El laberinto está compuesto por pasadizos y habitaciones intrincadas, ideado para confundir a quien entre e impedir que encuentre la salida. En el laberinto habitaron el Minotauro, Teseo, Dédalo e Ícaro. “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”. A veces soy híbrido entre instinto y lenguaje, otras héroe griego, algunas arquitecto de mi encierro y, otras tantas, libertad en caída libre.

sábado, 28 de noviembre de 2009

SOLOS, HASTA EN LAS DESPEDIDAS

Imagen "120 km/hr" de Jan Saudek

¿Qué le voy a decir si se va?
¿Qué vuelva?
¿Que no?
Que voy a ausentarme en la noche
para que no duela más
Que voy a mirar ese techo
que voy a pintarlo de gris

Me estás arañando la piel
por dentro
por fuera
de garras azules turquesas
de pocas palabras del fin

No cuento mis dedos desnudos
por no acordarme de vos
(“Despedida” de Lisandro Aristimuño)

Corre sin parar. Desesperado. Las piernas duelen, pero el deseo de llegar es más fuerte. Corre sin parar. El corazón escala por su pecho y quiere salir expulsado por la boca, pero la caída al piso acaba con el movimiento. Tiene tierra en la cara. Tierra que se le pega a sus lágrimas saladas. No llegará. Se levanta, sacude la tierra del pantalón que se rompió en las rodillas al caer y limpia su cara desesperanzada. El tren se le va. Mete las manos en los bolsillos y sólo encuentra el boleto estéril y un par de pelusas del pasado. Perdió su única chance de irse.

Había logrado irse del hospital. Llegó a su casa y encontró todo tal como lo dejó antes de partir. La mujer deja caer el bolso y llora viendo el pasado que no se hizo presente y que jamás conseguirá ser futuro. Llora sola. No quiso que nadie la acompañara. Mucho menos él, que meses atrás decidió no estar y la dejó sola. Se para frente al espejo y ve los efectos en su cuerpo. Sus pechos están inflamados. Tiene leche, pero nadie a quién alimentar. Su hijo murió en el parto. Su vida estuvo en riesgo. Los médicos decidieron extirparle el útero. Ya no será madre. La leche se derramará de sus pechos, como las lágrimas desde sus ojos.

En sus ojos veía esos más de veinte años de pareja. Años de complicidad, de alegrías y tristezas compartidas. Mucho tiempo sorprendiéndose de ver crecer al otro y sentirse reflejados en ese crecimiento. Toda una vida, juntos. Años memorizando qué le gustaba desayunar, cuál era su comida preferida, las películas que podían compartir en una noche lluviosa de viernes. Y ahora, a borrar todo… ¿sería eso posible? Ya había firmado el divorcio. Pero todavía no podía separarla de su mente. Le era inevitable abrazar la almohada al dormir, ahora que ya no estaba ella.

Ella no estaba esperando a todos en la puerta, como siempre. Algo pasaba en el colegio. No entendía bien qué. Había mucho revuelo. Cursaba el quinto grado de la escuela primaria. Muchos padres preguntaban cómo había sido, qué había pasado, cuándo retornarían las clases. Él estaba solo con su delantal blanco y su mochila que pesaba la mitad de su peso. Se metía entre la gente buscando llegar al foco de la noticia. Se sentía asfixiado entre tantos señores y señoras altas. En medio de ese entrevero de personas, escuchó la noticia. Quedó estupefacto unos minutos. Luego salió corriendo junto a sus lágrimas. Llegó a la placita a la que tantas veces había ido a jugar al fútbol. Sacó de la mochila las flores que había robado del jardín de la vecina, las tiró con bronca al piso y las pisó. Su señorita, esa maestra de la que estaba enamorado, se había accidentado y había muerto.

Muerto, así se sentía. No podría viajar. No podría escapar. Tendría que volver hacia ese sitio que ya lo había expulsado. Volver a recibir las humillaciones, a vivir sin esperanza, a conformarse con seguir sobreviviendo en un plano de mediocridad, de alegrías abortadas, intrascendentes. Volvería a estar rodeado de la familia, de los amigos, de las soledades tremendas que, por las noches, le impedían respirar.

Respirar le dolía. No podría amamantar. No podría ser mamá. Tendría que reformar nuevamente la habitación. Sacar todos los adornos celestes, las cortinas, la cuna, los osos de peluche y la ropita con olor a bebé. Su bebé olía a muerte y estaba enterrado en un cajón. Su útero también empezaba el proceso de putrefacción. Y su cuerpo estaba tan lleno de vida que parecía burlarse de su mente, de su vida, de su departamento decorado para el niño que, finalmente, nunca vendría.

Ella no vendría a decirle que extrañaba sus abrazos. No podría abrazar. No podría ser el hombre que la acompañe en las noches hasta que alguno de los dos muriera. Ya no llegarían a ser ese par de ancianos que caminarían juntos por la plaza, tomados de la mano, viendo como el sol se oculta tras los cerros en el atardecer. Ya no serían los abuelos que recibirían juntos a los nietos. Ya no podría dar la receta de tantos años juntos, sin traiciones. Con las firmas del divorcio, daba muerte a su ideal.

Ideal, ése día iba a ser ideal. Él le daría las flores y le diría que de aquí a diez años volvería a pedirle casamiento. Pero ya no podría entregar las flores robadas. No podría crecer, como él quería, y llevarla hasta el altar. Ya no valía la pena ser el mejor alumno. Ya no quería aprender más matemáticas. Tampoco quería saber nada de ciencias, ni de lengua, ni de nada. Se imaginó que ella lo llamaba, desde esa calle en donde murió, y él no podía ir porque estaba atado a esa plaza con su delantal blanco, su mochila pesada, las flores bajo su pie derecho y sus lágrimas que no encontraban consuelo.

Consuelo hubiese necesitado, pero nunca lo encontró. Llegó a su casa con el bolso intacto. Nadie preguntó nada. Reconoció el ruido ensordecedor del silencio. Se encerró en su habitación, una vez más, y miró el vacío a su alrededor. Todo era igual que antes. No, las cosas no cambiarían. Debería adaptarse o escapar. El tren ya se le había pasado, pero ya encontraría otra forma de huir. Se acostó en su cama y empezó a escribir esa última carta.

Leyó la carta que días antes le había escrito al hijo que pronto nacería. La hizo pedazos. Miró sus manos vacías. ¿Qué haría con todas las caricias que tenía para darle? Vio sus brazos que no sostenían nada ni a nadie, ni siquiera a ella misma. Sintió la piel tan fría que se estremeció de un escalofrío. No se despertaría en las noches a cambiarlo y alimentarlo. No le enseñaría a dar sus primeros pasos, ni estallaría en emoción al escucharlo decir sus primeras palabras. Se acostó en posición fetal sobre la cama, abrazó muy fuerte contra su pecho al primer oso de peluche que compró, y estalló en lágrimas.

Con lágrimas como únicas testigos de su dolor, se metió en la cama desértica. Sintió frío. Se tapó con todas las sábanas, frazadas y acolchados que encontró. Sintió miedo ante la inmensidad de la ausencia. Levantó las sábanas por encima de su cabeza, como cuando era muy chico y tenía miedo. Entre tanta oscuridad, no encontró a nadie, ni siquiera a él mismo. Volvió a llorar como cuando era niño.

El niño caminó desde la placita hasta su casa. Un nuevo escándalo esperaba. Había gotas de sangre en la vereda. El auto estaba abollado. Los policías se llevaban a su padre. No entendía por qué hasta que escuchó que había atropellado a una maestra y, atemorizado, escapó. El niño entendió todo. Golpeó el auto con toda su furia y salió corriendo, con lágrimas en los ojos, su guardapolvo blanco (ya no tanto) y su mochila gigante. No volvió en días. Cuando lo hizo, todo lo que pudo hacer fue llorar.

Ayer leí una entrevista que me dejó pensando.
El entrevistador pregunta: “¿Siente que siempre ha estado solo?”.
Allen Ginsberg responde: “Por supuesto. ¿Usted no? ¿No lo siente todo el mundo? Estamos solos. Morimos solos. En nuestro lecho de muerte, ¿cree que vamos con nuestros novios y novias, productores de Hollywood y abogados? Estamos en nuestro lecho de muerte todo el tiempo.”

10 comentarios:

Lolo dijo...

Tristes y hermosas historias encadenadas. No digo mucho más porque este tema de la soledad en la muerte es algo que me duele mucho en estos días. Un abrazote.

olorcito a siesta dijo...

Me gustaron mucho... pero revive en mi el inevitable miedo a quedarme sola...

TE QUIERO MUCHO EMA!.... prontito de nuevo nos vamos a ver... besos

Desde un laberinto dijo...

Lolo:
Me imagino lolito. Nada de lo que mi mente pueda imaginar es tan terrible como lo que pasó. Te mando un abrazo fuerte y sabés que estoy para lo que necesites.

Emi:
Yo también te adoro, linda :)
Me alegra que te hayan gustado mucho las historietitas. Yo también tengo el mismo miedo y es tan grande, pero tan grande, que muchas veces "condiciono lo que temo". Besote enorme y sí, largá bs as y venite así nos reímos como locos por las madrugadas

Kutxi dijo...

Qué tema, la soledad, creo coincidir con Ginsberg, aunque él lo expresa con una belleza a la que yo jamás podría aspirar: " Estamos en nuestro lecho de muerte todo el tiempo."

Una metáfora brillante, dura, real.

Perfecta entrada.

Un abrazo grande,

Kutxi.

Desde un laberinto dijo...

Kutxi:
Qué linda metáfora, no? Gracias por llegarte al laberinto y por dejar por aquí tus pasos. Me alegra que te haya gustado. Un fuerte abrazo desde mi propia soledad

La candorosa dijo...

Leerlo, un placer!

Y en estos fragmentos de vida y soledades, no puedo menos que sentir todas las frustraciones y pneas que deambularon en cada letra y en las que cruzamos a diario por las calles...

¡Metáfora interesante la de Ginsberg!

Pues la vida es un largo tránsito de soledad.

Besotes!!

Desde un laberinto dijo...

Ale:
Muchas gracias! Me alegra que sea una tarea placentera entonces! :)

Besote grande para vos, que estés muy bien vos y tu candorosito

PAOLA dijo...

Hola!!! te dejo un fuerte abrzo con los mejores deseos para el 2010

raya dijo...

Esto está muy bueno! Leí que dices que jamás serás un buen escritor ¿perdón? Yo te encuentro buenísimo. A ver si te pasas por el mío, que esto de andar de blog, en blog me desordena un poco, y nunca más puedo volver a los que me gustaron.
Saludos y lo mejor para el año que viene
:):)

Desde un laberinto dijo...

Paola:
Muchas gracias, igualmente para vos :)

Raya:
Me alegro que te haya gustado este texto. Gracias por llegarte al laberinto y por dejar tus pasos por aquí. Ya me llegaré por allá. Saludos y también te deseo lo mejor para el año que viene :)