. Fabián pesaba 48 kilos, y era un montón de huesos apilados contra una circunstancial pared. El padre de Emilio, con sus ilusiones rotas, sus costillas marcadas, sus dolores y sus drogas, ignoraba que en ese mismo instante su hijo, aquel al que no conocía, padecía el hambre, el miedo y el agua que le llegaba a las rodillas.
Las rodillas estaban lastimadas. El policía la había empujado y, estando ella en el piso, le quitó los pocos pesos que Jessica se había ganado. Pero a aquel servidor del orden y brazo armado de la ley, no le alcanzaba con robarle a los que eran más pobres. Él no se conformaría sólo con ese pago. Su esposa, que se acercaba cada vez más a la obesidad, estaba en el hospital luego de haber parido el sexto hijo. Obtendría de Jessica, aquello que ya no le daba su esposa. Pero esta trabajadora de la noche entendía los códigos, sabía que para seguir trabajando había que pagar no sólo con plata, sino también con el cuerpo. Y, mientras el policía le arrancaba su diminuto vestido, ella se quedaba inmóvil deseando que todo acabara rápidamente. Pero lo que no acababa era la lluvia y el granizo, allá lejos en la Villa; y mientras el policía devoraba el cuerpo de Jessica, Emilio tenía más hambre, más miedo y el agua le estaba llegando al pecho.
Allí, en el pecho, sintió un fuerte dolor, Fabián. Esta vez se había excedido con el paco y, mientras la lluvia empezaba a lavar su sucio cuerpo, Jessica, luego de haber pagado su impuesto al trabajo, caminaba con su vestido roto y su maquillaje corrido por la lluvia. Y, Emilio tenía más hambre, más miedo y el agua ya le llegaba al cuello.
La lluvia ya cubría toda la ciudad. Sino lo hacía el gobierno, aunque sea la naturaleza repartía algo de manera equitativa. Jessica estaba empapada, y quería tomar un colectivo para volver a su casa. Mientras caminaba hacia la parada, vio a un hombre flaco, sucio y mojado, tirado sobre el piso y apoyado sobre una pared. Tuvo miedo, pues ya había padecido demasiado, esa noche. Sin embargo, reconoció en ese hombre al padre de su hijo, el mismo que la había abandonado mientras ella llevaba el séptimo mes de embarazo. Se acercó y lo vio dormido. Lo tocó para despertarlo y, con horror, notó que estaba muerto.
Muerto encontraron a Emilio unos días después. La tormenta había sido demasiado fuerte y había llevado consigo el rancho en el que vivía. Nadie había estado para ayudarlo. Su vida se había perdido, como la de tantos otros, por la inoperancia de algunos, la avaricia de otros, y ese monstruo moderno llamado Mercado, que da lujos a algunos a cambio de la vida de otros. Es que en tiempos de neoliberalismo, las personas han dejado de importar.

El Texto anterior intenta ser una crítica al Neoliberalismo y a sus consecuencias. Entre ellas se encuentra un hecho penoso en la historia reciente de Argentina: la crisis de diciembre de 2001. Para recordar aquella época, dejo el siguiente video musicalizado por "Los Piojos" con "Dientes de Cordero". Cuando se vea el video, apagar la canción que se encuentra en Vibraciones de almas que llueven.


sábado 8 de diciembre de 2007

IMPERATIVOS



Imagen: "Plataform" de Dariusz Klimczak

"¿Porque no habrá en la noche un camino abierto por el cual se pueda correr una eternidad alejándose de la tierra?”
(de Roberto Arlt)

Correr. Correr desesperadamente hacia el abismo, deseando despegar los sueños del suelo y elevarlos hacia el Universo.
Correr. Sentir la lluvia lacerando las heridas que no cierran. Sentir el viento lijando los recuerdos de las manos que moldearon el cuerpo.
Correr desesperanzado, huir, escapar, saltar para caer en que uno no huye, ni escapa, ni salta, sino que muere en el vacío del saber.
Correr para encontrarse, para no alienarse, para desligarse de la manada. Correr, sí, hasta que las piernas duelan, hasta llegar al asombro, para dejar de sentir los escombros de lo que pudo haber sido en el futuro, y de lo no fue en el pasado.
Correr, con lluvia, con frío, con sol, con lunas, con gritos, con silencios, sólo correr aunque sea solo.
Correr, deshacer el tiempo y el espacio, fundirlos en la velocidad y en la fuerza con la que se atraviesen los muros que encarcelan en el propio manicomio.
Correr en la propia inmovilidad, aunque el pantano interior se extienda, fagocite las células, y deteriore los tejidos, que germinan los gusanos a punto de estallar.
Correr. Dejar atrás la mentira y vomitar la verdad, aunque los labios se tiñan de sangre y de palabras; los oídos se desmiembren ante el ataque de aquello que no se quiere escuchar, y los ojos ciegos se abran para aprender a observar.
Correr, para que no haya más nostalgia, para atravesar el hueco de la angustia, besar los labios de la locura y poder volver del más allá.
Correr. Perder peso, perder piel, músculos y hasta los huesos. Correr para secarse las lágrimas, la saliva, el semen y el recuerdo. Correr, perder todas las palabras que moldearon, dividirse más y más, hasta dejar desnudo al deseo y lanzarse a las redes del lenguaje, que sujete.

Correr, para hacer más tolerable la angustia de la falta constante, del vacío de sentir tanto vacío…

domingo 25 de noviembre de 2007

LA CAÍDA



Cheers darlin'

Here's to you and your lover boy
Cheers darlin'
I got years to wait around for you
Cheers darlin'
I've got your wedding bells in my ear
Cheers darlin'
You give me three cigarettes to smoke my tears away

Abrir la puerta. Ver cómo lo besas. Saborear tu lengua que ahora tapiza sus labios con flores. Saborear tu saliva, ver cómo se derrama tu jugo en la boca de él, que te merece más que la mía.

And I die when you mention his name
And I lied, I should have kissed you
When we were running the reins

Abrir la puerta. Quedar desnudo ante sus ojos. Mostrarles mis cicatrices y escucharte cantar en oídos que no son los míos. Derretirme entre acordes, entre melodías, entre pentagramas, entre silencios, entre gemidos, entre caricias sonoras que me sobrevuelan como cuervos.

What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
Or your biggest mistake?

Sujetarme de la pared para no caer ante el nuevo golpe. Saber que ya está, que ya pasó, que se perdió, que se murió y que tal vez por eso regresa, como fantasma, para recordarme que estoy vivo aunque no lo crea.

Cheers darlin'
Here's to you and your lover man
Cheers darlin'
I just hang around and eat from a can
Cheers darlin'
I got a ribbon of green on my guitar
Cheers darlin’

Ver aunque no quiera. Que sí, que te digo que es así, que es mentira que el que no quiere ver queda ciego. Que a veces los ojos se abren tan grandes que lastiman todo el cuerpo. Que a veces las imágenes son tatuajes en los ojos que se desangran ante sus dioses.

I got a beauty queen
To sit not very far from me

Saber que mientras estoy aquí, él está allí, en el mismo lugar en dónde yo no estuve. Saber, saber, saber, saber, maldito ideal moderno que me enraíza a los infiernos. Saber que no pasé ese marco, que no caminé tras esta puerta, que no dejé lo que traía para darte. Saber que él es dueño de ese lugar, del que yo ni si quiera conservo recuerdos.

I die when he comes around
To take you home
I'm too shy
I should have kissed you when we were alone

Escuchar, aturdirme, desangrarme, romperme, quebrarme, odiarme. Escucharlo decirte lo que yo no te dije. Escucharme en silencio, mientras me caigo, me hundo, me entierro y vos no estás ni si quiera para dar el último adiós a éste, tu nuevo muerto.

What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
Or your biggest mistake?

Y la puerta se cierra. La tristeza queda de mi lado y la dicha del de ustedes. Soy yo el que queda solo y en ruinas tras el muro levantado. Sos vos quién está del otro lado, de pie tras la puerta que cerraste para mí y que abriste para él.

Oh what am I? What am I darlin'?
I got years to wait...

Letra intercalada: Cheers darlin' de Damien Rice

jueves 27 de septiembre de 2007

ESPEJO ROTO


Imagen: "Fear of Isolation" by Rene Asmussen

Soy la mosca que aletea atraida por el hedor de las heces; el insecto maldito que insiste en acercarse mientras todos se empeñan en que se aleje. Soy su ruido insoportable en el oído, la mente que aturde cuando uno implora que se calle.
Soy las palabras no dichas, el vacío del presente, el futuro abortado, el pasado que no puede ser asesinado.
Soy el ideal insatisfecho, ése que exige más cuanto más le das y que nunca se cansa de pedir, el que castiga con la culpa insólita que deja cadáveres en los roperos.
Soy el deseo que no sale de la mente, el que no llega a los brazos, a las piernas, a la lengua, ni a la boca. Soy el que desea lo que no hace y el que hace lo que no desea. Soy el dique limitado por represas.

Soy el semen que se derrama innecesariamente en el látex. Esa viscocidad blanca convocada por tus labios un segundo antes y rechazada por tus manos un minuto después.

Soy la ebriedad de tu disurso, el deslizamiento del alcohol entre tus neuronas, el instante previo a la caída, el ácido quemando el esófago del vómito etílico. Soy el mareo confuso, la alegría estéril, el momento del después, la caída del silencio y la llegada de la luna.

Soy todo lo que no quisiera ser y nada de lo que quisiera dejar de ser.
Soy todos los males de la tierra. Soy todo de lo que huyes, pero nada de lo que escapas. Soy lo que nunca debería haber sido, pero lo que ya fui demasiadas veces como para seguir no siéndolo.
Soy todo lo peor, cuando quedo librado al abandono. Seré todo lo mejor, cuando tenga la oportunidad de serlo, pero siempre estaré incompleto y nada aliviará la herida de no estarlo.

Soy el lago en el que te miras, el mismo que secuestró a Narciso para ahogarlo en su belleza. Soy el espejo fragmentado, el que nunca recuperará todos sus pedazos.
Soy el reflejo roto, los siete años de desgracias, todas las plagas de Egipto, todas las iras de los dioses, todos los dioses de los muertos, todos los muertos del tiempo, todo el tiempo de los silencios, todos los silencios de los sumisos, que confluyen en mi cuerpo estallando en un grito lírico que fragmenta el tiempo.

martes 11 de septiembre de 2007

MÁS ALLÁ



Imagen: "Not good" by Igor Amelkovich

-Quiero sentirte hasta que me duela.
-Quiero desgarrar mi piel en tus colmillos.

-Quiero arrancarte la piel con la mirada.
-Quiero desnudarte con mis palabras.

-Quiero llenarte los labios de mi sangre.

-Quiero envenenarte con la saliva que bañará tus pechos suaves.

-Quiero perder la conciencia.
-Quiero desangrarme con tu roce.

-Quiero penetrar tu boca con mi lengua.
-Quiero erotizarte hasta extasiarte.

-Quiero agitar mi respiración hasta ahogarme.
-Quiero estallar entre tus manos.

-Quiero que explotes en mil orgasmos.
-Quiero incendiarte hasta ser cenizas.

-Quiero derretirme bajo tu lengua.

-Quiero beber de la flor entre tus piernas.


-Quiero tenerte hasta matarme.-

Música: "Makes me wanna die" by Tricky

miércoles 22 de agosto de 2007

EL MAR


Imagen: "El seductor" de René Magritte

Azul oscuro, tan sombrío que la luna se vuelve un punto pequeño en medio de un celeste muerto, esbozado entre campos marchitos de algodón.

Todo está oscuro, tanto que el silencio se convierte en espinas que acarician mis ojos. Los espejos del alma son tumbas vacías en mi rostro. La noche va llegando, para recordarme que estoy solo, como si en algún segundo me hubiese atrevido a olvidarlo.

Sal en los labios, de esa que saborea las heridas, que las hace suyas electrificando cada uno de los nervios hasta volverlos tortuosos. Sal de las que se apropian de los cuerpos hasta volverlos estatuas.

El agua tan fría como la ausencia, tan envolvente como la soledad, tan cruel como el silencio. El agua, eterna como el tiempo; y el corazón congelándose en silencios.

Y yo, yo tan solo, tan débil, tan cansado, y tan perdido en medio de este inmenso mar.
Es de noche. No hay luna o, si la había ya se escapó. Hace frío. No sé nadar, y estoy sumergido en el abismo de la nada. Siento el agua rompiendo los poros, incendiando la carne y asfixiando el cuerpo, que ya está muerto. Y no hay nadie cerca para ver como intento flotar. No hay manos que se vuelvan alas, no hay palabras que se vuelvan aliento, no hay miradas que lo digan todo, ni labios que miren mi piel y que la vuelvan viento con un roce.

Estoy en el medio del mar, en el medio de la nada, sin punto de apoyo, ni nada, ni nadie de quién sujetarme. No hay escapatorias. Ni si quiera hay suicidio. No hay nada, sólo dos opciones: nadar creyendo en el azar o entregarse a los profundidades de ese ser acuoso, capaz de llevarse todo y a todos.

Un barco se acerca. Las luces exorcizan la oscuridad del agua y de la noche. Ahora pareciera que seguir nadando, vale la pena. El esfuerzo traerá sus frutos, sí, aunque no crezcan en el mar.

El barco es hermoso, es grande, es la promesa de vida. Pero..., ¿quién está allí?, ¿por qué vienen aquí?, ¿qué quieren de mí?, ¿se puede creer?; es que ¿acaso todavía existe la confianza?

Una mano gentil se estira hacia mi cuerpo que flota. No puedo sujetarla. El miedo me ahoga más que el agua, y la indecisión va pudriendo las células de mi piel. La mano sigue extendida, y yo sigo sin poder moverme del mismo maldito lugar. La mano aguarda unos instantes, comprende que no me moveré de aquel lugar, y el barco arranca para empezar a alejarse.

Y yo veo la noche, y veo como el barco se lleva las luces; y la oscuridad lastima más que la sal; y la sal ciega más que el silencio; y el silencio ahoga más que el agua; y el agua habla más que mi cuerpo. Y el barco se me va, y el cielo se me estrella entre los hombros.
Empiezo a agitar las aguas con mis brazos. Mis piernas se extienden sobre la superficie del mar. Pataleo, con la desesperación del deseo, y avanzo contra las olas. Y no respiro, pero sigo. Y el agua me desgarra la piel, como el viento arranca las hojas. Y me esfuerzo más, y más, y más, pero el barco ya se ha ido y no sé si alguno más vendrá.

La oscuridad ya no es la noche, por que el cuerpo ya no siente nada más que su peso que lo hunde en la infinidad, cada vez más…

Sebastián despierta, sobresaltado, en medio de la noche invernal. Soñó que moría ahogado, que no pudo ser rescatado y que todo lo que se proponía alcanzar se le escapaba como agua entre las manos. Había soñado que moría, y ahora, ya despierto, recordaba que sólo había sido un sueño, pues vivía inmerso en la pesadilla de seguir viviendo.

Música: "Help me warm this frozen heart" de Piano Magic

miércoles 15 de agosto de 2007

DE CUANDO CERRÓ EL LABERINTO


Imagen: "A materada pier" by Denis Grzetic

Este escrito no es una ficción, sólo algo que quiero expresar y compartir con ustedes, para explicarles, de alguna manera, algo de todo lo que estuvo pasando.
En el texto anterior, me expuse demasiado. El límite entre la ficción y la realidad se había difuminado. Sólo diré que lo único de ficticio de ese relato fue la mención a la Ruleta Rusa. Luego de escribir “La Apuesta”, me sentí muy vacío. Sentí que había dado todo y me frustraba el no poder seguir dando más de estas palabras.
Estuve muy triste. Como siempre, todo se complicó más con mis continuas confusiones, idas y venidas. Necesitaba llorar la nueva pérdida, que se suma a una larga cadena iniciada en Noviembre del año pasado. No tuve ganas de seguir escribiendo, y la inspiración, que más que musa es un demonio, escapó lejos de mí. Todavía me cuesta mucho escribir, sobre todo en el estilo que caracteriza este blog, puesto que seguí haciéndolo en aquel que comparto con amigos. Hoy tengo ganas de volver al laberinto, deseo hacerlo aunque temo enfrentarme nuevamente a mis demonios. Cada texto escrito es una lucha contra todos ellos. La apuesta me ha cansado, espero que este acto de sinceridad me abra las venas para que lleguen nuevamente a ellas, algo de la energía perdida.
Recuerdo que este blog nació por varias razones. Confieso que siempre me gustó escribir, pero nunca lo había hecho de manera sistemática. Pero, en noviembre de 2005, Miriam me comentó de la existencia de su blog, ese que ya no está, y quedó revoloteando en mi mente la idea de tener uno propio. En ese momento amaba, de una manera totalmente nueva para mí, a alguien que fue muy especial y a quien yo quería impresionar. Y así fue como empecé a escribir mis huellas en este laberinto. Decir que lo hago desde un laberinto es una metáfora de lo que es mi mente y mi vida y, aunque este blog es de ficciones, usé muchos de mis sentimientos y experiencias para darles vida a mis personajes muertos.
Una de las grandes pérdidas que sufrí en estos meses transmutados en siglos, fue la de esa estrella que quise alcanzar desde este espacio. Como Ícaro, volé muy cerca del sol, se derritieron mis alas y caí rendido y recluido nuevamente a este laberinto. Seguí aleteando en el piso y encontré en otra persona algo del amor que me infundió de su aliento para seguir escribiendo este año. Pero ya ven, volví a perder y esta vez no pude, o no quise, o no supe seguir.
Repito: estuve triste y cansado de vivir. O tal vez ese cansancio no sea de la vida, por que siempre traté de defenderla, pero sí es de mi vida, que a veces me resulta intolerable. Dije “es” y no “fue” porque todavía no hice cambios drásticos en ella para hacerla soportable. No lo hago por que soy demasiado cobarde y por que me siento débil y vulnerable.
En medio de ese caos de tristeza, cansancio y confusión, me encontraba con mi blog y me enfrentaba a su vacío que es el mío y me lastimaba más. Entrar al de ustedes y verlos desplegar su talento y sentir que todo lo que yo pudiera decir era ridículo, también me incomodaba. Y así transcurrieron los días, con esa apuesta que seguía sin poder ser remplazada por otro texto. Y veía que se acumulaban sus palabras, sus pasos en el laberinto y que yo no podía decir nada.
También me cansé del “sistema” o de la “lógica” de los blogs, esto del intercambio de links y comentarios, de la obligación tácita que se genera de comentarle a alguien que te comenta. Sé que muchos de ustedes no actúan de esta manera, pero hay personas que sí lo hacen. Ahora quiero que me escriba el que quiera y cuando quiera, y que lo haga sin esperar nada de mí. Sólo comentaré a quien quiera, cuando pueda y cuando quiera sin esperar nada de ustedes.
Como verán, me pasaron muchas cosas y pensé mucho en este tiempo. Todo esto se fue acumulando hasta que hice algo de lo que no sé si se enteraron. Una de estas noches discutí con alguien que quiero mucho y, en medio de esa discusión, con todo lo acumulado previamente, mas la irracionalidad del momento, decidí suprimir este blog.
Afortunadamente, minutos después, dicha discusión terminó y pude arreglar lo que tenía que arreglar. En ese momento empecé a arrepentirme de lo que había hecho. Fue triste escribir la dirección de este espacio y comprobar que ya no estaba. El laberinto se había cerrado y yo sentía el dolor de una nueva pérdida.
Hablando con mis amigos Lady y Lolo, me percaté del error cometido. Supe que el laberinto es algo que está en mí y yo estoy en él, y que eso no cambiaba con cerrar este blog. Ojalá fuera tan fácil como eso.
Al día siguiente, volví a enfrentarme con mi error al escribir nuevamente la dirección. Nuevamente hablé con mis amigos y les conté de mi arrepentimiento, aunque ellos ya lo sabían. Así fue como Lolo tuvo la idea de crear un nuevo mail y tomar el dominio que yo había dejado vacante. Charlando con él y contándole lo arrepentido que estaba me dio una muy linda sorpresa al decirme que entrara nuevamente. Así lo hice y descubrí que había una nueva plantilla con un post que decía que el laberinto estaba en construcción. Luego, cambió nuevamente la plantilla, buscó imágenes de laberintos, y diseñó este nuevo espacio que ustedes están viendo. Cuando terminó todo, me dio el nombre de usuario y la contraseña para que empezara a subir nuevamente todos los textos que estaban en este espacio. Finalmente, pude transferir todo el trabajo hecho por Lolo a mi cuenta habitual.
Cuento todo esto por que quiero agradecerle a él y a lady todo lo que hicieron, todas sus palabras, su comprensión, su apoyo y su cariño. Quiero decirles que estoy nuevamente acá gracias a ellos. Y quiero compartir con todos ustedes la alegría que me da de tenerlos como amigos. A ellos quiero decirles que los quiero mucho y también agradecerle a Lolo lo que hizo, por que este nuevo laberinto, que tiene muchas más luces que el anterior, es obra de él. Ahora sólo me resta empezar a dejar mis huellas en este espacio. Espero encontrar las palabras que me permitan volver a ser su dueño.
Quiero pedirles disculpas a todos los que dejaron sus comentarios a lo largo de este año y medio. Al borrar el blog perdí todos sus pasos en este laberinto, y de eso es lo que más me arrepiento por que sé del cariño que había en cada uno de ellos. He deshabilitado la opción de comentar los textos anteriores por que ustedes ya lo hicieron y no quiero que se sientan mal al ver el vacío dejado por culpa de mi irracionalidad e impulsividad.
Estoy empezando a volver a ser dueño del laberinto. Ténganme paciencia, yo sigo yendo y viniendo, alguna vez terminaré de volver. Este acto de sinceridad, es sólo un paso.

domingo 22 de julio de 2007

LA APUESTA


Soy pobre. He apostado demasiado. La ruleta, perversa, siempre gira en mi garganta hecha pedazos; deja caer la bola, de nudos y de sangre, en ese lugar que jamás hubiera imaginado. Tantas veces he perdido, que ya no sé lo que es ganar, pero siempre fui un estúpido, siempre volví a apostar. Creer es un acto sublime de imbecilidad, y yo creí en mí y creí en vos, y eso me convirtió en el mayor de los idiotas.
Apareciste un día de verano. Trajiste tu mirada, proyectada como un sol, desde esos grandes ojos de miel. Me diste tus lágrimas, tus labios y esas sonrisas, tu lengua y esos besos, tu cuello y esos sabores, tus piernas largas y sus abrazos, tus bucles suaves en mis manos, tu espalda de algodón bajo mis labios y cada célula de tu cuerpo explotando las del mío.
Me diste aquello que desconocía, eso que luego redujiste a la mera compañía. Me hiciste sentir importante, yo lo necesitaba y vos lo sabías. Me trajiste las palabras que yo deseaba escuchar, y me acariciaste de mejor manera, de lo que mi piel pudiera imaginar. Me besaste, como nadie lo había hecho, con esa mezcla de ternura y de pasión que, en vos, encontraban equilibrio. Así fue como te recubriste de oro ante mis ojos. Fuiste la mayor de las fortunas que quise conquistar, fuiste la mayor de las derrotas que tengo que pagar. Por vos volví a apostar, por vos volví a perder, por mí tendré que dejar de soñar.
Aposté mi cuerpo, para que lo usaras a tu antojo. Ya no es mío, por que no puedo ser dueño de sus actos. Pero no me di cuenta que ni si quiera este resabio de piel y huesos te podían entibiar. Vengo a este juego con mi sombra que se arrastra herida en su orgullo. Te traigo como monedas, mis ojos con sus lágrimas secas pero siempre dispuestas a estallar. Ofrezco mis labios desgarrados, descarnados, lastimados, esos que dicen lo que no quiero y que callan lo que deseo; esos que te dijeron “te quiero”, y que no pudiste escuchar. Te doy mis cabellos, podés usarlos como lazos para ahorcarme; pero desearía que los arranques, uno a uno, y que silencies con ese dolor, éste que grita desde mi alma disecada. También apuesto mis manos, las mismas que incendiaban tu piel al tocarte y que hoy sólo parecen apagarte. Te las doy, por que lloro cuando las veo buscar en el vacío los vestigios de tu cuerpo. Me apuesto en cuerpo y hasta en el alma vendida al diablo, sólo por volver a tenerte, por que valías más que mi cuerpo lastimado, más que mis palabras vomitadas, más que mi mente enmarañada.
Me ofrezco en esta apuesta que te tiene como premio. Tomás lo que te doy, bebes mi sangre y mi saliva, y los restos de la savia perdida. Pero he perdido el gusto para tu lengua, mi piel te parece vacía y ya no encontrás en ella nada de tu placer. Me mirás. Yo también te miro. Sé que ya no me ves aunque me esfuerce en mirarte. Es que tus ojos me atraviesan y aletean como cuervos en un cielo oscuro. Recuerdo que te detenías en mis ojos, que eran tu espejo; en mi boca, que era tu elixir, en mi rostro que era tu refugio en las tormentas. Ahora sólo queda mirar el techo, que parece más atractivo que mis manos sembrando flores por tu cuerpo.
Pero es que volví a apostar y es que volví a perder. Es que cada vez estoy más pobre y más vacío y ya nada me queda para dar. Te perdí y me perdí. Y ya no nos volveremos a encontrar. Me enojo contra el destino, el azar o todos los nombres que se le quieran dar. Desearía saber por qué siempre se trata de perder, por que me está vedado el ganar. Pero la vida es una cadena enroscada en mi cuello, en mis tobillos, en mis muñecas y hasta en mi lengua. La vida es una cadena de pérdidas sucesivas que nos sujetan y que nos impide volar.
Este fue el último juego, esta fue la última apuesta por que no tengo nada que ganar. La ruleta gira nuevamente. El azar, una vez más interviene, pero esta vez ya no gira una bola blanca, sólo se marea una bala dorada. ¿Jugaste a la ruleta rusa?, yo sí; ésta es mi última apuesta, sólo me queda disparar.

Se agradece la musicalización a Lolo, quien gentilmente sugirió la melodía y la subió a Imeem



martes 10 de julio de 2007

LA ESPERA


Imagen: Ura (2) by Denis Grzetic

La espera tiene el sabor de la felicidad del suicida que no muere, de la sonrisa soleada y vacía de los ricos, del deseo de esclavitud irónico del oprimido. Es que la espera es lo imposible, es ver cómo se muere el tiempo y como uno se va ahogando en los silencios. Es que esperar es morir, por que sólo por ella aguardamos, aquellos que caminamos perdidos y sin rumbo, por este infierno al que llamamos vida.

I am lost
So I am cruel
But I'd be love and sweetness
If I had you

La espera es el fantasma adueñándose del cuerpo, ese espíritu responsable de que mis ojos se paseen impacientes sobre el techo que cruje con el frío. Esperar es sentir el aturdimiento del silencio, capaz de hacer explotar y desangrar los oídos que no escuchan más que el paso del tiempo. La espera es ver cómo se deshojan mis manos, cuando se quedan vacías, sin el tacto. Es ése fantasma que marchita mi lengua de a poco, y que la hace gritar doliente en la tumba de mis labios.

I'm waiting
I'm waiting for you
I'm waiting
I'm waiting for you

El cielo se oscurece bajo el recuerdo. El mundo vomita dolor en cada uno de sus recovecos. El laberinto se cierra, se vuelve más pequeño, las paredes me aplastan los ojos, el gusto y el tacto. Es que cuando espero veo pasar ese ejército de sesenta y más hormigas, que marchan sigilosas sobre mi vientre y sus gusanos. Miro el reloj y el calendario, y puedo sentir la garganta que se fragmenta con cada uno de sus pasos. Esperar es transformar saliva en telarañas, en donde siempre queda atrapada mi esperanza.

I am weak
But I am strong
I can use my tears to
Bring you home

Sobre la espina dorsal se desbordan ríos de lava y agujerean mi piel, con cada lágrima derramada. Esperar es sentir la ira crecer desde los pies hasta el orgullo, es la tristeza por la inocencia suicida; es darse cuenta que ya todo está perdido por que siempre que se espera, se desea lo imposible. Y es que lo imposible sos vos, soy yo, somos todos cuando deseamos.

I'm waiting
I'm waiting
I'm waiting for you.

Letra intercalada: "Milk" de Garbage


domingo 1 de julio de 2007

SILENCIOS


Imagen: "Cavalier" de Dariusz Klimczak

Marcos se relamía en la tumba que, con sus uñas, desgarraba de la tierra. Buscaba con sus manos, entre el estiércol ajeno, el rumbo de su propio deseo. Pero el agua se le escapaba por los dedos, y su vida fluía por cauces que le resultaban extraños, lejanos, como el mundo. Todo en su vida se trataba de un gran desencuentro y nada parecía cambiar, todo siempre se repetía. Y una vez más sucedería...
Él sentía que su vida ya estaba signada, que todo se le escapaba… todo, menos Luciana. Ella era un cuerpo sujetado con lágrimas que, como alfileres, fijaban los recuerdos y lastimaban la carne. Luciana era la certeza de la presencia constante; ella estaría con él, aunque la escupiera o la besara; con lo que él no podía ver de sí, la tenía sujetada. Ella leía en sus palabras, en sus miradas, en sus caricias, en sus abrazos, en sus sonrisas, lo que necesitaba.
Esa tarde, Luciana le ofrendó sus palabras. Quiso llenar de luz sus oídos diciéndole, por primera vez, que lo amaba. Pero él la había mirado como lo hacía siempre, sin prestarle demasiada atención, y le preguntó si le había gustado el cuadro que le había regalado. Ella lo miró como una gacela cazada, antes de morir: herida y con la bronca que no afloraba de sus pútridos labios. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero el orgullo las retenía. La ira estallaba en la garganta que se despedazaba bajo el sismo del silencio. Los castillos de arena que ella construía, eran arrastrados por el mar de la indiferencia. Ella se desnudaba, se entregaba, se sacrificaba, se exponía y él no podía escucharla. Marcos estaba demasiado ocupado en encontrarse, en revelarse, en gritar y en romper sus propias redes de silencios. Marcos vivía en su propia torre, y se incendiaba en su propio infierno.
Pero, esa tarde, ella había querido ser su fantasma, traspasar sus muros, llegar a él, abrazarlo hasta deshacerse entre sus brazos, besarlo hasta que crecieran cerezas en sus labios. Había roto sus uñas tratando de abrir un túnel en las paredes de tristeza que lo escondían. Pero él se defendía de todo, hasta de lo que pudiera salvarlo. Es que Marcos sólo creía en una salida, y ella le abría la puerta contraria. Luciana se desesperaba por saber cómo se resucitaban los muertos, cuando se rehúsan a seguir viviendo, pero las respuestas se escapaban con el tiempo. Había creído que su amor podría infundirle sangre por las venas, pero sentía que él sólo tenía semen para ella.
Marcos la vio salir agonizante. Vio como dejaba vacía esa, su casa; la misma que ella tantas veces había llenado con música. Recordó el instante en el que la conoció, cuando estaba sentada sola, leyendo ese libro, que casualmente, era su preferido, en ese viejo bar de nostalgias. Sintió nuevamente la sonrisa de ella, su perfume, su mirada y el cuello que él tantas veces había explorado. Volvió a pensar. La escuchó nuevamente diciéndole que lo amaba. La vio nuevamente indefensa, herida cuando él la alejaba con su indiferencia. Se arrepintió de su silencio. Él también la amaba, pero tenía demasiado pasado encadenado a sus pocos años. Había creído que no era el momento indicado, que él necesitaba encontrarse, que él necesitaba escuchar su propia voz en los labios, que necesitaba encontrar su deseo entre la paja ajena. Pero ahora Marcos sentía cuánto necesitaba lo que ella le daba. Ella lo podría cuidar, ella lo podría curar, ella lo podría salvar. Pero él había sido demasiado cobarde, él no había querido arriesgarse. Él había tenido miedo a ganar por que era lo mismo que perder.
Luciana se fue, llevándose consigo su cuerpo vacío de palabras que, hubiese deseado, la abrigaran de los fríos que crujían la sangre y sus silencios. Y es que, ¿cómo no irse, si allí no encontraba lo que buscaba? Luego, mientras caminaba, alejándose, pensaba que nunca se encontraba lo deseado y, que tal vez, debería volver. Sabía que él la llamaba, aunque hiciera lo imposible por alejarla. Sabía que la cuidaba, aunque la lastimara. Decidió volver. Y su cuerpo hizo carne la orden, y empezó a correr pese a que hiciera frío y el viento lastimara. Y las carpetas, con los expedientes, se le iban cayendo mientras se apresuraba en llegar. Y el orgullo se arrastraba como una sombra que no podía nunca alcanzarla. Ya nada le importaba, ni la oficina, ni los jefes, ni los compañeros, ni las causas, ni los casos; ella sólo quería volver.
Marcos estaba pensando en ella, no podía dejar de hacerlo. Quería llamarla, pedirle perdón, decirle que él también la amaba, pero que tenía miedo, decirle que se arriesgaría, que intentaría la epopeya, que derribaría sus propios muros hasta alcanzarla.
Habían pasado dos horas. Él todavía seguía dudando. El teléfono sonó sin que él lo esperara, por que nunca se espera lo que nos cambia la vida. Escuchó a Ana, la mejor amiga de Luciana, mientras lloraba. Le contó que encontraron a Luciana a dos cuadras del departamento. Un auto la había atropellado. El conductor había escapado. Luciana había muerto sola y sin palabras; y parecía que la vida se trataba de eso, de perder constantemente lo amado cuando se estaba cerca de alcanzarlo.
Un año después de aquel trágico día, Marcos estaba frente a la tumba de Luciana diciéndole en silencio, lo que había callado. Los cielos oscurecían. El mismo viento fuerte lo asfixiaba. La soledad se hacía presente en el descampado del cementerio. Sólo se escuchaban los silencios de los muertos. No había por paisaje mas que las tumbas del vacío. Y el alma era ese dolor triste y seco. Todo remitía a la ausencia. Todo lo envolvía. Todo lo aplastaba. Todo lo extenuaba. Era la primera vez que se atrevía a ir al cementerio, a donde sabía, no estaban los muertos. Es que Marcos la tenía en la piel, la tenía en su departamento, en su música, en los libros, en el bar, él la tenía en su propia tumba que no coincidía con la de aquel campo inmenso de silencios. Marcos se preguntaba qué hubiera pasado, si él se hubiese animado, si él no hubiera callado. Pero ya estaba todo perdido. La había dejado ir, sin saber que ese sería un eterno partir. Y ahora él estaba pensando en ese último desencuentro, mientras una hoja de otoño se desprendía de un viejo árbol y se llevaba una lágrima ensangrentada, que se perdía en esa boca con gusto a silencios.

sábado 16 de junio de 2007

ELLOS Y EL ENCUENTRO (Segunda Parte)


Imagen: Couple de Emil Shildt

La seducción era la mayor de las artes en las que ella se destacaba. Su mirada aleteaba sobre la piel de él, se colaba entre sus prendas y lo acariciaba más allá de lo visible. Él sabía que sólo tenía que lamer sus oídos con palabras robadas, para tenerla. Ella sabía que con sus gestos e insinuaciones le arrancaría los ojos para frotárselos y derretirlos en cada surco de su piel. El juego de la seducción era un combustible más para el fuego que empezaba a apropiarse de sus cuerpos, irradiando desde los ojos, oídos, labios y sexos. La cena era una mera formalidad, ambos sabían, antes de encontrarse, que terminarían enredados en la cama. Pero los rituales, la postergación, el juego previo eran necesarios para volver más ardiente el encuentro. Había que dejar insatisfecho el deseo para que se volviera tan apremiante que, cuando fuera saciado, el placer les hiciera estallar la piel, los huesos, recuerdos y silencios.
Ella no se molestó demasiado por la edad de él. Las palabras que brotaban de sus labios, se embebían de sensualidad, y sabían jugar entre sus deseos, transfigurados en la carne de su cuerpo. A ella, lo que él le daba, le bastaba para engañarse. Sabía que él no era su verdadero Él, pero esa noche, ya nada le importaba.
Las prendas fueron cayendo. El deseo flotaba en el aire, demasiado liviano. La tensión sexual crecía al ritmo de la excitación. Las pieles desprendían olores imperceptibles que estimulaban sus olfatos, como si fueran cazadores cazando y, a punto de ser cazados. El contacto era impostergable. Las manos penetraban en la piel, la desgarraban sin piedad. El aliento era un gas espeso y asfixiante que jugaba a saltar de boca en boca. Las lenguas se disputaban los espacios. Los labios se aplastaban. Los sexos se tensaban, se humedecían, resplandecían, se tocaban. Los ojos se cerraban. Las palabras se acababan. El bebía de sus pechos. Ella bebía sus recuerdos. La lengua de ella en los oídos de él decían más que las palabras. Los cuerpos eran una masa uniforme, sin principio ni final. Los cabellos se alborotaban y volaban. Él se aventuraba en su interior, y ella lo sentía latir, con fuerza, en lo más profundo de su ser. Las bocas se mordían, las uñas se clavaban, los dientes eran garras. La saliva era el abrigo que los protegía del frío. Ella aleteaba, como un ave dispuesta a volar, encima de él. Él, sujetaba sus caderas, las atraía hacia su cuerpo, pero la impulsaba hacia los cielos y la alejaba del infierno. Ahora ella mordía sus dedos, y él, con su lengua, delineaba círculos de fuego en su espalda. Los cuerpos se deshacían como hojas secas. Ella explotaba por cada uno de sus puntos erógenos. Él los alimentaba con la potencia de su deseo. Aquello que al principio habían sido besos suaves, tímidos y culposos, se habían transformado en mordidas de animales, en sexo entre las lenguas, en pasión en las gargantas, en inconsciencia entre las piernas. El ritmo suave de los movimientos, se aceleraba al ritmo que se avivaba todo el fuego. Las contorsiones orgásmicas, los hacían lucir como dos endemoniados y sólo minutos después, caerían exorcizados. Los gemidos habían volado libres. Esa noche, el deseo había hecho erupción; esa noche, los cuerpos se habían liberado, y los lazos cercenados. Es que esa noche, sus cuerpos se habían encontrado.
Rendidos en la cama, llorando por la emoción de recobrar lo que sus cuerpos habían perdido, ella le contó de su enfermedad terminal. Él, en silencio, la escuchó, besó sus lágrimas, y luego le contó de su depresión inmortal. Es que esa noche, hasta las almas se habían encontrado.
Las confesiones los habían desnudado más que el sexo. Esa noche, decidieron compartir en silencio los abrazos, como si fueran testigos de una misma gran desgracia, que los unía más allá de todo y de todos. Pero la verdad había caído por su peso; esa noche, los cuerpos se abrieron en exceso. Y, mientras el semen, con el que él había regado las paredes dormidas de ella, se encontraba con un óvulo fértil; durmieron juntos, sabiéndose satisfechos y calmados.
Un año y medio más tarde, él tenía entre sus brazos a su hija. Vio en la pequeña, la misma sonrisa que meses atrás había visto en el rostro de ella, cuando tuvo la niña entre los brazos. Él recordaba que esa fue una de las últimas veces que la vio sonreír. Y ahora, la hija fruto del encuentro, le regalaba a su padre el espejo de la sonrisa de su madre ausente. Ella había muerto. Pero antes de la condena del destino, su útero se había inundado de flores, mientras su cuerpo se llenaba de gusanos.
Y ahora, él estaba pensando cómo la vida cambiaba todo en un segundo. A veces se necesita sólo un encuentro para hacer hablar al silencio; para alcanzar lo nunca antes soñado, para encontrar frutos en el desierto, y tener alguien por quién seguir viviendo.

domingo 10 de junio de 2007

ELLOS Y EL ENCUENTRO (Primera Parte)



Imagen: "Hombre y Mujer" de Marián Angulo

Los perros ladran en las noches, para espantar los fantasmas. Pero hay algunos que se vuelven carne y que, ni toda el agua bendita del mundo sería capaz de exorcizarlos. Y si de fantasmas se trata, no hay nada peor que aquellos que se hacen llamar recuerdos. Esos se impregnan en los sentidos, te comen los ojos, se cuelan en tu nariz, te murmuran en los oídos, te dejan su gusto en la lengua, te queman la piel, te quitan el equilibrio.
La noche empetrolaba los cielos que, sin vida, se desangraban. El frío y la llovizna leve no podían detener el paso del tiempo. Con tantos infiernos terrenales, ni los muertos se animaban a dejar sus tumbas y silencios. Los gusanos se congelaban en las carnes putrefactas, y las células también.
Él, un joven de 24 años, recién recibido de Licenciado en Sociología. Él, ser que deambulaba entre la institución mental, y su hogar, de entes en silencio. Él se debatía entre la depresión diagnosticada por un psiquiatra a sus 19 años, y su intento por vivir, cuando creía que, tal vez, hacerlo no sería doloroso.
El mundo no estaba hecho para él. Todos y todo lo aburrían. Detestaba rodearse de personas, por que creía a todos extremadamente superficiales. Odiaba el mundo y se odiaba a él por no tener el valor de cambiar aquello que le molestaba.
Internet le había dado una esperanza. Esconderse tras un teclado, tras un monitor, en la comodidad de su hogar, le otorgaba más de un beneficio. Internet era su escudo, una red de palabras vacías que creía manejar a su antojo. Era un espacio sin lugar, para encontrar personas que pudieran sentir como él.
Así había llegado ella a su vida. Los chats se hicieron cada vez más frecuentes. Las horas frente a la computadora pasaban más rápido que la felicidad. En ese, su mundo virtual, algo podía cambiar.
Desde que la conoció, supo que ella tenía algo especial. Al mes, las pastillas recetadas por el psiquiatra habían sido relevadas de su función. Ella le quitaba las penas. Ella le permitía hablar sobre lo no hablado; ella cubriría sus faltas; ella lamería sus heridas, hasta cerrarlas.
Ella cumplía 37 años el trece de Junio. En ese frío extremo, la casa le quedaba grande y ella se sentía más sola que de costumbre. Los fantasmagóricos recuerdos la estrangulaban por las noches, circulaban como vidrios por sus venas, desbordaban sus ojos, la penetraban hasta hacerla estallar en gemidos cabalgados por la angustia.
A su esposo lo había echado de allí hacía más de un año, cuando todo había empezado. Todavía lo amaba, pero él era demasiado estúpido como para darse cuenta. Hijos no habían tenido, hasta ese momento; ella no había podido cultivar frutos en su vientre. Su esposo había dicho que no importaba, y esa había sido la primera de las mentiras. Luego, ella le había dicho que ya no lo amaba, para que él se alejara y no sufriera a su lado. La soledad había sido su elección, como ofrenda a los dioses, a cambio de salvar a su esposo del dolor que sentiría si se quedara con ella.
Ahora, ella arrojaba el humo del cigarrillo que fumaba, con la sensualidad con que lo haría la más diva de Hollywood. Las cenizas caían de su mano sobre el escritorio. Las lágrimas se abalanzaban sobre el teclado, como lo hacían las gotas de lluvia en un verano que parecía muy lejano. Los recuerdos se le escapaban de las venas y la hacían sangrar. Todo terminaría pronto, lo sabía, la ciencia no estaba de su lado. Mientras tanto, veía como se deslizaban en la pantalla de su computadora, las letras que él escribía.
Ellos se habían conocido por Internet hacía cinco meses. Él, que no tenía más ocupación que la de la lectura, la había cautivado con sus palabras, sus ocurrencias, sus juegos y sus redes. Ella, lo había capturado con su misterio. La seducción siempre empezaba a través de una pregunta, y él tenía todas por que ella no regalaba ninguna de sus respuestas. Él había mentido con su edad, había dicho que tenía 27 años y usaba fotografías de su hermano mayor, al que más se parecía. Ella había elegido creerle. Ya no tenía nada que temer, todo ya estaba perdido.
Ese día, acordaron la cita para el día siguiente. Ella lo esperaría a las diez de la noche, con su plato preferido y las copas de vino vacías, que él se encargaría de llenar. Él estaba ilusionado. Él estaba feliz. Había empezado a creer. Ella estaba resignada, pero dispuesta a disfrutar con él.

miércoles 6 de junio de 2007

HOMENAJE A DÉBORA (En su Cumpleaños)

Hoy, Miércoles 06 de Junio de 2007, en el Hemisferio Norte, en un día que probablemente contraste con los fríos otoñales que se sienten en estas latitudes, está cumpliendo años Débora Hadaza García Díaz. Débora es la autora de "NOTAS SOBRE UN SOL DE HIELO", una de las joyas que incorporé a mi laberinto. Sólo alguien con un corazón cálido, como el de ella, puede escribir notas tan sensibles sobre ese sol de hielo, compartido por muchos de sus lectores. Desde ya, te agradezco por compartir, con todos los que leemos tu blog, las notas que vibran de tu alma y que se escapan de tus manos para iluminar mis laberintos u oscurecerlos aún más.
Débora nació el 6/6 (de un año que, por caballerosidad, no revelaré), pero no es el Anticristo, aunque a veces debo reconocer que, cuando esta mujer escribe pareciera estar poseída por más de uno de mis demonios. Sólo de esa manera puedo llegar a explicar que conozca tanto del sol de hielo que late en mi laberíntico pecho.

¡Deseo para vos, un muy FELIZ CUMPLEAÑOS!

A través de este pequeño agasajo, quisiera seguir la tradición, por ella pergeñada, y presentarla por aquí a quiénes todavía no la leyeron y, confesar, ante los que la conocen, cuál fue uno de los tantos textos de ella, que me parecieron profundamente admirables. Con ustedes:

NUESTRO HIJO
(por Débora Hadaza García Díaz)

Después del embarazo más corto y riesgoso de la historia, y del parto, más sangriento que una entifada, nos entregaron un bebe pálido, pequeño como un suspiro, y de ojos cerrados como cielo de invierno. Eras tan feliz, ni siquiera las paredes peladas y la heladez de la casa te quitaban la sonrisa de la boca, ni siquiera el silencio del niño, ni tampoco la fuente incesante de sangre en la que yo me había convertido.
Lo alimente, eructó dos veces y dejó de respirar. Tu pasabas horas contemplándolo, yo le temía, me daba horror esa carita de ángel, pálida, casi transparente, cuando lo amamantaba apagaba la luz y me cubría por lo helado de ese cuerpecito que nunca se calentaba. Hasta que un día mi cuerpo cedió al espanto, no pude alimentarlo más, cada vez que me lo acercabas empezaba a temblar y la leche se iba; tu no entendías nada, fuiste comprensivo pero no entendías nada, yo no tenía palabras para explicarte que era horrible lo que me pedías, antinatural, casi diabólico; pero como decírtelo si por fin eras padre, si por fin tenías a tu hijo en brazos, si por fin nuestro amor había dado fruto...
Entonces algo aún más extraño, bizarro, enfermo, amorosamente bizarro y enfermo sucedió. Yo te alimentaba a ti, y tú después lo alimentabas a él. Era un rito deme
ncial, demasiada pasión, demasiada lujuria, extrema gula; el monstruito, que nunca lloraba, que nunca se movía, que nunca abrió los ojos, abría su boca y comía, tomaba la leche que yo te daba a ti; y tu te sentías feliz, el mejor de los padres, el más amoroso de los hombres; cada tres horas, la alucinante escena se repitió, cada día, cada semana hasta cumplir un mes.
Tu no lo veías, pero no sé como no lo veías, su rostro pálido se tornaba cada día más azul, muy azul; su frío cuerpo cada vez era más poroso; yo ya no soportaba más, lo cargabas, le cantabas, lo alimentabas, y el olor a rosas muertas llenaba cada rincón de la casa, una bruma espesa nos impedía ver a un metro de distancia, el terror iba en aumento, ya no era posible vivir así, ni siquiera, por Dios, sabía si estaba viviendo. Lo enfermo de esa situación me taladraba la cabeza; pero sobre todo su llanto, su llanto a boca cerrada, su llanto lejano como si llorara la tierra, las raíces de los árboles, los fundamentos del mundo, me aterraba amor, ya no podía callar más, un mes había pasado, un largo mes de ceder a la locura, ya no podía d
ejarte creer más, ya no debía dejarte creer más. Asi que cuando te acercaste esa noche a beber de mí, te grité: ¡Que no ves que está muerto!
Me miraste con más odio que mil perros juntos, te levantaste como rayo, corriste a la cuna y gracias a Dios el milagro se hizo; cuando tocaste su carita, esa hermosa carita de ángel caído, comenzó a deshacerse como harina entre tus dedos, trataste de cargarlo y todo su cuerpecito se desbarató en gusanos, blancos y suaves, pero gusanos al fin. Yo pensé que ahí terminaba la locura, que lo enterraríamos y lo intentaríamos de nuevo; pero no, tu saliste corriendo, gritando, te seguí, te seguí cuadra tras cuadra, pero la mucha sangre que había perdido no me dejo avanzar, caí en la mitad de la calle, y después de muchos días no supe nada de ti.
Un jueves de alguna tarde te trajeron. Te vi pálido, casi transparente, con
el cuerpo helado como un témpano, me cubrí con la más cálida de todas mis frazadas, apague la luz y te alimente.

Fotografía: "Vanita vanitatum et omnia vanitas" de Emil Schildt

martes 29 de mayo de 2007

DÍA OTOÑAL


El viento frío me arranca de las entrañas esta nueva hoja que se marchita. El paso del tiempo se muestra en ese peso que la hace caer sobre el asfalto tapizado de aguanieve. Las hojas anaranjadas, algunas con tintes verdes y otras devoradas por gusanos, se me acumulan con los años. Y todo, y todos, pesan tanto que impiden mirar el cielo.
Tantos recuerdos putrefactos como las hojas de los árboles en otoño. Tanto frío apropiándose de todo, como tristezas circundantes. Tanto deambular en el viento como reflejo de mis incertidumbres constantes.
Y yo, yo quedo enterrado entre todos mis años. Veo los gusanos impiadosos devorando las hojas de éste árbol. Y el frío y la tristeza, que lo recorrieron todo, se adueñan de mis raíces y congela la savia en mis ojos. Y el viento con sus látigos, abre llagas que arden en mi piel, cansada y sedienta de los frutos que germinaban con los besos perdidos en el tiempo.
No es casualidad que este árbol esté plantado en el sur. No es casualidad que se haya animado a brotar y crecer en medio de los otoños. No es casualidad que se alimente del tiempo, de las nostalgias y los silencios. Desearía creer que todo pasó por algo, desearía creer que tuvo sentido, creer que existe el destino.
Este árbol que pierde por vigésima segunda vez una de sus hojas, sabe de la existencia de los inviernos, pero cree en las primaveras. Y aquella hoja que me arrancó el viento, nacerá de nuevo del abono de los recuerdos.
Sé bien que hay que pasar el invierno y soportar sus gélidos infiernos. Sólo se trata de esperar. Hoy tengo ganas de hacerlo. Hoy seré como Oliveira y escucharé en Heráclito que hay que enterrarse en la mierda hasta el cogote. Hoy esperaré para encontrar lo inesperado, aunque me lo traiga nuevamente el viento cuando se vista de brisa en el verano.

martes 15 de mayo de 2007

ALIENACIÓN


“Uno, dos, Freeddy viene por ti
tres, cuatro, cierra la puerta
cinco, seis, toma el crucifijo
siete, ocho, mantente despierto
nueve, diez, nunca mas dormirás”…

Se sentó sobre aquel lugar al que allí también llamaban cama. Se había sacado toda la ropa. Con el cuerpo desnudo y la mirada perdida, se balanceaba, mientras volvía a cantar esa vieja canción e imaginaba sus próximos pasos…
De vez en cuando recordaba la niñez. A veces pensaba en su familia. Cada tanto, su madre también recordaba su existencia; aunque hubiese deseado poder olvidar. Después de ese último episodio, había podido entender todo, pero ya era tarde.

Anabel y Efraín eran hermanos. Ella era dos años más grande que él. Muchos años después, su madre recordaría que desde el día en que supo de la existencia incipiente de su hermano, ella lo odió tan intensamente como sólo pueden hacerlo los niños. Luego de anunciada la noticia, Anabel empezó a orinarse en la cama.

Como era de esperarse, meses después su padre la llevó al hospital para que conociera a su hermano. Ella hubiese querido regalarlo, pero sus padres le explicaron que su hermano no era una mascota de la cuál podían deshacerse a su antojo. Además, ellos parecían estar muy contentos y el contraste con su bronca se acrecentaba al ritmo de sus celos. Anabel supo tempranamente lo que era odiar.

Los años pasaron, como suelen hacerlo, sólo para empeorar. Los juegos que ella proponía a su hermano nunca satisfacían sus verdaderos planes. Es que hasta los mejores planes suelen fallar.
A Efraín, su hermana lo divertía. Ella ingeniaba las aventuras más exóticas que uno pudiera imaginarse. Sus padres no calificaban de esa manera los juegos ya que, constantemente la reprendían por ser demasiado riesgosos. Él reía a carcajadas cuando salía airoso de los desafíos planteados por su hermana. Ella siempre terminaba terriblemente enojada, y él empezaba a entender por qué.
Una vez se quedaron solos. Ella tenía trece años, él tenía once. Anabel tenía miedo y quería que él también lo tuviera. Ella se temía así misma, por que sabía bien lo que era capaz de hacer. La crueldad crecía en ella sin obstáculos. El dique se desbordaría pronto y arrasaría con todo.

A veces uno desea algo, lo planea detalladamente y no resulta. Otras veces las cosas se dan espontáneamente, sin que uno se las proponga. Esta vez, las casualidades estaban de su lado. Encendió el televisor y vio que pasarían una de las pesadillas de Freddy Krueger. Ya sabía qué era lo que tenía que hacer. Obligó a su hermano a ver la película con ella, imponiendo la condición de no taparse los ojos en las partes más terroríficas. Anabel lo amenazó y lo condenó al silencio. Esa había sido la primera condena, luego vendrían muchas más. Ella le dijo que los secretos entre hermanos morían entre hermanos, pacto de sangre remarcó, y él le creyó. Lo de “sangre” pareció interesarle demasiado.

La noche llegó y, como era previsible, él no podía dormir. Las horas pasaban y en su mente las escenas de la película no paraban de aflorar. Su padre era policía pero, según había visto en la película, contra Freddy ningún padre podría.
Escuchó a su hermana abriendo lentamente la puerta. Vio su figura deslizándose sigilosamente hacia su cama. La escuchó: “uno, dos, freddy viene por ti…”. Ella le cantaba con una voz extraña, que no era de ella pero que no era de nadie. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Efraín. Los labios temblaban y agitaban las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos. Sus oídos le dolían, no soportaba escuchar esa música tétrica que le escupía su hermana. Ella saltó sobre él, le tapó la boca con una mano, mientras la otra apretaba su cuello. Vio en el rostro de su hermana los ojos de una serpiente, escuchó en su risa cruel a las hienas, sintió en sus manos las arañas. Todo era demasiado real, tanto que su hermana parecía poseída, transformada en un ser que no era ella. Anabel no supo que él también jugaba, que él sabía de sus intenciones y eso alimentaba las suyas; ella no sabía que seguirle la corriente era parte de sus planes. Las escenas se sucedieron una tras otra como si se tratara de un cortometraje. Efraín clavó el crucifijo en uno de los ojos de víbora de su hermana. Anabel lanzó un alarido tan fuerte, que lastimó su garganta. El padre corrió a la habitación del hijo intuyendo lo peor, creía que Efraín era atacado. Apenas entró, vio un bulto sobre su hijo, y no dudó. El ruido de la pistola fue un grito en la noche oscura. Había disparado dos veces sobre ese bulto que un segundo después supo que era su hija.
Lo que sucedió después era predecible. El padre no tuvo otra opción más que el suicidio. Los dos familiares muertos estaban tendidos frente a Efraín que reía como un loco.
La justicia ordenó que fuera recluido en el manicomio. “Peligro para sí mismo o para terceros” dijeron las pericias psiquiátricas.

Efraín vivió ahí durante años, que es lo mismo que morir. Su madre no se olvidó de él, pero su recuerdo era una blasfemia. Su hermana y su padre se pudrían en el cementerio y alimentaban los gusanos.

Pero ese día, Efraín sentía que todo cambiaría. Mientras cantaba la canción, se le ocurrió que el tiempo era una construcción falaz. Tenía la certeza de que ese día todo empezaría. Se vistió de una manera completamente diferente, como lo hubiese hecho Anabel, peinó su cabellera hasta parecerse demasiado a su hermana y se escapó del manicomio para buscar un nuevo hermano.

miércoles 9 de mayo de 2007

EL RECUERDO, O ESA PRESENCIA QUE DUELE


“Entre mí y el recuerdo de pasadas alegrías hay un abismo no menos profundo que entre mí y posibles alegrías actuales.”
(Oscar Wilde, en De Profundis)

I remember it well
The first time that I saw
Your head around the door
'Cause mine stopped working

Domingo frío en la tarde omnipresente. Tu ausencia se acrecienta más que el silencio que lo cubre todo pero que no tapa nada del vacío que hay en mi pecho. La música te trae y yo la uso para invocarte como se invoca a los espíritus. Enciendo velas en tu nombre para que me traigas la luz que lastime mis ojos oscuros. Es que esta necesidad apremiante de encontrarte ya me resulta intolerable. Te ofrezco hasta lo que no tengo sólo por que regreses y puedas darme lo que no tienes.

I remember it well
There was wet in your hair
I was stood in stare
And time stopped moving

Es que los días parecen todos iguales y pasan muy lentamente. Es que la rutina es un cáncer que oxida mis células en forma constante. Es que ya no hay espacio en mi cuerpo que soporte tu recuerdo, por que estás en cada parte de mí y, al mismo tiempo, me excedes. Es que te quiero tanto que me duele.

I want you here tonight
I want you here
'Cause I can't believe what I found
I want you here tonight want you here
Nothing is taking me down, down, down...

Me arrancaría los ojos para dejar de verte en todos lados. Los aplastaría con mis manos para vaciarme de las lágrimas que sudan la saliva con la que bañaste mi cuerpo. Me arrancaría cada uno de mis cabellos que se sienten abandonados sin tu respiración agitándolos, e invitándolos a volar.

I remember it well
Taxied out of a storm
To watch you perform
And my ships were sailing

Me quitaría la piel. Clavaría mis uñas para desgarrar la carne que se pudre. Escarbaría entre mi sangre sólo para encontrarte. Haría jirones de este manto de células que me recubre. Perdería cada parte de mi ser para no tener que escuchar el silencio de tus besos ausentes, de tus caricias errantes, de tu lengua fugitiva y fetichista.

I remember it well
I was stood in your line
And your mouth, your mouth, your mouth...

Me sumergiría y bucearía en los músculos de mi pecho para detener ese constante tic – tac que marca los días ausentes, que transcurren sin tenerte. Incendiaría mi cuerpo para hacer cenizas tus recuerdos. No quiero que me toques desde el pasado truncado, quiero que me arrulles con tus bucles añorados. Pero no estás y yo lo sé aunque no quiera.

I want you here tonight
I want you here
'Cause I can't believe what I found
I want you here tonight want you here
Nothing is taking me down, down, down...

La resignación, esta vieja compañera, sólo me deja soñarte, pensarte, recordarte, imaginarte, fantasearte, añorarte, implorarte, amarte hasta extrañarte y extrañarte hasta odiarte por marcharte. Es que sólo eso puedo, recordarte.

Except you my love.
Except you my love...

Te doy mis ojos que se derriten con tu ausencia. Te doy mi piel que languidece, y que se agrieta sin las caricias que me dieron tus labios. Te doy mi corazón marchito para que no quede más cuerpo que de cabida al dolor de no tenerte y de necesitarte tanto como a la muerte. Te doy todo de mí y no te doy nada, para que dejes de estar ausente y para que tu recuerdo no se apropie de mi cuerpo doliente, que se derrite como velas encendidas en la oscuridad de las ausencias.

I wanna hear what you have to say about me
Hear if you're gonna live without me
I wanna hear what you want
I remember December…

Letra intercalada: "I remember" de Damien Rice

martes 1 de mayo de 2007

INERCIA DE NOCHES Y NOSTALGIAS


Nyx, la hija del caos, ya envuelve los cielos. Hace frío y, luego de la larga jornada, estoy llegando a casa. Ese hogar castigado por el tiempo, se vació de sonrisas y se tapizó de silencios. Los que allí habitamos, ya ni si quiera nos miramos, nos hemos vuelto absolutamente extraños.
La cama se ofrece ante mis ojos como una gran promesa, como un bálsamo capaz de aliviar cansancio, frío y esa fatídica suma de realidades cotidianamente adversas.
Me envuelvo entre las sábanas, como cuando era niño, tenía miedo y pensaba que debajo de ellas nada sucedería. Apago la luz. Escucho el silencio. El frío en mis pies escala hasta el alma. Los ojos se cierran. La mirada se desliza sobre ásperos recuerdos. Hoy, los dioses no me quieren en su lecho.
El celular que, por capricho del azar quedó encendido, empieza a vibrar junto a mi cama. Su luz tenue se cubre de las tinieblas nostálgicas con las que me visto. Leo el mensaje y me sorprende que sea tuyo. Tus palabras me llegan como piedras arrojadas para romper en pedazos mi cuerpo de cristal que se derrumba en mil fragmentos. Es que no sólo estás en mis recuerdos, sino también en los sueños, o en mis intentos.
No contesto tu mensaje, ya te lo dije todo y no escuché nada. Tu silencio, tu ausencia, tu indiferencia son gritos más sinceros que cualquier otra respuesta.
Mis pies siguen fríos, deambulando entre las sábanas. Buscan inútilmente los tuyos, dibujan en el colchón el hueco en donde ya no estás. La cama me queda grande y sólo puedo perderme en ella sin alcanzar el descanso prometido. Ese vacío a mi lado me aturde con sus gritos que denuncian que no estás. Esa capacidad, tan mortalmente mía, de adelantarme hacia el futuro, me asegura que tampoco estarás, que te fuiste y que no volverás.
Escucho los perros que ladran afuera, el viento los ha despertado. Los árboles se mueven y abanican los silencios noctámbulos que llueven del cielo. La noche se me pasa como se me escapa la vida, lentamente y sin darme cuenta. No puedo dormir, ni tampoco soñar. Es que ese hueco invernal que está a mi lado, me envuelve, me atrae, me toma de los pies y con su fuerza centrífuga, me arrastra hasta su centro. Allí no hay nada, sólo este pecho abierto y vacío que se llena de recuerdos.
Respiro, ese es mi castigo. La soledad se cuela en mi nariz y me ahoga al llegar a mis pulmones. Se fuga una lágrima, cae como si fuera una hoja de otoño que, junto con las que vendrán, forman un manto anaranjado en mi rostro por el que ya no caminan tus manos. Los ojos se incendian. Las lágrimas explotan por la combustión de los recuerdos. Los ríos de lava siguen los cauces que escarbaron tus manos en mi piel. Me estoy desangrando, y cada gota que se fuga de esta cárcel de nostalgias me transporta hacia el pasado. Mi boca se llena de sal y del recuerdo del sabor de tu piel. Puedo ver tu mirada triste inundándose con mis palabras. Puedo oler tu perfume escapándose de mis poros. Puedo sentir la tibieza de tu cuerpo contrastando con la frialdad de mis infiernos. Estás aunque no estás. Tu recuerdo fantasmagórico circula por mis venas que se abren con la ausencia.
La noche se escapa. Ha dejado en mi cama sus hijas bastardas, las penas, la angustia y la muerte. Una luz entra por la ventana. No he dormido nada. El día se me va, ante de empezar. Hoy, como nunca y como siempre, te volveré a extrañar, pero todo será igual. Hoy me volveré a matar, y nada va a cambiar...

jueves 26 de abril de 2007

LA NIÑA A LA QUE NO DEJARON JUGAR


Ella lo amaba y él la explotaba. Ella lo idolatraba y él la despreciaba. Ella se sometía y él se bañaba extasiado en su poder. Los dos estaban recostados en esa cama que olía a transpiración, a sangre, a tristeza, desamparo y olvido. Las manos de él jugaban entre sus pechos marchitos, revestidos por la saliva de miles de hombres que le escupieron su dinero. Él se quedaba con un alto porcentaje; ella se quedaba vacía, a ella se le escapaba la vida.
Él tenía treinta y cinco años y le había prometido una mejor vida; ella quiso creerle, aunque sabía que, como todos, él también mentía. Ella tenía diecisiete años, pero sus ojos, sus senos, sus labios, y su piel se agrietaban y envejecían más con cada centavo ganado. Se habían conocido cuatros años atrás. Él había sido amigo de su padre; a él también se la habían alquilado.
La primera vez, ella estaba jugando en su cuarto con una vieja muñeca. No sabía por qué la habían dejado sola esa noche en su casa, ni tampoco entendía por qué el vecino de al lado había ido a visitarlos si sus padres no estaban. Pero minutos más tarde entendería y, ese mismo día, todo cambiaría. Su pesadilla había empezado.
Desde entonces, su padre vio en ella la salvación de la familia. Los amigos de aquel hombre disfrutaban de la niña y hacían con ella lo que no se permitían hacer con sus inmaculadas esposas. El padre se sentaba a la mesa, contaba el dinero y tomaba un plato de sopa caliente, mientras escuchaba gemir a sus amigos que deshojaban a su hija. Su madre, en silencio, retiraba el plato de sopa y acercaba el balde a la habitación para que los hombres se higienizaran. Abrazada a su muñeca de la infancia, ella lloraba pero entendía.
Él empezó a ir un año más tarde y luego, volvió una y otra vez. Era el único que le sonreía, el único que le regaló una rosa cuando cumplió sus quince años. Ese día, luego de regar con su semen pútrido el cuerpo, la abrazó y quedó dormido a su lado regalándole una noche de libertad y de sueño. Ella, sumida en ese desamparo, vio en él la única luz de esperanza. Pero pronto se apagaría.
A partir de sus quince años, ella lo esperaba ansiosa, sabía que una vez por semana él la visitaba y le traía chocolates, flores, abrazos y sonrisas. Ella empezó a maquillarse, a perfumarse, a esperar lo imposible. Ella lo amaba, él la usaba.
Una noche, un cliente borracho se excedió, hizo uso de una parte del cuerpo adolescente que le estaba vedada. Ella gritó, pero el padre no quiso escuchar, sólo se encargó de cobrarle más cuando el cliente salió de la habitación. Una hora después llego él. Ella lo abrazó y, llorando, le contó lo sucedido. Esa noche él se la llevó de allí para siempre.
Ahora, todo eso había quedado en el pasado. El salvador se había convertido en un nuevo Amo. Sin embargo, él era el único que le había dado algo de protección, algo del cariño por el que ella imploraba. Desde entonces, fueron muchos hombres más los que le arrojaron su semen, como si ella fuera una escupidera siempre dispuesta a vestirse con células muertas.
Pero esa noche, todo cambiaría. Esa noche, ella volvería a tener vida. Tenía un atraso de dos meses, y ya no había lugar para la sospecha. La certeza ya latía en su vientre oscuro, amargo, y marchito. El capullo de una rosa florecía en el desierto gélido al que se accedía a través del dinero. Ella quería regalarle su rosa para hacerlo sentir tan bien como él la había hecho sentir a sus quince años.
La niña muerta podría nacer como madre. Por fin tendría a quién querer, a quién proteger, por quién aguantar. Nuevamente una luz de esperanza alumbraba la oscuridad de la tumba a la que había sido arrojada por sus padres.
En esa cama, maltrecha de tanto uso, ella miró cómo él jugaba con sus pechos fríos y le dijo que pronto, esos mismos senos se llenarían de leche que alimentaría su sueño. Pero ella no podía imaginar que el sueño no era compartido.
Por los ojos de él se asomó el demonio. La ira tensó cada músculo de su rostro. La violencia estalló como un volcán dispuesto a arrasar con todo. Primero le pegó una trompada y, cuando ella cayó al piso de tierra, con una patada le arrancó el capullo de rosa que latía en su vientre. Ella quedó inconsciente, él se fue a tomar al bar de siempre.
Cuando ella despertó, sintió la necesidad de ir al baño, pero el dolor se lo impedía. Fue arrastrándose hacia el escusado y, como pudo, logró incorporarse. Las pequeñas cucarachas rápidamente se escondieron en sus recovecos. El olor ácido y penetrante del orín de los hombres que compraban su humillación, le agitó el estómago hasta hacerla vomitar. Se sentó en ese viejo inodoro, sucio como un basural, y vio como se escabullía entre sus piernas la sangre de su única esperanza. Como pudo, salió de ese lugar y se sentó en el escalón de entrada de la casa con su vieja muñeca entre las manos. La niña a la que no dejaron jugar, no paró de llorar hasta que un grito le inundó el alma y lo vomitó haciéndolo escuchar por todos aquellos que habían elegido callar.

miércoles 11 de abril de 2007

POSESIÓN


Te deseo por que no puede tenerte. Sé que mañana a la mañana tomarás ese avión y te irás, y yo me quedaré desnudo, vestido sólo por tu saliva, tus aromas y tu recuerdo. Te llevarás mis labios que marchitarán sin la miel con la que me riega tu lengua. Te llevarás la ilusión que me diste y que se derrite con el fuego que encenderemos esta última noche para convertir en cenizas tus sentimientos deshilachados.
Te irás y no podré protegerte de tus temores, de tus fantasmas, de tus deseos incesantes de morir, de los fármacos que anestesian la angustia constante que esculpe la tristeza que embellece tu mirada.
Te acercas a mí. Me traes tu sonrisa tierna, inocente y suspicaz, como si hubieses cometido una travesura por la que no podré reprenderte. Me besás y tu lengua me duele por que anticipo su ausencia. Me desespero. No quiero que me dejes, no quiero que te vayas para no volver. No quiero que te toque ni si quiera tu ropa, quiero que me lleves en cada pliegue de tu piel. Quiero ser el demonio que te posea para que, de tu boca se escuchen mis palabras. Con la furia de mis celos sin sentido, y el deseo de apropiarme de cada centímetro de tu piel, de cada poro que me embriaga con tu perfume de otoño, te arranco las prendas que te visten. Esta última noche te haré escalar cada peldaño de mi cuerpo hasta que alcances el cielo y levites con alas de lujuria y de placer.

La pasión fue irrefrenable. Estuvieron juntos durante horas, jugando con sus cuerpos como si fueran niños descubriendo mundos en dónde alojarse. Inventaron nuevos artilugios para proporcionarse los más exquisitos recuerdos, para dejar marcas que trasciendan el tiempo y la distancia. Dibujaron, con sus lenguas de fuego, huellas en la piel del otro para apropiarse mutuamente de sus pensamientos cuando no estuvieran juntos. Se domaron, se mordieron, gimieron, se aturdieron, se evaporaron.

Caigo rendido en la cama maltrecha, de sábanas desperdigadas, de caos anárquico. Te beso, te acaricio, te arrullo entre mis brazos. Cierras los ojos, me acaricias mientras empiezas a dormirte y yo, te abrazo por la espalda, beso tu nuca y lloro sin que te des cuenta.
Tengo los ojos cerrados. Siento tus lágrimas goteando en mi espalda, la sal de tu tristeza me incendia las heridas abiertas por el pasado. Debo irme aunque no puedas entenderme. Pero, aunque pudiera, (y repito, no puedo), no sé si quisiera quedarme. Esperás de mí algo que no puedo darte y, mis ganas de morir son más grandes que el amor que prometés, deseás y confiás en generarme. Siento tu carga en mis hombros, siento que aunque me vaya lejos, sentiré tus ojos reprochándome el vacío que dejaré a tu lado en la cama. Y yo, yo no puedo soportar esa angustia.
Mientras dormís, buscaré tus pastillas, las disolveré en el jugo de la mañana para que pierdas el vuelo. Al despertarte, descubrirás cuánto te amo por que verás hasta dónde llegué para retenerte. Abro el cajón de las pastillas, saco las cajas y descubro que están vacías. Voy a buscar a la basura y descubro que no las arrojaste. ¡¿Dónde están tus pastillas?! Me sobresalté… ¿y si en realidad mañana no viajabas?, ¿y si en realidad esta era la última noche por que finalmente decidiste morir? El sólo pensarlo me inquietó, empecé a sentirme mal, quise correr hasta la cama para despertarte pero la vista se me nubló, mis piernas se debilitaron, los ecos de mis gritos clamando por tu nombre me sonaron extraños, lejanos y caí…
Yo te avisé, yo te dije que no podría soportar la angustia de tu mirada, de tu espera por mi retorno que nunca se produciría. Sólo puedo matarte para poderme ir libre de vos. Sólo puedo matarte para postergar la muerte asfixiante que me esperaba cuando me apresaras en tus labios. Me diste tu vida, me entregaste tu amor, poseo todo, hasta tu muerte.

sábado 24 de marzo de 2007

CARTA DEL NUNCA MÁS


Imagen: de Wife of Cain by Witkins

Madrid, 24 de Marzo de 2.007
Mi Querido Ernesto:

Aquí me tenés rendida en esta carta, cubriéndome de palabras. Te escribo pese a que no desearía hacerlo. Te escribo deseando que no tuvieras que leerme. Pero soy una mujer valiente, una mujer que batalló durante más de treinta años con sus fantasmas, aunque hoy sienta que haya perdido la guerra.
Creo que debo hacerlo, estoy convencida de ello. Sé que no podrás entender la decisión que he tomado, que se escapa de tus manos. Sabés que hemos tenido una relación especial. Quiero decirte algo que no sé si alguna vez te dije. Quiero que sepas que siempre te amé pese a que nunca pude demostrártelo de la manera que hubieses deseado. Hoy es tarde. Hoy siento que nunca más podré escaparme, siento que debo entregarte una verdad. Es que aunque duela, sólo mientras haya verdad el nunca más podrá ser real.
Sabés que nos escapamos de Argentina por todo lo que allá sucedía. Me acuerdo que me preguntabas por que me entristecía en cada Marzo, me acuerdo que una vez me sorprendiste a la noche llorando. Hoy sabés que nunca más pude salir de aquella celda lúgubre, húmeda, y tapizada con los gritos que nacían de las más crueles y aberrantes torturas.
Nunca imaginé tanta monstruosidad en el hombre, pero no importaba que no pudiera imaginarla puesto que desde entonces, la padecí día a día. Si supieras cuán insoportable me resulta, tal vez podrías entenderme y perdonarme. Pero no sé si podrás hacerlo. Sólo tenés que saber…, aunque duela, tenés que saber.
Por las noches, sigo escuchando los mismos gritos que desgarran mis oídos, que me extirpan el alma, que se me clavan en las pupilas dilatadas desde que vivo sumergida en la oscuridad de aquellos recuerdos.
Yo estaba embarazada de seis meses cuando nos llevaron, pero a ellos no les importaba. Me golpearon igual. Me agriaron la leche que esbozaban mis pechos huérfanos. Es que la angustia lo invadía todo, y las lágrimas eran más caudalosas que la sangre, que la leche y la esperanza. Querían quitarme lo único que todavía podría dar, querían quitarme el alimento que nutría mis sueños a futuro.
Hacía un mes que nos tenían ahí. Estábamos en celdas separadas pero yo escuchaba sus gritos cuando lo torturaban. Querían saber. Él no quería hablar, él era fuerte…, pero yo no lo sería.
Yo tenía su hijo nadando en mi vientre, yo tenía la piel quemada, los ojos marchitos, y los oídos arañados por la perversidad de aquellas picanas. Y el miedo…, y el miedo me invadía, me envolvía, me extenuaba, me desesperaba, me quebraba. Sabía cuándo vendrían por mí y temblaba, lloraba, y vomitaba. Me daba asco estar rodeada por mis desechos cada vez que se acercaban. Me daba asco el pozo de miseria en el cuál me enterraban. Los gusanos se alimentaban de mis esperanzas, de mis utopías, de mis sueños de justicia, de igualdad, de liberación, de revolución. En esa tumba todo se pudría y yo…, y yo estaba embarazada.
Hay algo que me tortura más que el recuerdo de la picana. Todavía el pasado se me transforma en presente cuando recuerdo esa noche de invierno en la que entraron sin que yo los esperara. Me despertaron arrastrándome de los cabellos. Me desnudaron y me arrojaron al piso con una patada en las piernas, que me quebró el alma. Me mojaron con agua helada y se burlaron de mi cuerpo pálido y pequeño que tiritaba de terror y de frío en el gris de aquel piso de cemento.
Ellos eran tres y se relamían su poder. Uno de ellos bajó su pantalón y su calzoncillo hasta las rodillas y se me acercó. Los otros dos me sujetaron. Me empezó a tocar mientras yo gritaba desesperada. Uno me susurraba melosamente al oído que dependía de mí evitar todo aquello. Dijo que yo podía salvarle la vida a mi hijo, que yo podía salvar mi propia vida, que podía salir de esa cárcel de angustia, de terror, desolación, denigración, de odio, de maldad y desesperación. Me abrieron las piernas, me taparon la boca, mientras uno apretaba mi cuello entre sus manos sucias y bañadas en sangre. Dijeron que de mí dependía frenar aquel horror. Yo les creí, yo lo hice.
Me preguntaron sus nombres, qué papel desempeñaban, cómo los había conocido, en dónde militaban y en dónde se ocultaban. Declaré y los condené. Sabía que los matarían y también sabía que sus muertes me salvarían. Cuando terminé de hablar, todavía desnuda, mojada y vestida de lágrimas, dijeron que se apiadarían. Me dieron ropa de prostituta para burlarse de la “zurdita reventada” y me dieron wishky para que mi cuerpo entrara en calor. No podía pensar en nada, sólo apuré el vaso de wishky que incendiaba mi garganta. Vomité tantas veces esa noche que terminé totalmente debilitada, y me dormí rodeada de ese charco de repulsión. Nunca más toleré el olor del alcohol.
Horas después, en mi celda, con esa ropa de prostituta, con ese whisky que calcinaba mi garganta, con las lágrimas que no cesaban, con los vómitos que me deterioraban, con el terror a mis palabras, y la culpa que me devoraba el alma; escuché sus gritos…
¿Te imaginás lo que sentí? Eran mis amigos, eran mis hermanos de lucha, los que me habían recibido cuando mis padres me expulsaron de la vida burguesa que llevaba. Eran mis amigos y yo los traía a mi funeral, no para asistir a mi entierro sino para compartir con ellos mi lecho… Nunca más pude tener amigos.
Y él…, él era mi amor. Él era el hombre que me convertiría en madre. Él era la fuente de la más intensa idealización, de mi terrible admiración. Pero yo no podía ser heroína, yo no sabía que salvarnos en aquel momento era condenarme a una vida de tormentos.
¿Sabés lo que se siente? No hay una sola noche, en la que no recuerde el desgarro lastimando sus voces. Todavía siento el olor de sus carnes carbonizándose, todavía los imagino mientras los arrojaban a ese mar por el cuál nunca más quise volar.
No pude volver por que no sólo tengo la frente marchita. No pude volver, por que Argentina se volvió el nombre del peor de mis recuerdos, la invocación de un pasado que me abortó el presente. No pude volver por que no puedo caminar por esas calles, de las que antes nos adueñábamos cuando protestábamos y peleábamos por la Revolución.
Cumpliste 30 años en Agosto del año pasado. Todavía me cuesta mirarte y ver en tu rostro los gestos de tu padre. Intento mirarte por un tiempo prolongado, te juro que trato, pero tu cara se me desfigura y se me aparece el rostro de tu padre torturado, reprochándome la traición, aunque supiera que no tenía otra opción.
Hoy se cumplieron 31 años desde que se oficializó el horror. Y yo no puedo mirarte a la cara, no puedo decirte que por vos y por mí, pero más por mí que por vos, te quité a tu padre.
Desde hace 31 años que vivo sumida en el miedo. Me dejaron exiliarme pero yo sigo enterrada en esa tumba. Yo todavía siento mi alma torturada. Yo todavía escucho las voces y sonrisas de mis amigos, deformándose en gritos y en lágrimas. Todavía veo el rostro del único hombre al que amé como hombre y que me mira recriminándome por su muerte y la de la revolución. Desde entonces nunca más viví.
Y hoy…, hoy sólo me queda pedirte perdón por quitarte a tu padre, por traicionarme, por escaparme. He pagado una larga condena, he vivido 31 años de remordimiento, de soledad, de desilusión, de devastación. Y esa vida hijo, esa vida no es vida. Hoy más que nunca no puedo mirarte a la cara. Sólo me queda morir para no vivir nunca más. Te ama hasta siempre,

Tu mamá


viernes 16 de marzo de 2007

LIBERAME


Liberame, ese es mi deseo. ¿No ves que estoy perdido?, ¿no ves que no hay sentido?, ¿no ves que estoy vacío?

Cold

Dame lo que necesito, estoy cansado de esperar. Sino habito en tu memoria, si ya no pensás en mí, ¿para qué me querés aquí?, ¿por qué me dejás a mí? ¿Por qué quedarme acá? ¿Por qué más esperar? Si ya nada me retiene, si ya nada me sostiene.

Cold water surrounds me now

Abrime las alas, si es que las tengo; no me hundas en la profundidad de mis recuerdos. Dejame ir, liberame.

Lord, can you hear me now?

Te conjuro más que a mis recuerdos, pero tu sordera es más grande que mis cegueras. Vení y llevame, por que he quedado reducido a ser un desperdicio de humanidad, a ser una vida que no late, un autómata que, como una hoja marchita de otoño, se deja llevar sin fuerzas por el capricho del viento y de los tiempos, hacia los recovecos de la nada, hacia la frialdad y la dureza de, una y mil veces más, estrellarme contra el cemento.

Lord, can you hear me now?

Tenés el poder en tus manos, aliviame la existencia entregándome a las puertas del adiós. Liberame de este cuerpo, arrancame las uñas que, contra mi voluntad, arañan un futuro irreal. Dejame de ilusionar, si ya sé que todo seguirá igual, y yo ya me cansé de soportar… y de esperar.

Lord, can you hear me now?

Me duele el mundo. Me duele el aire que nutre mis células vacías. Hasta me duele la música que tortura mis oídos, me duelen las palabras que se escapan, me duele la ignorancia, me duele la nostalgia.

Or am I lost?

Me arrojaste aquí sin preguntarme. Desnudo, desamparado y vulnerable, estoy condenado a esperar. He sido arrojado como si fuera un aborto de los cielos, pero el feto nació, creció, se desarrolló y hoy espera que se remedie aquel error.

Cold

Se que estás ahí, sé que sabés que estoy, y sin embargo no te acercás, no preguntás, no me tocás, no me mirás, no me besás, no me abrazás, no me consolás, no me cuidás. Dejame ir sino vas a quedarte. ¿Y es que no hacés siempre lo mismo? Pero estoy agotado de estar abandonado a mi suerte, a mi maldita suerte.

Cold water surrounds me now

Te sigo esperando, estúpidamente, sé que sólo fui un gran error y mi vida es una continua confusión. Es que el mar ya me ha tapado, es que las aguas están heladas y hasta el deseo se congela; es que el cielo se me despedaza en el alma y escupe estas palabras cargadas del infierno que se expande por mis venas y que va quemando la esperanza.

Lord, can you hear me now?

Dame de beber de un veneno más amargo que estas lágrimas, para que le pongan fin al dolor de haber nacido, para que cierres ese hueco que se abre cada día más y que me absorbe.

Lord, can you hear me now?

Empeñate en no dejarme ni una sola palabra, ni una sola mirada, ni una sola esperanza. Acabame, de una vez, redimite dándome lo que nunca deberías haberme quitado: el no ser, el deambular entre las estrellas, el ser la nada que no piensa, que no siente, que no extraña, que no anhela, que no desea, que no sufre, que no está.

Lord, can you hear me now?

Dejame escapar, liberame del peso de este cuerpo, liberame del dolor, de la nostalgia, de la melancolía, de la ilusión, del creer en el amor, liberame de todo lo que me ata, liberame del pasado que me ataca.

Cold

Algunos le llaman eutanasia, yo le llamo mi esperanza. Es que no hacen falta enfermedades terminales, sólo saber que hay almas muertas como la mía, y cuerpos que, desde entonces, deambulan sin sentido.

Cold water surrounds me now

Mi cuerpo tiene la savia, funciona como una perversa maquinaria. Mi cuerpo viviente contrasta con mi alma llovida una y mil veces. Es que tantas veces me he desangré en lágrimas, que ya ni una gota de ella me queda. Llevate lo que es tuyo, matame mil veces más, pero esta vez no dejes ni el cuerpo por que también tiene recuerdos, por que siente tanto como el alma, por que se me inunda de nostalgia.

Lord, can you hear me now?

Aliviame la existencia, llevate mi presencia, liberame…

Or am I lost?

Letra intercalada: "Cold water" de Damien Rice

martes 13 de marzo de 2007

PROMESAS DE MINOTAURO


Te azotaré suavemente con la furia de mis cabellos que claman por tus manos.

Te invadiré hasta perderte en cada espacio de mi cuerpo.

Devoraré tus ojos cuando miren la oscuridad de mis silencios.

Te aturdiré con mis olores emanando de tus poros.

Te envolveré entre los pliegues de mi piel para quitarte el aliento y llenarte del mío.

Arrancaré tus labios con mis besos dolientes y sedientos de tu cuerpo.

Te abrigaré con mis silencios tibios cuando te vistas de invierno.

Te marcaré con mis huellas en tus pasos.

Lameré tus lágrimas y las transformaré en la miel que esparcirás por mi piel.

Te vaciaré el alma soplándote los recuerdos.

Te extasiaré con mis sonidos vibrantes en tu cuerpo.

Incendiaré tu piel con la lava en erupción que se me escapa de las venas.

Te armaré con mis palabras, mis deseos, mi saliva y mis nostalgias.

Te moldearé hasta completarte con la miel que se me derrama ante tu mirada.

Romperé tus huesos con la impaciencia, el vacío y el dolor de mis abrazos.

Te morderé hasta volverte mi más sagrado alimento.

Te impregnaré mis sabores en tu lengua.

Desestabilizaré tu locura contenida tras los diques de cordura.

Tejeré con tus cabellos telarañas para hamacarme con tus sueños.

Desencadenaré tus pasiones hasta agotarte.

Te dibujaré sonrisas en el rostro con mis dedos.

Te daré lo que no tengo,

seré quién no soy,

para hacerte sentir quién no sos.

Y escribiré mis promesas con mi sangre,

para que no se las lleve ni el viento, ni el tiempo, ni el sol, ni los elementos.

lunes 12 de marzo de 2007

PARA CUANDO DESPIERTES


Como si todavía te quedaran vestigios de niñez, te me acercas inocentemente, creyendo en lo imposible, y es que, ¿acaso no nos pasa a todos lo mismo? En ese momento, todos creemos que estamos soñando, todos creemos que el otro duerme tranquilo. Pero no podemos engañarnos todo el tiempo, por que siempre llega ese momento en el que la realidad nos aturde con sus gritos y nos golpea autoritariamente, hasta lograrnos despertar.

- ¿Por qué?

- ¿Sólo eso me podés preguntar? Ya sabés la respuesta, entonces… ¿para qué preguntar por qué?

- ¿Por qué?

- Que te lo dije ya mil veces, que es en serio, que no he nacido para vivir, sino para morir más veces que mi recuerdo en vos o en cualquiera.

¿Me podés entender?... Es que ya estoy cansado…, en serio…, estoy cansado… De tanto suspirar me he quedado sin aire, y de tanto llorar hasta el alma se me ha secado. De tanto quejarme, ya no soporto ni escucharme; y de tanto olvidarte sólo he logrado aferrarme a tu recuerdo como si fueras un faro en medio de un inmenso mar y yo un barco que está cansado de tanto naufragar y que navega nuevamente a la deriva.

- Estás frío…Tomate un café, un café calentito como a vos te gusta en estos días fríos y nostálgicos de otoño…

- No, no, que ya ni el café hirviendo puede darme el calor que he perdido, que tan frío estoy que hasta me he quedado sin aliento. Si me tocás te vas a congelar y te vas a despertar, y yo me volveré más piedra que las piedras y más solitario que el desierto.

- Tu boca no tiene el mismo sabor…

- ¿Será que este es el gusto de la muerte? El del último café pudriéndose en mis dientes convertidos en cenizas, mientras mis ojos miran sin ver los gusanos que se devoran mis sueños… Así que a esto sabe la muerte, a olvido eterno, a silencio sin sentido, a ausencia fagocitando células en decadencia.

Como si todavía te quedaran vestigios de niñez, me mirás nuevamente de manera inocente, creyendo en lo imposible, y es que, ¿acaso no nos pasa a todos lo mismo? Todos creemos que estamos soñando, todos creemos que el otro duerme tranquilo; pero no podemos engañarnos todo el tiempo, por que llega ese momento en el que la realidad nos aturde con sus gritos y nos golpea autoritariamente, hasta lograrnos despertar…

- ¡¿Por qué te has muerto?!

miércoles 7 de marzo de 2007

¿DÓNDE VAN LOS BESOS DE VERANO CUANDO LAS FLORES MARCHITAN EN OTOÑO?


Para L.

Todavía no es otoño, pero parece que yo no lo sé. No es otoño, pero siento que marchito en los recuerdos de aquello que me falta. Todavía no es otoño pero las flores se deshojan en recuerdos, y quedan marchitas en mi cuerpo.

Te extraño. Lo sabés. Te lo dije…

Es que te recuerdo con la mayor de las nostalgias, como si te hubieras ido de aquí hace años y desde entonces no supiera nada de vos. Te recuerdo como si no te hubiese visto en esa ciudad de intelectuales, de revolucionarios y de grandes shoppings comerciales, que te retiene y que te aleja de esta ciudad pequeña, inculta y pasiva.

No sé si te extraño. Lo sabés. Te lo dije…

Es que no sé qué es lo que anhelo, si serán tus besos, tus caricias, tus olores y tus abrazos fuertes y desesperados, tus abrazos de huesos rotos, de ojos vacíos y de palabras que mueren antes de ser dichas. Es que ¿cómo no anhelar esos abrazos de desprotegidos, de náufragos sin sentido, de soledades que se acompañan en su silencio? No sé si añoro todo aquello que me dabas o si te necesito a vos dándome todo eso que no tengo y que no sé si tuve. ¿Y es que se puede separar lo que me das de lo que sos? A veces creo que sí, otras veces siento que no.

Te recuerdo. Lo sabés. Te lo dije…

Es que recuerdo esos momentos en los que traías el sol en mis días lluviosos de Enero. Te recuerdo esperándome en esa plaza, que se apropia de mi cuerpo y que me llama por las noches, desde que no te tengo; pero es que… ¿alguna vez te tuve o fue sólo un lindo sueño?

Recuerdo mis pasos inciertos acercándome a tu cuerpo. Recuerdo cuando me viste, recuerdo cuando te vi, recuerdo tu sonrisa y también recuerdo la mía. Me gustaría descubrirte de nuevo, acercarme por detrás y estrecharte entre mis brazos, mientras tapo tus ojos con mis manos y palabras, y beso tu cuello con mis labios y nostalgias.

Me quiere… No me quiere… Me quiere… No me quiere…

Tengo una flor en el pecho, una flor nacida en el verano, una flor que es fruto de tu boca y de la mía estrellándose en mil besos. El pétalo de la flor, nacido como una imagen de la memoria, se marchita y se prepara para caer: Estás frente a mí, en el primer piso de esa confitería que mira a esa otra plaza que se disfraza con fachadas coloniales. Recuerdo tu sonrisa al mirarme y recuerdo mi mirada buscando escaparse del peligro de tu seducción, por la ventana. Vos sabés jugar, y el juego en la seducción lo es todo. Los dos supimos ese día que no habría escapatoria, que la ruleta estaba girando y que la bola caería donde habías esperado. ¿Es que es posible no quererte hasta la sangre, hasta la miel y hasta los huesos?

Me quiere… No me quiere… Me quiere…

Un nuevo pétalo cae y un nuevo recuerdo se arrastra por el piso: Nos veo nuevamente en el balcón de ese patio donde las almas se congregan en la magia de una noche que se despierta tras la lluvia. Veo como tus ojos se llenan de lágrimas mientras mis palabras acariciaban tus oídos. Nos veo mirándonos de cerca, descubriéndonos, y te escucho nuevamente diciéndome que me querés besar. Y no hicieron falta más palabras, por que nuestros besos las ahogaban.

Me quiere… No me quiere…

Y otro pétalo se va y otra imagen se oscurece: Ahora estamos nuevamente sentados en un bar en una noche de verano. Estamos rodeados de amigos. Vos me pedís que me siente a tu lado, que me quede con vos, vos me das un lugar, un lugar que nunca tuve y que ya no tengo.

Me quiere…

Y ese pétalo vuela con el viento y se me lleva un nuevo recuerdo: Es una noche oscura y la ciudad, debajo de aquel cerro, descansa a nuestros pies. La ciudad está iluminada pero nuestras esperanzas ya se apagan. Llega a su fin tu estadía, llega a su fin mi escapada de la rutina. El cielo se vuelve nuevamente gris, el laberinto se cierra y yo quedo adentro y vos te vas afuera.

Te quiero… No te quiero… Te quiero…

¿Vos tenés la misma flor? ¿Vos te preguntás lo mismo que yo? Y un nuevo pétalo cae y por fin me doy cuenta: Qué manía compartida, ésta la de revivir a los muertos. Te encontré lejos de aquí para que nuevamente me dejes ir.

Te quiero… No te quiero…

Cuando quedan dos pétalos de esta flor, solo puedo contestarme y contestarte que nos veo nuevamente juntos, fundidos en nuestros abrazos desesperados…, desesperanzados. Me duermo sobre tu cuerpo y cuando me despierto te siento. Estás ahí, mirándome dormir. Perdonás que el cansancio pueda más que la película, y nos besamos, y jugamos a seguir durmiendo juntos, pero no podemos dejar de saber que no podemos seguir jugando.

Te quiero…

Y el último pétalo cae, y un nuevo recuerdo florece: Me hacés volar a bordo de tu bicicleta, la montamos juntos y paseamos por las calles principales de aquella ciudad tan grande. Desplegás mis alas con tus manos, y vuelo seguro mientras sueño a tu lado. Te recostás sobre mis piernas y yo acaricio tu rostro y tus cabellos. Me sumerjo en tus bucles y me enredo en tu cuerpo. Jugamos a que soy tu psicoanalista y que mis piernas son tu diván. Pero no tengo curas, no tengo soluciones y no sé qué te pasa, ni mucho menos qué me pasa. Nos quedamos en silencio, y es que tal vez ya esté todo dicho, o tal vez todavía no nos hayamos dicho nada. Te veo, te siento, te acaricio, te intuyo. Tu gata sin nombre juguetea entre mis piernas y luego lame mi mano. Tu gata sin nombre, percibe mi dolor y me alivia con su beso, por que aunque me tenga celos, sabe que te quiero.

Siento esa revolución familiar en mi garganta que ya derroca el poder de mis ojos. Mi mirada necesita huir, volar lejos para no verme sufriendo en tus ojos sufrientes. Tu mirada también vuela, y las dos alcanzan el techo; se encuentran allí, lejos nuestro porque sólo podemos mirarnos si deseamos correr el riesgo. Y una lágrima con sabor agrio se escapa de mis ojos prisioneros, y recorre los dulces surcos que excavaron tus manos en mi rostro. Y a esa lágrima la sigue otra, y otra, y aletean juntas sobre mi piel, como si fueran mariposas oscuras que precipitan un final. Y tu boca las recibe y te bebés mis lágrimas y las convertís en besos. Pero yo sé cuál es el efecto de una gota que cae en una laguna, yo sé de los ecos de tristeza que se deslizan en tus mares. Me abrazás, me mirás, te miro, y no nos hacen falta palabras, sólo todos los besos del mundo que en días más me empezarán a escasear.

Ya estoy de vuelta, ya te quedaste y yo me fui, ¿será realmente así? Te contenés y marcás la sabia y aconsejable distancia. Sé que es por tu bien, pero más es por el mío. Pero ¿pensaste que tal vez yo no quiera contenerme?; tal vez yo no necesite más distancias. Yo sólo necesito saber,

¿Dónde van los besos de verano cuando las flores marchitan en otoño?

domingo 4 de marzo de 2007

VERDAD I HORROR


"Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?"

La verdad es que ese lunes no había llegado arrastrando la rutina consigo. Era un lunes distinto y Valentín lo sabía. Lluvia y viento eran los embajadores que adelantaban el inicio del invierno. El gris, como una pantera agazapada, lo iba cazando todo: cielo, calles, ojos, vidas. Pequeñas gotas de lluvia oscurecían el asfalto y deambulaban por la ciudad como si fueran fantasmas imperceptibles, que jugaban con la gente a su antojo. El viento, soberbio lo invadía, transgrediendo los límites del cuerpo. El frío había escalado por los pies y ya había conquistado todo el cuerpo y toda el alma. Y la verdad, y el horror ya estaban circulando en él.

La vieja Clínica privada, perteneciente a una institución católica, se especializaba en aquellos temas, pero sólo tenían acceso los privilegiados del sistema. El edificio se alzaba majestuoso ante sus ojos expectantes. A su lado, vio a aquella mujer que traficaba brebajes contra el sueño gritando su clásico “Cafesito”, caracterizado por alargar la enunciación de las vocales. Valentín no lo necesitaba, era temprano en la mañana, pero estaba demasiado despierto, es que… ¿cómo no estarlo ante el horror?

Ya no podía posponer más la llegada de la verdad, sin embargo, el tiempo parecía detenerse. Valentín no quería transitar por aquel puente que unía su presente ignorante con un futuro que podía abortarse por ser el engendro de una verdad agobiante. El abismo entre ambas dimensiones temporales adquiría la forma de las escalinatas de entrada a aquel templo de vida y de muerte. La entrada a la clínica era la metáfora horrorosa de aquel puente del que sólo deseaba arrojarse. Es que no hay peor sentencia que la de escuchar una verdad no dicha, pero que se desliza en el ambiente como el más horroroso rumor.

Valentín estaba parado, abajo del primer escalón de la entrada, contemplando el ir y venir de la gente a su alrededor. El frío y el deseo de no saber lo convertían en un monumento al temor y a su inseparable paralización. Por su mente, la movilización iracunda despertada por sus miedos, derrocaba sus proyectos a futuro y sus sueños de amor eterno. La revolución interior, explosiva y vibrante, se transformaba en lo contrario al apropiarse de cada célula de su cuerpo.

Ya había llegado hasta allí, ya estaba al borde de ese abismo de horror, sólo le faltaba el impulso final para dar el salto al vacío y prepararse para caer en los errores del pasado.

Caminó decidido por los pasillos de ese gélido lugar, sabía cuál puerta tenía que tocar. También sabía que tendría que esperar, pero el saberlo no mitigó la ansiedad que, como una gran directora de películas de horror, imaginaba los peores escenarios en los que esa verdad podría encontrar su lugar y ejercer su reinado.

Afuera, la llovizna leve y persistente seguía lamiendo asfaltos y fachadas, árboles y personas, sueños y verdades. Adentro, el tiempo parecía no avanzar. Los segundos morían un instante previo a alcanzar la inmortalidad. El reloj se volvía pesado, como sus penas.

El tiempo permaneció estático y el espacio se volvió dinámico. Pero aquello no habría de durar puesto que, los sonidos que representaban su nombre se abrieron paso hasta sus oídos, franqueando la capa de neblina que cubría su mundo. Valentín se levantó de la banca que ocupaba y, con la misma resignación con la que un gobernante depuesto se dirige al patíbulo, se encaminó a aquel consultorio.

Con cada paso un latido, con cada latido un recuerdo… Valentín, un joven de 18 años que provenía de una familia acomodada, había amado por primera vez un año atrás. Alejandro era un hombre de 30 años, tenía un rostro perfecto e irradiaba una imagen celestial. Valentín se había enamorado de aquel hombre con la pasión e idealización intensa típicas de la adolescencia. Estaba dispuesto a darle todo, hasta lo que no tenía, como prueba de su amor. Y, durante los meses que se prolongó el romance, Alejandro se lo pidió; tomó todo, hasta lo que Valentín no tenía, y luego lo dejó. Valentín sufrió hasta el cansancio, y en ese año a nadie más, ni si quiera rozó, pues esperaba inútilmente el regreso de Alejandro. Toda espera es inútil, pero más inútil era creer que Alejandro volvería por que, cual vampiro, ya había clavado sus colmillos.

El recuerdo de aquellos tiempos en los que exploró el amor y la traición, alzaban vuelo en su mente hasta chocar con el techo que imponía la realidad. Valentín entró al consultorio y, estupefacto, observó a las tres personas que lo esperaban: el doctor, la psicóloga y el sacerdote que, acompañaba en esos casos puesto que se trataba de una Clínica católica.

Fue en ese consultorio que Valentín supo la verdad y sufrió la desesperación ante el horror. Allí le dijeron que los exámenes habían dado positivo y qué él se convertía así en un nuevo portador de VIH. Pero Valentín no llegó a escuchar lo que ya suponía, porque se desvaneció. Treinta segundos más tarde, abrió los ojos y, nuevamente, volvió a ver lo que le causó tanto horror. La verdad del Padre Homero es que no se llamaba Alejandro, que se sacaba el alzacuello y jugaba a ser Judas, entregando a los hijos del hombre a la muerte, al darles besos de vampiro con el sabor de la traición.

miércoles 28 de febrero de 2007

ELLA NO QUERÍA


Noche de verano. Enero con más calores que tormentas. Tormentas con más dolores que agua. Agua que desbordaba de sus ojos. Polvo suspendido en el aire. Fuego que quema la tierra y que hierve la sangre. Ni una brisa leve se dignaba a aliviar ese pueblo perdido en el medio de la nada.

Las paredes de esa habitación se teñían de la oscuridad de aquella madrugada suspendida en el tiempo. Un gato maullaba en la azotea. El sudor empapaba espaldas y adhería la ropa a la piel. Esa cama, que estaba maldita, los envolvía en la tragedia de seguir durmiendo juntos.

Pese al fuego que quemaba la piel y pese al miedo que devoraba su mente, ella se había podido dormir. Esa noche se sentía un poco más segura; pero igualmente se despertaría, aunque ella no quería.

Sintió la lengua pesada y molesta de su esposo que escarbaba en sus oídos para tapar sus gemidos salvajes. Una de las manos sudorosas de aquel hombre, se escabulló entre sus cabellos, aplastando su cráneo contra la almohada con el mismo poder y el mismo desprecio con el que se busca cazar a una mosca. Ella escuchaba esa respiración agitada que lastimaba su piel, mientras él le arrancaba su camisón y exploraba sus piernas. Él era su marido, pero ella no quería.

Ella sabía lo que sucedería, por que lo había vivido desde la noche de bodas. Mientras él se convertía en ese monstruo irreconocible pero familiar, ella recordaba todas las noches en las que la lastimaba con empeño, para pedirle disculpas al otro día, mientras llenaba de rosas rojas esa casa que olía a desdicha.

Él se imponía sobre ella con insultos, golpes, amenazas y su fuerza bruta; ella lloraba en silencio, como tantas veces lo había hecho. La felicidad de la boda había quedado perdida en el abismo del tiempo, y ella podía sentir nuevamente cómo él le arrancaba el vestido de novia que había usado su abuela y la arrojaba en la cama con poder e impunidad. Él la había hundido en un pozo profundo de dolor, de vergüenza, de terror y desolación; y ella no quería.

Mientras sentía que el dolor se iba apropiando una vez más de su cuerpo, podía oler la sangre que empezaba a derramarse entre sus piernas. Él se había transformado nuevamente en ese sátiro dionisiaco y hostil que le había engendrado una hija a la que ella no podía amar por que al mirarla, contemplaba en su rostro angelical la cara perversa de su padre.

Ella no tenía nada que perder, se había quedado sin alegría y sin vida al lado de ese hombre que de día aparentaba ser encantador. Esa noche de verano sólo había sangre, sudor y lágrimas; pero ella ya no quería.

Y con el dolor, el odio, y la ira acumulada tras un año de tormentos, tuvo el valor y el impulso de sacar el cuchillo que había escondido el día anterior bajo la almohada. Y se sintió justiciera; sintió que dando golpes profundos y certeros se vengaría en representación de todas aquellas mujeres sometidas a lo largo de la historia. Así fue como descargó con odio tantas puñaladas como humillaciones recibidas de la mano de ese hombre. Y aunque estaba salpicada por la sangre del que había sido su esposo, sonrió; y su sonrisa se convirtió en una carcajada que se transformó en un grito de alegría y en un grito de dolor, aunque ella no quería.

lunes 12 de febrero de 2007

LLUVIA DE LÁGRIMAS ROJAS



Eran las siete de la tarde de un día frío de otoño. Era viernes y, como toda noche de viernes, se quedaría solo en su departamento, escuchando esa música que siempre lo hacía llorar. Afuera, la lluvia caía sin cesar, tiñendo de gris y humedad a toda esa maldita ciudad. Adentro, en ese departamento hosco, el clima era aún peor.

Ese día había cumplido años y no recordaba haber sido amado verdaderamente por nadie. Se preguntaba si alguien lo recordaba, si había significado algo en la vida de alguien, si había dejado un vestigio de su existencia en alguna persona. Se preguntaba si alguna vez había ocupado un lugar en la vida de los otros, si había dejado una huella de su existencia. Su lugar era un sin lugar, su espacio era un no estar, su existencia era un no existir.

No podía hacer otra cosa que mirar por la ventana como caía la lluvia mientras pensaba que su vida se reducía a esa imagen, la de un hombre que mira desde adentro como transcurre el afuera sin poder participar… Sí, eso resumía su vida, había estado encerrado en sí mismo mirando como se le pasaban la vida, los amores, las pasiones, los amigos y esperanzas. Había notado que cada vez más se aferraba a la soledad y a los recuerdos, los únicos compañeros fieles en su vivir.

Mientras miraba tras la ventana ese día de nostalgia, desde sus ojos se desprendían las lágrimas como si fueran hojas de un árbol a fines de otoño. Su respiración era lenta y monótona, y los suspiros se le escapaban como lo habían hecho los recuerdos de momentos felices. Esos suspiros tibios se estrellaban contra la frialdad del vidrio mojado por la lluvia, del lado de afuera, y empañado de melancolía, en el lado de adentro.

Ya no sabía si la lluvia le arrancaba lágrimas o si llovía por que la melancolía, que demoníacamente lo poseía, no encontraba más espacio en su cuerpo y necesitaba expandirse fuera de él. Su melancolía era capaz de provocar el mayor de los diluvios, por que esas palabras que se agrupaban en su mente tenían tanto poder que hasta creaban mundos que, como mera extensión de su creador, era un espejo en el cuál se reflejaba su dolor. Que distinto que hubiese sido ese mundo, ese espejo, si hubiese sido creado por esas dos palabras que nunca escuchó.

Su piel estaba más pálida de lo habitual, aparentemente hasta su sangre se rehusaba a avanzar por las venas de ese cuerpo insípido. Su cuerpo había perdido su olor, su sabor, su textura, para convertirse en la carroña devorada día a día por su mente voraz. No quedaban rastros en él de tejido adiposo, pues no tenía deseos de alimentarse desde que un gusto amargo impregnaba su boca. Sus dientes se teñían de un amarillo oscuro que se enverdecía ante el paso de las semanas sin la debida higiene. Sus músculos se evaporaban día a día, como si se negaran a asistir a la putrefacción del cuerpo que los había sostenido. Los huesos se le pegaban a la piel y amenazaban con rasgarla dada su creciente debilidad. Sus ojos se hundían cada vez más en el rostro, como si se manifestara en el cuerpo esa introspección inquebrantable en la que se sumergía su mente. Sus labios estaban secos, marchitos y vacíos de besos desde tiempos inmemoriales. Sus manos huesudas, pálidas y frías sostenían esa taza de café oscuro y amargo, que se había convertido en la única sustancia con la que regaba su cuerpo. Su cabello no tenía brillo, estaba totalmente enmarañado y se cubría de grasa y rigidez con el correr de los días. En su rostro, la barba emergía oscura como el luto que cubría su alma de dolor y desesperanza.

Dejó de contemplar la lluvia y, por primera vez en semanas dejó correr el agua en la gran tina que tenía en el baño. El agua caliente se deslizaba furiosa por esa tina inutilizada, llevando tras su paso el polvo que se había acumulado. Dejó caer el tapón, clausurando de esa manera el desagüe de la tina. Se quitó la ropa que había usado en la cena en la que se habían despedido para siempre, y se sumergió en la tina para sentir las caricias reconfortantes del agua caliente que lo abrazaba. Se habían conocido un día de lluvia, y un día de lluvia se habían despedido para siempre.

¿Qué era lo que podía hacer? Sólo buscamos amor y muerte, guerra y paz; y el amor está perdido para siempre ¿Qué otra cosa podía hacer más que buscar la muerte que era más placentera que la vida? Todos deseamos morir, pero él lo deseaba más, él tenía más razones para elegir la muerte antes que la vida, que desde hacía tiempo no vivía.

Tenía consigo el cuchillo que lo llevaría a golpear las puertas de la muerte. Cerró sus ojos y respiró profundamente, tratando de llenar sus pulmones maltrechos del vapor que lo envolvía. Hundió el cuchillo en las venas de su brazo izquierdo y se mordió los labios ante el dolor. No gritó, sólo se tensaron sus mandíbulas y de sus labios mordidos brotó la primera gota de sangre que teñiría de rojo el agua de la tina. El cuchillo se sumergió en su piel con desesperación, con la furia de los dioses, la pasión de los amantes, la soberbia del poder y el ansia de destrozar de los pueblos bárbaros. La sangre, como si fuera un volcán en erupción, saltó a borbotones, mientras el cuchillo empezaba a escarbar un hueso. Con sus ojos vacíos de esperanza, miró como la tina se llenaba de la sangre liberada por el cuchillo salvador. Sabía que sentía dolor físico, sabía que le ardían las venas, sabía que se le bajaba la presión; pero estaba anestesiado por su voluntad de morir y por su desgano de vivir.

Sus ojos, que no habían encontrado amor en otros ojos y compasión en el destino, se empezaban a cerrar lentamente. Por un tiempo buscó mantenerlos abiertos para ver como se vaciaba de su sangre, para ver cómo se quedaba sin pasión, creyendo que su sangre era el veneno que mataba su alma inundándolo de dolor. Pero, pasados unos minutos, no quiso abrir los ojos aunque pudiera, y, mientras se desangraba en sus lágrimas rojas, se dejó morir solo en ese baño cubierto de vapor, en ese departamento cubierto de desolación.

Así fue como tomó su última decisión, así fue como llevó a cabo su último deseo. El caudal de lágrimas arrasó con los últimos vestigios de vida que le quedaban en ese cuerpo vacío de alma, por que ella se había ido de allí con sus lágrimas rojas, hacía ya mucho tiempo.

miércoles 24 de enero de 2007

TE ODIO



Con un beso me entregas a mi martirio y te odio por hacerlo. Te odio por que volvés aunque te eche, te odio por que me dejás cuando quiero que te quedes. Te odio por que jugás conmigo y por qué soy consciente de tu juego, pero no puedo dejar de ser tu juguete. Te odio por que me lastimás pero parece que busco que lo hagas. Te odio por que porque todavía me sangra la herida que abriste con las armas que te di.

Te odio por que sé que tu boca da frutos en otras pieles y otros labios. Te odio por que sé que tus labios todavía llevan mi sangre derramada en vano por tu beso. Te odio por que tus manos hacen obras de arte en otros cuerpos. Te odio por que tenés ese extraño y maldito don que hace que uno se sienta bello cuando deslizás una sola de tus caricias.

Te odio por que no hay nadie como vos, te odio por tu unicidad y por que me llenás de soledad. Te odio por que me diste ese cordel, y por que lo cortaste a la mitad de mi camino. Te odio por que me matás, pero podés darme tanta vida que me volverías tan inmortal como tu recuerdo. Te odio por que sabés cuánto te amo, te odio por qué sé cuán poco te importa. Te odio por que disfruté dándote el poder que tenés sobre mí, pero te odio por que supiste usarlo y lo hiciste, y cómo.

Te odio por que no quiero verte, pero deseo que estés acá nuevamente. Te odio por que me dejaste ir, por que no te diste cuenta de todo lo que podía darte; te odio por que sí lo supiste y no te alcanzó; te odio por que nadie te va a hacer feliz, pero no dejás que sea yo el que no lo haga.

Te odio por que me dejás, te odio por que me quitaste la música, me quitaste los libros, me quitaste los juegos, me quitaste los bares, por que me quitaste lo que pese a todo te transporta a mi memoria, a mis labios, a mis manos, a mi piel, a mis oídos y a mi olfato. Te odio por que no hay tumba que te acoja. Te odio por que tenés más vida que la muerte, te odio por que me das más muertes que vida, pero cuándo me das vida me das todo.

Te odio por que caminamos bajo el mismo cielo, por que pisamos el mismo suelo, por que estás acá pero a la vez te fuiste. Te odio por que los llevás a dónde me llevaste, por que tejés la misma tela que luego me quitaste. Te odio por que das besos como si fueras una araña y por que yo siempre caigo en tus trampas.

Te odio por que todo lo que me diste me lo quitaste en ese último beso. Te odio por que ese beso lleva tu traición e inicia mi desolación. Te odio por que ese beso está sangrando, y por que la sangre es mía y por que bebería de tus labios mil veces más aunque me desangrara por completo. Te odio por que tu cobardía te impidió quedarte, te odio por que tu cobardía te impidió hablarme, te odio por que no pudiste decirme a la cara que no querías verme más.

Te odio por qué sé que vas a volver cuando no quiera que vuelvas, te odio por que vas a arruinarme todo lo que intente. Te odio por que vas a regresar cuando ya no te necesite, pero más te odio por que vas a saber cómo hacer para que empiece a necesitarte.

Te odio por que construyo castillos de arena y vos jugás a ser el mar que se los lleva. Te odio por que si aparecés cualquiera desaparece y más te odio por qué sé que lo sabés. Te odio por que me someto a vos y sólo obtengo desprecio. Te odio por que lo hiciste una y mil veces y yo sigo esperando que no lo hagas. Te odio por que me hacés odiar mi esperanza, mi inocencia y mi cruel complicidad con lo peor que hay en vos, que se complementa con lo peor que hay en mí.

Te odio por que te escribo y por que no puedo dejar de hacerlo, te odio por que te invoco pese a que no deba hacerlo. Te odio por que sos mi deseo de muerte y por que siempre estás presente. Te odio por tu ferocidad, y por que ni si quiera me dejás odiarte cuando me decís las mismas mentiras que yo elijo creerte.

Te odio por que no puedo dejar de odiarte y por qué sé lo que eso significa. Te odio por qué sé que mi odio es una metáfora, una mera sustitución.

Te odio por que me conocés tanto que sabés cómo hablarme, como tocarme, como mirarme, qué decirme. Te odio por que me lastimás y siempre soy yo el que termina pidiéndote perdón por haberte llevado a hacerlo.

Te odio por que sabés que te sigo amando y que contra eso no encuentro una cura. Te odio por que sé que formas parte de mi muerte, de mis castigos, de mis reproches, de mis culpas y mis angustias. Te odio por que sé todo pero me comporto como si no supiera nada. Te odio por que gozo con tu presencia pero sufro con mi goce.

Te odio por tu encanto, por tu melancolía, por tu voz, por tu olor, por tus besos, tus caricias, tus palabras, y tus juegos. Te odio por que me vas a matar, una y mil veces más y yo seguiré poniendo mi cuello aguardando por la guillotina que llevas en tus labios.

Te odio por que me dejás, te odio por que vas a volver, te odio por que estás, te odio por que te ausentás, te odio por todo lo que sos, te odio por lo que no te animaste a ser. Te odio por que te vas, pero más te odio por que en mí, siempre estás.

domingo 21 de enero de 2007

EN EL MAR DE LA NOSTALGIA


Imagen perteneciente a Friedrich

Hoy la nostalgia se anida en mis ojos que miran al pasado buscando encontrar una respuesta para una pregunta sin sentido. Busco explicaciones sabiendo que no las hay, busco encontrar un por qué sabiendo que ni si quiera hay un para qué. Pero tengo una certeza y es la de la incertidumbre constante, la de los pasos en el mismo lugar, la de este hundirme cada día más en la peor de las cárceles, tras los lúgubres muros levantados por mi soledad.

Intenté volar, intenté huir de acá, pero el peso del pasado es demasiado, pero la oscuridad de los cielos me aterroriza, pero esos ojos que esconden un sol derretirá mis alas y nuevamente volveré a ahogarme en este mar de nostalgia que socava los acantilados de mi esperanza.

Miro con los ojos llenos de nostalgia, extrañando el futuro que nunca tuve, extrañando soñar con la promesa de alcanzar la felicidad. Pero ya sé de qué se trata todo, ya no hay sueño, estoy demasiado despierto. La felicidad es una gran mentira, una falsa promesa, un cheque sin fondo con el que nos pagan para soportar la angustia.

Pero, otra vez sin previo aviso, las represas de la angustia no aguantaron la presión, y me estoy ahogando entre océanos de lágrimas. Quiero vomitar esta angustia no digerida, quisiera vaciarme de dolor. Estoy confundido en mis palabras, corro el velo y descubro que no hay nada, sólo estas lágrimas que me bañan, solo esta garganta despedazada.

Hay algo que se me escapa y no sé qué es. Hay algo que se me escapa y sí sé qué es. Hay algo que se me escapa y tengo miedo de saber qué es. Hay algo que se me escapa y no me gusta reconocer qué es. Hay algo que se me escapa en cada latido, y en cada suspiro. Siento que me pierdo una vez más en medio de este inmenso mar de nostalgia, siento que me pierdo sin saber si me volveré a encontrar.

lunes 8 de enero de 2007

DESDE UN LABERINTO


He sido maldito en el pasado, y el presente y el futuro son garantes de la ejecución de mi sentencia. He abandonado sin razón y sin avisos, y hoy tengo que pagar por el daño que he causado.

Los dados han sido lanzados, y el destino su juego ya ha empezado. Con su noción de justicia he sido lastimado. “Ojo por ojo, diente por diente”, y aquí me ven caminando sin sentido desde el día en que las tinieblas devoraron mis ojos y me arrancaron las perlas que brillaban tras mis labios.

He quedado desnudo ante tus ojos, te he mostrado todos mis defectos e imperfecciones, mis puntos débiles y mis desilusiones. Me arriesgué a todo y no me arriesgué a nada. Entregué mi vulnerabilidad, enseñé mi tendón de Aquiles y he recibido un collar de espinas que ciñe mi garganta desde entonces. Confié y permití la entrada, dejé que una lengua se deslizara sobre mí como si fuera una serpiente que va sembrando fuego tras su paso. Hoy estoy cubierto de cenizas que forman una coraza que se pegó a mi piel por la viscosidad de toda la sangre derramada.

Me entregué tanto que hasta ya no era yo. Hipnotizado por la ilusión apoyé mi cabeza donde quisiste que lo hiciera; y, cuando mis ojos se abrieron, observé como desde lo alto la guillotina se abalanzaba feroz, como el más temible felino, sobre mi cuello.

Me he recluido tras paredes de recuerdos que sudan desilusiones en forma de lágrimas. ¿Querés que te hable de mí? ¿Querés que salga de aquí? Voy a gritarte mi historia para que el eco de mis palabras derribe estos muros que nos separan. ¿Te animás a entrar? ¿Sabés que te puedo lastimar?

Alguien golpea a la puerta, alguien quiere entrar. El pasado me asusta demasiado, por que ya escuché con anterioridad esa voz gentil, por mí preguntar. No tengo respuestas, sólo puedo correr confundido por estos intrincados pasillos huyendo nuevamente de alguien, escapándome nuevamente de mí.

Desde un laberinto te escribo, advirtiéndote del peligro que para ambos implica que emprendas la empresa de alcanzarme. Veo que estás por llegar, veo que te es fácil avanzar, veo que muchos obstáculos has podido franquear, ¿me irás a lastimar?

Sólo traigo desgracias a quién tiene el valor y la paciencia de invocar mi presencia. Sólo me traigo desdichas cuando acudo a ese llamado, cuando me expongo una vez más a una nueva mirada. Si supieras cuánto me duele ver cómo tropiezas con cada uno de los obstáculos que te pongo para librarte de mí. Si supieras cómo sufro cuando superas cada uno de esos muros que construyo y te acercas más a mí. El dolor que te causo se acrecienta cuando me llega a mí.

Huyo de vos, por algo lo hago, te advierto que hay un peligro en mí. Te doy pistas para que me encuentres, por algo lo hago, la soledad es más dolorosa que el dolor que me causás cuando yo te lo causo a vos.

Tengo tanto miedo de mi futuro, tengo miedo de perderme en estos intrincados pasillos y no ver más la salida y no volver a respirar aire que me permita aferrarme a esta vida.

El hedor había trascendido las paredes de ese solitario departamento, que más que vivienda parecía una caverna. Los vecinos hicieron lo suyo: se entrometieron y llamaron a la policía. Los oficiales llegaron frotando sus manos por que afuera hacía mucho frío. El olor dulzón y repugnante les hizo prever lo que encontrarían.

Entre los dos derribaron la puerta y entraron a la caverna y, como si fueran perros atraídos por el olor nauseabundo, siguieron el aroma hasta aquella lúgubre habitación. Allí lo encontraron desnudo, su piel estaba teñida de hongos, las moscas se hacían un festín a su alrededor y, a su lado, un gatito negro le lamía los ojos.

martes 26 de diciembre de 2006

LA MALDICIÓN DE UN ETERNO DESPERTAR


Imagen: "Presence of mind" de Magritte

He aprendido que hay dos estados básicos de la existencia para los que hemos sido malditos con el “don” de la cordura: el estado de vigilia y el del sueño. También he aprendido que “la vida es sueño y los sueños, sueños son”, y he aprendido que hay algo que nos impide el soñar.

Sueño y me despierta el hambre que tengo de tu cuerpo y de tu sangre, de tus besos y tu alma, de tu esencia y tu presencia. Despierto y sé que no puedo pedirte lo que no podés darme, pero el saber o no saber no es capaz de frenar el dolor ante el vacío que dejás cuando estoy sin vos.

Sueño y te tengo en cada fisura de mis labios, en cada grieta de mi piel, en el aroma que emana de mis poros incendiados con tus besos. Te tengo en la cárcel de la memoria que no deja de invocarte, te tengo en los párpados que te muestran ante mis ojos desnudos cada vez que se cierran deseando no abrirse más para contemplarte por siempre. Tengo presa tu imagen en mis ojos y tu imagen me tiene preso en tu recuerdo cada vez que estoy despierto.

Que mejor manera de concebir esto que tenemos cómo si fuera el alternar constante entre esos dos estados en los que transcurre la vida. Todo esto es como si fuera un sueño en donde nada tiene sentido, ni explicación, en dónde no hay que entender nada, en dónde no hay que pensar, sólo sentir y dejarse llevar por una cascada de deseos. Pero también todo esto es un despertar constante, un estrellarse contra la crudeza de lo posible.

Intento dormir todo el tiempo para traerte nuevamente aquí y deleitarme una vez más, con tu lengua dibujándome tus deseos en esta piel que da frutos nuevos con cada uno de tus besos.

Pero, todo se termina; y aunque mi cama sea la misma en la que volamos, y aunque la música que escuche sea la misma que fue leña alimentando el incendio, y aunque tu olor esté en mi piel y esté en mi ropa, y aunque te sienta respirar sobre mí, y aunque pueda volver a ver mil veces más como tus ojos avasallan a los míos; hay algo inevitable, y es que no estás y no puedo pedirte que estés.

En la primaria me enseñaron el ciclo de la vida: nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Pero hay algo no aprendido; me revelo ante la muerte, me revelo ante el final, me revelo a pensar que todo tiene que terminar, por que esta pasión crece y se reproduce, y por que el amor me es inmortal. Pero llega un momento, un fatídico momento en el que todo termina, en el que me das el último beso y en el que me dejas ir y en el que te tengo que ver partir una vez más, sin saber cuándo volveremos a soñar.

Tengo que hacer de cuenta que todo esto es sólo un sueño, que tu boca abriéndose ante la tenacidad de la mía no existió; que tus manos, no me exploraron y no me marcaron; que tu saliva no me ha bañado y alimentado, que tus olores no me embriagaron; que tus gemidos no me extasiaron. Por que la vida es esto, un transcurrir entre esos dos estados, sueño y vigilia, entre el deseo y la realidad. Tengo que hacer como si nada hubiera pasado, como si todo esto fuera un hermoso sueño interrumpido al que no puedo regresar. Tengo que aceptar que mi vida está signada por la maldición de un eterno despertar.

sábado 28 de octubre de 2006

ESAS CUATRO LETRAS (Presente)


Esas cuatro letras siguen siendo carceleras, aunque hoy permuten sus lugares y den origen a la nueva palabra que me segrega. Esas cuatro letras siguen enfrentándome con lo que es la soledad. Esas cuatro letras hicieron que aún siga parado detrás de la ventana, mirando como se me pasa la vida, mientras otros la disfrutan.

Ya no soy el que no puede respirar. Sin embargo, soy el que camina solo y sin sentido por intrincados pasillos, buscando una salida a todo esto.

La esperanza sigue cubierta por el invierno, sigo detrás de paredes que me encierran y me separan, sigo sin poder salir, sin empezar a vivir.

Mi pecho sigue fragmentándose, necesitando algo más vital que el aire y que sigo sin encontrar.

Sigo recostado en mi cama, aunque todos los días me despierte e intente vivir como viven los demás. Soy un autómata que sigue envuelto tras una máscara de humo que me separa y que me resulta difícil franquear.

Las palabras me siguen signando, el doctor me sigue diciendo que no puedo salir a disfrutar. La soledad, envejecida, sigue a mi lado escuchando mi pesar.

El mundo se extiende lejos de mí, hay un laberinto de cuatro letras que me separan, hay rumbos a los que no puedo arribar.

El pasado no está pisado, el presente es mera repetición, esas cuatro palabras me siguen separando, y me interpelan preguntándome “¿a quién Amas?”

ESAS CUATRO LETRAS (Pasado)


Una vez más, como tantas veces había sucedido y volvería a suceder, no podía respirar. El poco aire que buscaba llegar a mis pulmones, avanzaba pesadamente por mi pecho y parecía destrozarlo todo. Era fácil escuchar ese sonido agudo, ese llanto constante que surgía de mi pecho y que el doctor decía que era el típico sonido que acompañaba el Asma.

Estaba recostado en ese lecho que los demás llamaban “cama”, vencido por la tristeza de mi niñez postrada, de mi dificultad para ser alguien “normal”, y de mi imposibilidad de escalar los árboles, de correr sin sentido, o de galopar arriba de una bicicleta.

Afuera había hecho calor, adentro yo me sentía frío. De repente, el cielo se cubrió de nubes, las nubes se hicieron grises, el gris cubrió mi vida. El cielo se vistió de negro, como si llevara el luto por mi muerte como niño normal.

Tras la extenuación en la que me había dejado una nueva crisis, me dormí tras la máscara verde del aparato que construía alrededor mío una pared de humo con sabor a sal. Me desperté un par de horas después, sintiendo ruido en las tejas.

Me levanté de la cama, todavía algo mareado y debilitado y, al mirar tras la ventana, vi un manto blanco que cubría el verde esperanza del césped. Ese día granizó tanto que parecía como si hubiese nevado. Ese día empecé a vivir lo que era el invierno.

Yo miraba tras la ventana, deseando salir a la calle como lo hacían todos mis amigos, y jugar con ese manto blanco creyendo que era nieve. Pero ya sabemos como es esto, el enfermo no se podía enfriar, el doctor había dicho que no podía salir a disfrutar. El niño quedó encarcelado tras cuatro paredes, tras cuatro letras que lo separaban del mundo y lo enfrentaban a su soledad. Ese día supe del poder de las palabras, ese día supe que la soledad era mirar a mi lado y ver que nadie está.

domingo 22 de octubre de 2006

CERTEZAS DE AMOR Y DE LOCURA, (que son lo mismo)


Ya no estoy tan vacío, ahora tengo tus besos. Tengo el olor de tu piel impregnado en la mía. Tengo tus ojos reflejando los míos y siento tu calor incendiándome de nuevo. Tengo el recuerdo de tus manos erizando mi piel en un roce, tengo tus ojos cerrados mientras besabas los míos.

Ya no estoy tan vacío, ahora tengo recuerdos. Tengo en mi memoria el olor de tu pelo, la suavidad de tu piel y el gusto de tu cuerpo. Ahora tengo motivos para volver al pasado, antes volvía para encontrarme con el vacío del pasado que era tal vez menor que el del presente. Ahora en mi pasado hay una noche y una tarde que me han dejado marcado. Esos momentos fugaces que hacen que toda mi vida haya valido la pena.

Quisiera besarte de nuevo y llevarme tu dolor, sé que lloras sin lágrimas y que no sabés pedir amor. Si pudiera llenarme de tu dolor, endulzaría la sal de cada una de tus lágrimas con todo el amor que te tengo y que ya ni si quiera pido que me tengas.

Solo quiero mirarte, pasar horas mirándote, solo quiero bucear en tu mirada, lamer tu sonrisa, sentir tu respiración agitada agitando la mía. Como si fuéramos viento y mar, quiero que me lleves a creer que existe la paz.

Sé que no te tengo ni te tendré, y sin embargo insisto en esta inútil empresa. Sos como esa utopía de la que alguna vez me hablaste, como ese horizonte lejano que resulta inalcanzable. Sé que ya te perdí aunque ni si quiera te haya encontrado. Sé que hay un vacío en mí que no llenarás, sé que entre nosotros hay un abismo de palabras que ni si quiera el más profundo de nuestros besos puede tapar. Sé que te tengo y no, sé que te espero y no, sé que con vos no sé nada, que me pierdo en tu mirada sin saber que esperar. Sé que me querés pero no sé si sabés cómo quererme. Sé que te molesta cuán cursi me vuelvo al escribirte, pero también sé que no puedo no escribirte. Yo solo sé que ya no sé nada, sé que busco lo inesperado, que espero lo imposible, sé que ya no creo en lo imposible.

Sé que me conocés demasiado como para amarme, sé que te conozco demasiado poco y que por eso te amo como si te conociera demasiado. Sé que te me vas, se que te pierdo, sé que una vez más quedaré encerrado entre las paredes de mi soledad, pero quiero intentarlo. Quiero correr hacia el vacío y arrojarme para volar, volar sabiendo que voy a caer, que voy a estrellarme con la cruda realidad, pero volar…El amor tal vez sea eso, un mero salto al vacío, ese instante en el que uno cree que va a volar, pero sabiendo que inevitablemente se estrellará.

jueves 12 de octubre de 2006

LA ÚLTIMA BUENA NOCHE


En ese instante preciso y efímero que cabalga entre los límites de la vigilia y del secuestro onírico, en ese instante la vi. Su sensualidad era desgarradora, su misterio era abrumador, su mirada era paralizante. De su boca inmortal, aquella que besó a la humanidad, escuché la melodía fúnebre de sus palabras:

- Buenas noches, supe de su obsesión por mí y he venido a visitarlo para suplicarle que deje de implorarme. .

- Buenas noches. Tiene usted razón, no sé por qué, pero siempre hablo de usted. Está presente en todo lo que pienso, en todo lo que anhelo, es todo lo que creo, usted es cada una de mis irracionalidades, está en cada texto que escribo, pero más está en todo lo que callo.

- ¿Por qué? Usted es joven y yo demasiado vieja y caprichosa.

- ¿Acaso usted, que secuestra ilusiones desde el vientre, cree que soy demasiado joven para compartir su lecho?

- Es cierto, yo no establezco diferencias. No me importan edades, ni sexos, ni religiones, ni razas, ni ideologías, yo puedo besar a cualquiera.

- ¿Y por qué no me besa a mí?, ¿por qué no me lleva con usted?

- ¿Porqué cree que debería haber un porqué?

- No se confunda, yo no creo en nada, sólo en usted, y tengo la certeza de que aquí no puedo estar.

- Yo no soy cómplice de fugitivos.

- ¿Y quién le dijo que me quiero escapar?

- Usted, que me busca constantemente sabiendo que desde hace años me encuentra…

sábado 29 de julio de 2006

SIN PALABRAS


Caminaba sin rumbo por las calles de este pueblo con sabor a nada. El rumbo lo perdí cuando te perdí, y no sólo me quedé sin rumbo.

Me acuerdo el día en el que me dejaste solo, mirándote ir entre los sauces de esa plaza, que presagiaron mis lágrimas eternas, como si fueran gitanos. Ese día sentí lo que era morirse, y no me equivocaba.

Siempre creí que se podía morir por amor, y vos me contradecías. Tanto dolor sentí al perderte que mi garganta perdió sus sonidos, cada parte de mi cuerpo empezó a marchitarse cuando me trajiste siete inviernos.

Caminaba sin rumbo por las calles de este pueblo. Caminaba hasta que ya no pude avanzar más…

Quedé paralizado, aterrado al verte. Fue como ver un fantasma, el de uno más vivo que yo mismo, que estoy muerto hace mucho tiempo. Siempre creí que te podría volver a encontrar, te buscaba confiado en que había magia en el universo y que ella nos iba a acercar. Hay magia en el universo y la magia nos acercó, la magia negra, la magia negra…

Vi tu cara de horror cuando me acercaba. Vi como cada músculo de tu cara se tensaba al recordarme. Vi en tus pupilas que me veías como me ven los demás, como el loco de este pueblo, que se cree racional. Vi que me ves como aquel que perdió interés en la higiene, en el cortarse el pelo como hubiese querido tu padre militar, o en el cambiarse la ropa como decía tu madre anestesiada de pastillas para dormir.

No me reconociste hasta que me miraste a los ojos y te reconociste en ellos al ver que te mostraban nuestro pasado. Viste en mis ojos la tristeza acumulada tras siete años de dolor.

“Hola”, me dijiste y, como desde hace siete años, yo no pude decir nada. Mi garganta fue la primera flor en morir en tu recuerdo. La angustia insoportable que sentí me destrozó las cuerdas vocales que, desde entonces, me aturden con un grito mudo de dolor en las noches en las que no duermo.

Mi mano se escabulló en el bolsillo de las prendas que me cubren desde aquel día. Allí encontró la nota teñida de pasado, que escribí sabiendo que mis sonidos te los llevaste con vos. Te extendí mi mano, dándote lo último que me quedaba.

Recuerdo exactamente cada una de las palabras que escribí y mientras tus ojos se deslizaban por la tinta seca mezclada con lágrimas, en mi memoria brotaba el recuerdo a borbotones.

“Me siento derrotado en el campo de tus palabras. Siempre soy demasiado poco para vos, aunque seas demasiado poco para mí. Soy tu carga de tristeza, el reflejo de tu vacío y tu soledad, ese espejo roto que te trajo la maldición de los siete años. Sos mi herida constante, el sabor del dolor que impregna mis labios vacíos de palabras. Si supieras cómo duele no ser nunca bueno para vos, por que nada de lo que te doy te alcanza, porque te pierdo entre mis manos.

Si supieras cómo me duele, si supieras que aún vomito tus palabras. Nada tiene sentido para mí y yo nunca tuve sentido para vos. Tus silencios se resbalan por mi cuerpo llenando mi boca de vacío. Me siento desnudo de deseos, y ¿qué es la vida sin deseos, más que un silencio eterno al que llamamos muerte?

Lo único que me colma, es esta angustia que me fragmenta. Me dejaste solo, enfrentándome con tu ausencia y con que siempre te vas más allá de mí. Desde hace siete años, yo ya estoy más allá de todo y de todos.”

Al finalizar la carta, me miraste con la compasión insultante que hay en tus ojos, con odio e indiferencia, con amor y con lástima, con vida y con muerte. Me miraste una vez más y supe que era la última vez que tus ojos se posarían en mí de esa manera. Te diste media vuelta para, otra vez, irte. Pero, esta vez me dejaste sólo con mi cuchillo clavado en tu espalda, con mis manos rojas de tu sangre. Esta vez, me dejaste sin palabras.

jueves 15 de junio de 2006

SOS - (para mí)


Si te quiero es porque sos, mi amor mi cómplice y todo; y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos…

Te apareces por las noches en mi cama, cuando cierro los ojos y no duermo. Como un fantasma me susurras tus melodías, lastimando mis oídos de recuerdos imposibles e irreales. Siento tus frases envolviéndome en el frío interior, que escala cada vértebra de éste cuerpo vacío de tu esencia. Veo tus ojos que son espejos de los míos y tu sonrisa irónica dibujándose cuando inclinas tu cabeza…

Lloro… No puedo evitarlo ni negar que sea por tristeza. La tristeza te preexistía en mí. La tristeza es ese lazo de plata que nos une pese a los desiertos de palabras.

Tus ojos son mi conjuro, contra la mala jornada, te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro…

Sos la niñez que juega a ser grande, sos la adultez que juega a la niñez, sos quien vive en el país de Nunca Jamás y quien juega rayuelas. Sos la magia, sos la sumisión y la rebeldía, sos la fortaleza aparente y el caos en el interior. Sos quien tiene miedo aunque intente ser valiente. Sos quien busca modelos y no sabe que es la obra de arte. Sos mi imagen completada, el cuadro que la artista retrató, sos los labios con sabor a uvas, la nueva fruta prohibida.

Tu boca que es tuya y mía, tu boca no se equivoca, te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía…

Sos la nostalgia, el retrato en sepia, sos la melancolía, la utopía, y la desilusión. Sos las contradicciones, sos las certezas, sos los grandes discursos, sos las grandes críticas, sos la sospecha.

Y por tu rostro sincero y tu paso vagabundo y tu llanto por el mundo porque sos pueblo te quiero…

Sos quien tiene recuerdos felices, sos quien tiene recuerdos infelices. Sos a quien la vida rescató de la muerte, para salvarme de la mía. Sos quien me hace creer y quien destruye toda esperanza. Sos quien lleva la condena de las palabras de tu padre. Sos a quién redimieron las palabras de tu hermano. Sos a quién protege tu madre y quién protege a los débiles.

Te quiero en mi paraíso, es decir que en mi país, la gente vive feliz, aunque no tenga permiso…

Sos pelea y rendición, sos quien llora sin lágrimas. Sos quien mira al recuerdo, por rebeldía contra el calendario. Sos la amistad para mí, sos el amor para mí, sos el pasado y el presente, y el futuro truncado. Sos mi esperanza, sos mi apuesta, sos quien me falta, sos quien no me completa, sos quien denuncia mi falta permanente, mis imperfecciones cotidianas. Sos mi deseo de ser, sos a quien amo, contradiciendo tus deseos.

Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos, te quiero porque tus manos trabajan por la justicia…

Sos quien se pierde en el humo del cigarrillo, sos quien duerme para pensar, y quien despierta para soñar. Sos quien se mira en el lago y se ahoga en su imagen. Sos mi riesgo y mi peligro, sos mi perdición y mi brújula. Sos la luz al final del túnel, la curiosidad que se atreve a entrar al laberinto y que cree conocer todos sus pasadizos. Sos el viento y la calma, la simplicidad cotidiana, la paradojal complejidad de los pequeños detalles. Sos quien no me entiende, y sin embargo quien más me comprende, sos mi repetición.

Sos mi sueño de palabras, sos mi sueño de miradas, sos mi sueño de plazas invernales, sos la música, sos la estructura y la flexibilidad, el dique y el mar. Sos todos los bares infernales, melancólicos, nostálgicos y bohemios. Sos quien camina con inseguridad por el mundo, quien mira y no actúa, la soledad que se queja de las ausencias, sos el misterio, sos mi SOS. Soy para vos. SOS, para mí.

Letra intercalada: "Te quiero" de Mario Benedetti


viernes 26 de mayo de 2006

LA EDAD DE LA LOCURA


Vengo a tu tumba, por la magnética atracción que siento hacia vos y por la furia de los mares. Siento tu voz llamándome por las noches y susurrándome dulzuras en los oídos. He venido desde lejos para ver donde yace mi asesino.

Derramo tormentas desperadas, fríos e iras en tu lápida. Mis ojos, hechos con fragmentos de cielo, te buscan en ese silencio de flores marchitas, pero no te encuentran. No entiendo porqué te fuiste, porque no me dejaste envolverte entre mis alas y protegerte de vos mismo. Yo era tu ángel y vos tu demonio.

Me duele el ni si quiera poder odiarte por irte sin avisarme y sin decirme a dónde fuiste. Me duele porque te necesito, me duele porque te sigo amando y sigo soñando con un futuro, juntos. No te bastaron mis ojos azules, ni mis cabellos de oro. No te bastaron mis palabras en esta lengua que es tuya. Me abandonaste y, de este mundo insípido, me desterraste.

Ése día te llamé buscando encontrarte, pero al escuchar tu nombre del otro lado del teléfono, desaté las lágrimas. No me imaginaba que habías lavado las penas de tu cuerpo ahogándote en tu océano de lágrimas. Tenías tanta vida y te la llevaste. Yo también tenía vida y también te la llevaste. Es increíble pensar que en un cuerpo sin respiración, ni latidos, ni palabras, en realidad hay ocultas dos muertes: la tuya y la mía.

Sigo deshaciéndome frente a tu tumba sin entender porqué elegiste ése día. ¿Te habrás asustado por seguir con vida?, ¿no habrás soportado estar otro año más en este mundo?, ¿te diste cuenta ése día que todavía no habías nacido y que no valía la pena hacerlo?..., ¡¿qué te pasó?!... Necesito tus respuestas aunque tenga que buscarlas en las profundidades del infierno.

Siento fuego en mi cabeza. Siento vaciarse mis pensamientos. Siento sangre derramándose en mis oídos. Siento el fin de mis palabras.

Minutos después, y algo turbado por el estruendo, llegó Gabriel, el cuidador del cementerio. Se horrorizó al ver el cuerpo ensangrentado yaciendo sin vida sobre una tumba. Al leer en la lápida, justo arriba de una gran mancha de sangre, Gabriel se estremeció y dijo: murió el mismo día que nació, el día en que cumpliría la edad de la locura.

jueves 11 de mayo de 2006

FRÍO EN LA CIUDAD EN DONDE YA NO ESTÁS



Día nublado, como todos. El otoño se hace sentir hasta en la médula, anunciando la mortandad del invierno. Las hojas anaranjadas de los árboles deambulan llevadas por la brisa, para estrellarse finalmente en la frialdad, la dureza y el gris de la calle.

Hoy hace frío y, aunque me guste esa sensación en mi piel, no todos los “fríos” son iguales. Hay fríos que invitaban a mirar tras el ventanal empañado, a dejarse embriagar por el olor de una taza de café caliente. Hoy es uno de esos días.

Hoy hace otro tipo de frío. Es ése frío que te llega hasta el alma, es el que congela las lágrimas en el borde de los ojos de vidrio. Es ese frío que paraliza los latidos. Es el que siento calar hondo en mis viejos y jóvenes huesos. Es el que siento cuando ya no te siento. Es la eternidad hecha mortal, es el futuro que se equivocó y se anticipó en el presente. Es un presente que se arrastra herido hacia el pasado. Es un pasado que todavía no está pisado. Es un pasado que, espectral como el invierno, siempre vuelve.

Y el pasado, como todo lo que hay en mi vida, se parece a vos, es un fantasma que vuelve por las noches para descargar la pesadez del mundo en el pecho en el que todavía estás, incendiar mi garganta, desbordar mis ojos y dejarme vacío de mis mares de sal.

Te maté, te velé, te enterré, te resucité, te amé, te volví a matar, pero yo sé que sos inmortal. Todavía estás. La presencia de tu ausencia siempre está. Tu existencia siempre llega para colmar el vacío que hay en esta ciudad.

Camino por la ciudad en la que ya no estás. Las venas abiertas y llenas de hojas anaranjadas, me transportan sin sentido hacia las plazas que te invocan. Por la perversidad del destino, llego hacia aquel bar de la primera vez. Me asomé a la ventana y busqué esa mesa inmortal, pero ya no está más. Sin embargo yo, más que nadie, sé que el estar o no estar no dice nada. Se puede no estar y estar más presente que nunca. Esa es tu definición: no estás pero estás, estás pero no estás.

El bar ya no tiene mesas, está en ruinas, cayéndose a pedazos y transformándose en espejo de mí penuria. El bar está vacío, pero vos estás en mi interior, tomando esa taza de café. Desearía desterrarte, pero sos parte de quién soy, ya no hay manera de exiliarte.

Soy el viudo que sigue amando pese a que pasen los años. Soy el que se aferra y no te deja ir. Soy el que intenta seguir adelante, pero que intuye que no hay adelante, sino mera repetición. Soy el que siempre vuelve atrás, soy el que no quiere dejarte ir, pese a que ya te fuiste.

viernes 31 de marzo de 2006

EROS Y NIRVANA


Tu boca me dijo esas mágicas palabras, “te amo” y eso nos cambió la vida. Por fin estábamos juntos, yo lo había deseado desde hacía años. No podía creer como tu cuerpo se iba desnudando debajo del mío, era como un otoño primaveral, perdías las hojas pero nos llenábamos de vida. Nos explorábamos, nos aventurábamos, nos arriesgábamos, nos matábamos, nos revivíamos, nos sentíamos.

Tu pelo se perdía en mi pecho, acariciándolo todo. Mis manos buscaban tus límites, deseando lo imposible. Quería abrazarte fuerte, muy fuerte, hasta deshacerme en tus brazos, hasta que los cuerpos se evaporaran. Éramos agua hirviendo, recorriéndolo todo, sin represas; éramos agua desbordada, éramos tormentas que lo llevaban todo...

Tus labios apresaban los míos, tus manos oprimían mi rostro, tu lengua en mi boca era un huracán. Te sonreías de felicidad y me mirabas desafiándome a domarte. Parecíamos endemoniados cuyos cuerpos se retorcían el uno con el otro ante el menor y el mayor de los contactos. Éramos lucha y éramos paz, éramos conquistadores y conquistados, éramos dos errantes en el mar buscando el mundo nuevo.

Ya no sabía quién eras vos, ni quién era yo. No sabía si vos eras aire y yo era fuego o viceversa, pero éramos esa mezcla de elementos constituyendo algo nuevo e indescriptible.

Era un vértigo permanente, era una montaña rusa, era un subir sin límites y la sensación de caer rendidos en cualquier momento. Éramos dos ejércitos avanzando por territorio extranjero, conquistándolo todo, saqueándolo todo, arrasando con identidades, perdiendo nuestro cuerpo pero apropiándonos de uno nuevo.

Ya no veía nada, los sentidos eran inútiles para captar esa escena. Mis ojos no te veían, se cerraban solos por más que quisiera abrirlos. Veía todo anaranjado, como si estuviera frente a una amanecer de verano que me enceguecía. En mi boca había gusto a piel, a fuego, a cenizas, a victoria, a derrota, a éxtasis, a agonía, a dulce, a salado..., a vos. No había más sonidos que el de los gemidos que nos aturdían, que el de corazones que latían acelerados y el de respiraciones que iban y venían. Sentíamos el olor de nuestra piel quemándose, sentía el olor a campo que salía de tu piel. El tacto era fricción, era tan intenso que atraía toda la atención. Nuestras manos eran enredaderas, nuestros dedos estaban entrelazados y se confundían. Nuestras pieles eran más sensibles, se deshacían como nieve bajo el sol. Nuestras pieles eran los pocos límites que quedaban entre nosotros, lo que nos salvaba de confundirnos totalmente. Nuestras pieles eran completamente erógenas, no había ningún punto que no estallara al ser estimulado.

Perdíamos las categorías, no sabíamos que era el tiempo ni que era el espacio. No había tiempo, no había pasado ni futuro, sólo un presente que lo abarcaba todo. El tiempo pasaba como nos pasa la vida, sin darnos cuenta.

El espacio no existía, éramos una masa imprecisa, éramos un solo cuerpo. El mundo no existía, no importaba el afuera, no importaba el clima, la hora del día, no nos importaba ni la muerte ni la vida.

Ya no éramos humanos, éramos dos salvajes. Ya no había lenguaje, era imposible articular aunque sea una palabra. Éramos puro instinto, éramos exploradores, éramos arqueólogos de nuestros cuerpos. Me transformé en un alpinista que escalaba tu cuerpo, que subía por tu cuello buscando alcanzar la cumbre en tu boca. Continuábamos juntos, caminando por la cornisa de la locura.

Lo que sucedió fue un desastre natural. Era la tormenta que lo arrasaba todo. Era el huracán que desprendía hasta los cimientos. Era un terremoto que destruía el mundo a nuestro alrededor. Era un volcán en plena erupción, éramos lava hirviendo que avanzaba sin contención, sin contemplación. En el pico más alto de locura, de indistinción entre cuerpos, de fragmentación interior, llegué a la cumbre. Sí..., besé tu boca, me adueñé de tus labios, me embriagué bebiendo tu vino, te inundé de vida y, justo en ese momento, en el que caía rendido en tu pecho, me percaté que respiré tu último aliento. Y en ese momento de horror recordé tus palabras, “antes de rendirme, prefiero la muerte”.

domingo 19 de marzo de 2006

LO MEJOR ES SIEMPRE ENEMIGO DE LO BUENO (Carta para Miriam)


Por supuesto que recuerdo esa charla y también aquel día; no te equivocaste al caracterizar mi memoria (iba a escribir “elogiar”, pero a veces creo que tener buena memoria no es una virtud). Y tan buena memoria tengo, que aún hoy, experimento esos nervios cuando los recuerdos me trasladan a aquellos asépticos pasillos. Todavía siento esa expectativa, esa ansiedad, esa adrenalina llevando fuego por mis venas, y una mezcla extraña, pero familiar, de miedo y deseo. Me acuerdo del sonido del silencio paralizándolo todo (hasta mi habitual locuacidad). También recuerdo mi respiración limitada por el barbijo y mis manos cubiertas de un desagradable látex. Recuerdo las miradas cargadas de dolor y resignación que volaban... sí, pese a que pesaban una tonelada, y, como mariposas negras, se posaban en mi pecho oprimiéndolo todo, hasta el límite de lo tolerable.

Pero también me acuerdo de vos y de esa incomodidad compartida ante las presentaciones inútiles, ya que para ellos no les importaba nuestra existencia porque temían demasiado por la propia.

Esa fue una gran experiencia, una que no me olvidaré. Te agradezco por esa huella en mi memoria porque sé de tu responsabilidad en convertir una remota posibilidad en un espejo de nuestra propia soledad.

También recuerdo ese encuentro casual en el mundo virtual, no sé si vos te acordarás, y esa charla de palabras escritas en la que me hiciste sentir orgulloso. No seré aquel que se anima a robar un libro de la librería, pero puedo llegar a ser tan encantadoramente ridículo de sentarme en la mitad de la calle sin temor a la locura. Hacía mucho tiempo que no sentía orgullo por ser yo mismo, y esa vez me regodeé en mi propio narcisismo. Y lo hiciste de nuevo escribiéndome esa carta que muestro a quienes creen conocerme y que se sorprenden al leer que me conocés más que ellos.

Gracias por ver más allá que los demás, gracias por adelantarte en descubrir en mí lo que para otros no fue ni es evidente. Gracias por mirarme, por permitirte ver en mí esa “carita de tristeza, ese corazón de herida constante, esos pasos en el mismo lugar” y mi llamado a mi capacidad de resistencia. Gracias por no haberte quedado con eso, gracias por ver más allá y por descubrir que ya no soy el mismo.

También te agradezco por haberme permitido ingresar al mercado y deslumbrarme ante lo peor que hay en él. Freud decía que “Lo mejor es siempre enemigo de lo bueno”, y yo agregaría que lo peor siempre resulta ser lo más seductor. Gracias por instalar ese mercado en los intrincados pasillos de este laberinto; pasillos que seguramente también están lejos de ser lo mejor, puesto que nadie se atreve a visitarlos, excepto pocas personas y, entre ellas, estás vos, la maga o hechicera, la hija única o la generosa, la que tiene debilidad por los miserables.

Ya pasó algo de tiempo, conseguí ser profesor, ahora resta que me esfuerce por ser un profesor como vos. Eso significa dejar algo más que contenidos, eso significa poder mostrar libertad, independencia, crítica y el misterio que despierte la curiosidad, necesaria en todo aprendizaje. Espero que tu mirada no se detenga y que, algún día, puedas descubrir en mí tu autonomía y tu valor, porque cuando lo descubras te vas a complacer en saber que en eso, sin lugar a dudas, tuviste algo que ver.

sábado 18 de marzo de 2006

LA VENGANZA


Según el dicho popular, la venganza es el placer de los dioses y es un plato que se sirve frío. Hace años él se convirtió en uno de esos dioses, hace años me sirvió ese plato que todavía estoy vomitando. Yo no fui el único que lo hizo sufrir, éramos varios, pero por alguna razón en especial él me eligió a mí.

Yo tampoco sé porqué lo elegí a él, había tantos para atacar, todos teníamos defectos que resaltar, todos teníamos heridas en las cuáles se podía hurguetear. Todos somos Aquiles, todos tenemos ése maldito talón. Yo también lo tenía, aunque los demás daban por entendido que mi talón eran mis anteojos, mi poca estatura, o mis grandes ojos que le daban un aspecto ridículo a mi cara. Sólo él sabía cuál era mi verdadero talón y, como buen vengador, allí atacó.

Todo había empezado el año anterior a ese día que cambió mi vida para siempre. Me acuerdo que me gustaba humillarlo, me gustaba insultarlo públicamente sin que él pudiera defenderse, sentía placer cada vez que veía su rostro empalidecerse cuando abría su carpeta y encontraba el peor de los insultos escritos de manera imborrable en lo que era su tesoro.

Necesitaba atacar en él algo que era mío. Era él o yo, o me atacaba a mí mismo o lo atacaba a él y, encima, él se dejaba. Nunca sospeché que era algo tan grave, pensé que para él era un problema pasajero al igual que para mí. Sin embargo, aparentemente no era así, para él era algo importante, él llevaba a cabo su propia pelea.

Entre él y yo pudimos, fuimos los dos los que lo empujamos al borde del abismo. Él me responsabilizó sólo a mí, pero yo sé que fuimos los dos. A él también le convenía, él obtenía un beneficio.

Nadie lo vio así, sólo lo hice yo, que me ataco todo el tiempo por pensar de esa manera. La herida está abierta para siempre, no hay manera de cerrarla. Todo lo que hago o digo me termina llevando a mí mismo y a esos días. Siento que su fantasma me atormenta por las noches, siento su presencia erizándome la piel. Veo su mirada entristecida, veo su labio temblar, veo su rostro emblanquecerse, siento sus latidos agitándose en mis oídos, siento su respiración entrecortada quitándome la mía.

Sus ojos fueron los ojos de todos los que me miraban de manera acusadora, ¿cómo no acusarme si él así lo decía?, ¿cómo no acusarme si todos los que antes estaban conmigo ahora decían que yo lo había empujado?, ¿cómo no acusarme si todos empezaban a “recordar” ahora, cuánto lo martirizaba? Nadie se acordó de su complicidad para conmigo, nadie se acordó cuánto disfrutaban mi acecho continuo, nadie se acordó que no lo defendieron de mí. Pero a partir de ese día, todas las miradas se posaron en mí.

Todo había sucedido después de la clase de Educación Física de ese Martes. La clase había terminado a las 7:30 de la tarde y todos habíamos abandonado el colegio, o por lo menos eso pensábamos. Todos nos fuimos menos él, él ese Martes se quedó. Aparentemente, cinco minutos antes de que la clase terminara él dijo que iría al baño y sólo salió de allí cuando los inmensos patios del colegio le pertenecían.

El Miércoles, cuando llegamos al colegio en la mañana, nos dijeron que no podíamos entrar. Había policías y una ambulancia, y tanto ruido de sirenas me habían despertado. Yo estaba contento, ese día no tendría clases y podría dormir toda la mañana.

Entonces la ví a ella llorar, se acercó corriendo y me dijo que lo habían encontrado ahorcado en el primer piso del colegio. Había usado su cinto y se había colgado desde la baranda del balcón.

Me quedé shockeado, el día anterior lo había visto, el día anterior lo había humillado. Sentí veneno corriendo por mis venas, sentí el amargo gusto de la muerte en mi boca y vomité apenas llegué a casa. El plato ya había sido servido...

Llegué a mi casa todavía algo confundido, algo shockeado, algo incrédulo. Sólo se cree en lo que es asimilable, lo que no puede ser soportado no debería existir, pero existió.

Los días siguientes fueron tormentosos, decretaron duelo en el colegio y se hizo una misa por su alma en pena. Todos me miraban mal, todos susurraban cuando me veían, todos insinuaban, todos sospechaban, todos sentenciaban.

La presencia de su ausencia me era insoportable, su ausencia me era más intolerable que su presencia. Pero todo se agravó, todo se empeoró el martes siguiente cuando ví en el folio de mi carpeta de Inglés ese sobre. No tenía ninguna anotación..., lo abrí. Reconocí su letra, mi piel se erizó y las lágrimas estallaron en mis ojos. Me decía que era un hijo de puta, que me odiaba, que su vida era un martirio por mi culpa, que le había arruinado su futuro. Y también estaba la condena, recuerdo con exactitud esas palabras “la culpa que vas a sentir por el resto de tu vida te va a martirizar tanto como vos me martirizaste a mí”. Así fue durante estos años, y por eso estoy escribiendo esta carta explicándoles porqué lo hice. Aunque él ya esté muerto, mi suicidio también es venganza.

viernes 17 de febrero de 2006

SOS UNIVERSAL (Collage de Autores y de un mismo Dolor)


Imagen: "El grito" de Edvard Munch

Estoy tan cansado de estar aquí, sorprendido por todos mis miedos infantiles. Estas heridas parecen no sanar, el dolor es demasiado real, hay tanto que el tiempo no puede curar...

Soy sólo fragmentos del hombre que solía ser, demasiadas lágrimas se deslizan sobre mí. Estoy lejos de casa y estuve enfrentando esto solo por mucho tiempo. Siento que nunca nadie me dijo la verdad acerca de crecer y sobre la lucha que sería. En mi enmarañado estado mental, estuve mirando atrás buscando a dónde me equivoqué.

Soy sólo las sombras del hombre que solía ser y pareciera ser que de esto no hay salida para mí. Antes te traía la luz del sol, ahora todo lo que hago es entristecerte ¿Cómo sería si estuvieras en mis zapatos?, ¿no entendés que es imposible elegir? No hay ningún sentido en esto, a todos lados a dónde voy tengo que perder.

Una vaga desilusión fue debilitando y esfumando mis sentimientos y mis alegrías habituales; el jardín no tenía perfume, el bosque no me atraía, el mundo se extendía alrededor de mí como un saldo de trastos viejos, insípido y desencantado; los libros eran papel; la música, ruido. No de otro modo pierde sus hojas el árbol otoñal en torno de sí. No lo siente, y la lluvia, la escarcha y el sol resbalaban por su tronco, mientras su vida se retira a lo más íntimo y recóndito. No muere. Espera.

Pienso que cada uno tiene que conocer en la vida muchas tristezas. Lo notable es que cada tristeza es distinta de la otra, porque cada una de ellas se refiere a una alegría que no podemos tener. Usted me hablaba de catástrofes presentes, y yo me acuerdo de sufrimientos pasados; tengo la sensación de que me arrancaron el alma con una tenaza, la pusieron sobre un yunque y descargaron tantos martillazos, hasta dejármela aplastada por completo.

En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.

Estoy muerto y quiero vivir, esa es la verdad. Mi mayor deseo era vivir, por fin, un poco, dar algo de mí al mundo exterior, entrar en contacto y en lucha con él.

Pero siempre es difícil nacer. El pájaro tiene que penar para salir del cascarón. El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo.

Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí ¿Porqué había de serme tan difícil? No debemos temer ni creer ilícito nada de lo que nuestra alma desea en nosotros. Decir la verdad es muy doloroso, pero lo es aún más tener que mentir. La verdad es una cosa muy dolorosa de oír y de manifestar. Pero había otra cosa que me hacía sufrir: ¡Yo soy uno, mientras ellos, son todos! Ocultaba mis verdaderos sentimientos tras el tono burlón; recurso en el que se escudan los corazones tímidos y solitarios a los que se pretende llegar directamente y que hasta el último segundo se niegan a entregarse y temen manifestar sus verdaderos sentimientos.

Lo que extingue la fuerza es la terrible impotencia de estar solo, de no tener junto a uno un alma que recoja un desesperado SOS. Yo necesito amar a alguien, darme forzosamente a alguien. Entonces, el amor llegaba siempre al tiempo de la lluvia. Así vino otra vez: agua llovida recogida en las manos, agua clara sobre la sed oscura. Y las gotas caían, resbalando sobre la piel nublada, verdecida, sobre el alma lavada. Y yo quedaba en medio de la tarde, vestido de lluvia.

He de llorarme tanto...y aquel amor que vino con la lluvia se me irá de la vida, con el llanto.

Salvame.., salvame..., salvame, que no puedo enfrentar todo esto solo. Salvame..., salvame.., que estoy desnudo y lejos de casa. Adentro mi corazón se está quebrando, mi máscara tal vez se esté descascarando, pero mi sonrisa sigue en pie: the show must go on.

lunes 13 de febrero de 2006

AÚN HOY


Imagen: Sleepwalkers de Dariusz Klimckzak

Aún hoy recuerdo esa vieja charla. Yo estaba triste, o tal vez ese nombre no describa exactamente lo que sentía, como toda palabra. ¿Te acordás?, siempre me decías eso: “las palabras son limitadas, no llevan en sí el sentimiento”, y aprendí que tenés razón. Te conté de mí y vos me escuchaste... callado, como siempre. Cuando terminé de hablarte de ese vacío que lo abarcaba todo en mi pecho, te miré y me dijiste que me entendías. Vos siempre buscabas entenderme y decir algo que calmara mi inquietante quietud, aún hoy intentás hacerlo.

Ese día no lo hiciste, esa vez, en vez de hablar de mí, hablaste de vos. Me dijiste que nunca antes lo habías hecho, que ya no sabías cómo sonaba tu voz entristecida por recuerdos pasados que siempre son actuales. Ese día te escuchaste, y yo también te escuché. Me contaste de tu soledad, de tus vacíos y tus máscaras. Hablaste de tus armaduras, de tus encierros, de tu desesperación, de tu angustia y de tus culpas. Me contaste de tu debilidad y, al hacerlo, yo descubrí tu fortaleza. Me contaste de aquel día, el día en que besaste la muerte. Era tu primer beso, fue con ella, y casi fue el último.

A vos no te costaba escribir, creo que nunca te costó y, prueba de ello, son las extensas cartas que conservo y que llevan tu nombre o tu seudónimo. En esa ocasión también habías escrito una carta. Ya habías pedido las disculpas, no habías dado explicaciones, era imposible hacerlo porque no las tenías. La hoja estaba llena de tinta y de lágrimas, como tantas veces las llenaste. Siempre fuiste muy sensible y ese día, te desangraste en tu propia sal. Tenías mucho miedo, como siempre, pero esa vez estabas demasiado cansado de soportar tu presente y el peso de tu futuro, que te aterraba cada vez más. Ahora entendías un poco más que antes, ahora temías más que ayer.

Me acuerdo que me hacías preguntas que no dejabas que te responda, respondías vos solo, parecía que hablabas con vos mismo y no conmigo, que era ese chico desesperado de ayer que le hablaba al joven desesperanzado de hoy. Preguntaste: “¿Alguna vez sentiste que el mundo se te derrumbaba encima?” y contestaste “yo sí”; “¿sentiste que te morís por dentro?, yo sí; ¿sentiste que tu cuerpo es un fantasma que camina errante por la vida?, yo sí; ¿quisiste acabar con tu mundo?, yo sí...”

Tenías todo pensado, lo habías hecho desde hacía años; creo que siempre te atrajo pensar en tu último día; eso lo descubrí tiempo después, mientras leía tus cartas. Incluso en esa charla me dijiste una frase que dejó una huella en mi memoria, dijiste que el fantasma de la muerte aparece para recordarnos que estamos vivos...; y vos necesitabas tanto vivir..., y aún hoy lo necesitás, aún hoy.

Al contarme, me dijiste que ya entonces sabías que el alcohol y las pastillas iban a abrirte una puerta y vos necesitabas huir. Cual el Erdosain de Arlt, te preguntabas “¿porque no habrá en la noche un camino abierto por el cual se pueda correr una eternidad alejándose de la tierra?”. Tenías lo necesario, estabas solo, con mucha tristeza y todavía no comprendías lo que te pasaba. Las culpas que sentías eran demasiadas..., vos siempre tan burgués, tan lleno de ideales imposibles que te resultaban angustiantes. Siempre queriendo responder al ideal, sabiendo que en tu caso es imposible. Eras tu propio inquisidor y buscabas condenarte..., aún hoy.

Llorabas mucho, tu cara estaba signada por las caudalosas cuencas del dolor. Estabas vacío, no tenías sueños, y ya no te quedaban amigos puesto que te habías encargado de que se te alejaran. Te estabas pudriendo por dentro y ellos temían contagiarse. Eras un leproso que llevaba la peste en su interior. Fuiste como un animal que sabe que debe apartarse de la manada, porque la vida que los unía ya no los unirá. Te fuiste solo, a morir.

Las mariposas, que para otros comenzaban a alborotarse en el estómago; en tu caso eran negras, anunciando un destino sombrío, la humedad eterna de tus ojos y tu corazón apagándose mientras perdían aire tus pulmones.

La adolescencia, que recién empezabas a vivir, y que para otros era una promesa, para vos había traído la peor de las noticias, y vos eras su único destinatario. Estabas tan solo; solo frente a tanto dolor, frente a tanta incomprensión, y frente a tanto temor. Querías escaparte pero era imposible hacerlo. Querías irte lejos pero sabías que el dolor estaba enraizado en tu pecho. El dolor parasitaba tu alma, que se pudría cada vez más en tu cuerpo sin sentido. De vos no había escapatoria..., te acercaste demasiado al fuego y te quemaste, como si fueras Ícaro cuando intentó volar. De ahí te quedó el miedo a volar con libertad, y tus alas de cera se volvieron de piedra, aún hoy...

No había soluciones, no había escapatorias. La máscara sonriente e hipócrita que usabas, ya no te protegía. Ya no eras vos, eras otro y eso te atormentaba. La metamorfosis se estaba manifestando y te estabas convirtiendo en el peor de tus temores. Pensabas en todo eso mientras sacabas cada pastilla de su envoltorio. Eran blancas y redondas, te parecían un collar de perlas aplastadas y querías ahorcarte con ellas. El whisky estaba a tu acceso porque alguien lo había regalado y en tu casa a nadie le interesaba tomarlo. Te serviste un vaso y, de tu mano humedecida, brotaron esas perlas. Te deshacías de ellas esperando así deshacerte de tu dolor. Tus lágrimas, aquellas que tantas veces quisieron asomarse en nuestras charlas, caían en ese vaso salando tu pócima mortal... Esa combinación te iba a matar: lágrimas, whisky y pastillas. De eso te ibas a morir, de tanto llorar por las noches en tu insoportable soledad.

Mirabas como se disolvían en el vaso tus verdugos y llorabas más; como siempre, te costaba respirar. Te llevaste el vaso a tu boca, besaste a la muerte y sentiste el whisky quemándote la lengua, incendiando tu boca, llenando tu vida de cenizas.

En ese fugaz y lento instante... pensaste, (algo habitual en vos, siempre el pensamiento te coarta), y en vez de tragar tu veneno, lo escupiste. Te sentías vacío, vencido, sin fuerzas, ni sueños.

Después, tan insoportablemente previsor como siempre, te encargaste de borrar las evidencias: quemaste la carta, lavaste el vaso y te bañaste esperando que el agua se llevara tu dolor y tus lágrimas, y tu cuerpo con sabor a nada. A partir de ese día te acostumbraste al dolor. El sufrimiento pasado te anestesió de los que vendrían después, parecías tan insensible... Me dijiste que te convertiste en la última víctima de Medusa, la habías mirado de cerca y habías pagado el precio. El vacío se hizo carne de tu carne y la cicatriz marcó tu rostro. Aún hoy llevás la herida, aún hoy...

Tu adolescencia no fue fácil, para mí tampoco lo fue, ¿para alguien lo será?; pero vos te protegiste tras una armadura gélida de cinismo, ironía y un supuesto sentido del humor, que te hacía inaccesible. Nadie pudo acceder a vos, creo que sólo lo hice yo, aunque a vos te moleste seguir demostrándome cuán importante soy para vos, aún hoy...

En momentos de dolor te costaba respirar, perdías la conciencia, querías cerrar los ojos, pero nadie sabía interpretarlo. Te recluiste en tus paredes que se volvieron tu refugio y luego tu prisión. Eras carcelero y presidiario, eras tu amo y eras tu esclavo. Querías protegerte, preservarte del mundo y, en cierta medida lo lograste, pero el costo fue muy alto. En tu refugio sólo había espacio para vos, y así te quedaste aún más solo. Allí adentro te asfixiaste y luego buscaste en mí algo del aire.

Me contaste que por mucho tiempo no pensaste en ese día, fue como si estuviese borrado de tu memoria aunque sabías de su existencia; no lo hablaste con nadie, yo fui una de las pocas personas a las que se lo contaste, aunque lo hiciste siete años después. Fuiste fuerte pese a que siempre fuiste un cobarde. Fuiste cobarde hasta para ser cobarde. Me dijiste que tuviste miedo de no morirte, por eso no te mataste. Pero a partir de ese momento se instaló esa duda que aún hoy se te presenta: todo este tiempo, ¿estuviste vivo o estuviste muerto?

Después de ese día te tocó sufrir más, pero siempre aguantaste. En el fondo estabas destrozado, pero nadie miró a tus grandes ojos, si no lo hubiesen descubierto. Tus ojos eran las ventanas de tu cárcel, y nadie miró a través de ellas al chico que lloraba acurrucado en un rincón. Tu mirada siempre estuvo envuelta de misterio, siempre mostró tristeza, pero nadie se animaba a mirarte; aún hoy, ni si quiera yo puedo hacerlo..., temo tanto encontrarte.

Si ellos te miraban, les ibas a mostrar tu dolor y para ellos eso era intolerable. Siempre me decías que no hay peor ciego que el que no quiere ver y tenías razón. “La verdad es una cosa muy dolorosa de oír y de manifestar” me dijiste citando a Wilde. Aunque para él y para vos, “lo es aún más tener que mentir”, aún hoy...

Te gusta pensar que hubiera pasado si lo hubieras hecho. Te gusta fantasear con tu propia muerte, te gusta pensar que alguien pudiera llegar a extrañarte.

Nunca pensé en vos, siempre me lo reprochás aunque no me digas nada. Seguro que soñás con que lo haga y usás la prosa para dar lugar a tus fantasías. Hoy soñás con que te escribo esta carta, pese a que sabés que jamás lo haría. Si esta carta fuera real, vos sabés lo que te aconsejaría, yo te diría que sigas soñando, porque eso significa que estás vivo. “Cogito ergo sum”, decía Descartes,“soñá, luego existí”, te digo yo. Aún hoy, te es más fácil soñar, soñar que estás vivo aunque, desde hace años, yo sepa que estás muerto..., aún hoy.