El laberinto está compuesto por pasadizos y habitaciones intrincadas, ideado para confundir a quien entre e impedir que encuentre la salida. En el laberinto habitaron el Minotauro, Teseo, Dédalo e Ícaro. “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”. A veces soy híbrido entre instinto y lenguaje, otras héroe griego, algunas arquitecto de mi encierro y, otras tantas, libertad en caída libre.

lunes, 17 de diciembre de 2007

LOS DESAPARECIDOS DEL NEOLIBERALISMO


"...y sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario."
(de Ernesto Che Guevara en Carta de despedida a sus hijos)

Madrugada de verano en la ciudad. Llovía torrencialmente, y el frío llegaba acompañando al granizo. Las ratas huían despavoridas, pues olfatean los males de la tierra y de los cielos. La Villa, una vez más, se estaba inundando. Seguramente, saldrían en los diarios, radios y televisión, para luego ser olvidados cuando las tragedias cotidianas no cotizaran más en el mercado. Emilio tenía frío y miedo, pero nadie estaba allí para cuidarlo. Emilio tenía hambre y el “granero del mundo” no tenía nada para darle, más que un futuro abortado, más que ilusiones rotas y litros de desamparo.
Con sus ilusiones rotas y con su propio desamparo, lejos de la Villa, estaba Fabián, el padre de Emilio. La ciudad tenía esas paradojas, en algunos lugares flotaba en el aire el polvo; y en otros, el agua ahogaba en la miseria. Por allí había autos importados, por acá había pies lastimados. La ciudad estaba dividida. Hoy Fabián era la mosca en el caviar, estaba en aquel sector donde se respiraba polvo, mientras quemaba sus labios al fumar Paco. No sabía dónde estaba, sólo sentía que su cuerpo le estallaba cada cinco minutos, y que necesitaba más y más para anestesiar sus dolores, cuyos orígenes le parecían ya demasiado lejanos. Fabián pesaba 48 kilos, y era un montón de huesos apilados contra una circunstancial pared. El padre de Emilio, con sus ilusiones rotas, sus costillas marcadas, sus dolores y sus drogas, ignoraba que en ese mismo instante su hijo, aquel al que no conocía, padecía el hambre, el miedo y el agua que le llegaba a las rodillas.
Las rodillas estaban lastimadas. El policía la había empujado y, estando ella en el piso, le quitó los pocos pesos que Jessica se había ganado. Pero a aquel servidor del orden y brazo armado de la ley, no le alcanzaba con robarle a los que eran más pobres. Él no se conformaría sólo con ese pago. Su esposa, que se acercaba cada vez más a la obesidad, estaba en el hospital luego de haber parido el sexto hijo. Obtendría de Jessica, aquello que ya no le daba su esposa. Pero esta trabajadora de la noche entendía los códigos, sabía que para seguir trabajando había que pagar no sólo con plata, sino también con el cuerpo. Y, mientras el policía le arrancaba su diminuto vestido, ella se quedaba inmóvil deseando que todo acabara rápidamente. Pero lo que no acababa era la lluvia y el granizo, allá lejos en la Villa; y mientras el policía devoraba el cuerpo de Jessica, Emilio tenía más hambre, más miedo y el agua le estaba llegando al pecho.
Allí, en el pecho, sintió un fuerte dolor, Fabián. Esta vez se había excedido con el paco y, mientras la lluvia empezaba a lavar su sucio cuerpo, Jessica, luego de haber pagado su impuesto al trabajo, caminaba con su vestido roto y su maquillaje corrido por la lluvia. Y, Emilio tenía más hambre, más miedo y el agua ya le llegaba al cuello.
La lluvia ya cubría toda la ciudad. Sino lo hacía el gobierno, aunque sea la naturaleza repartía algo de manera equitativa. Jessica estaba empapada, y quería tomar un colectivo para volver a su casa. Mientras caminaba hacia la parada, vio a un hombre flaco, sucio y mojado, tirado sobre el piso y apoyado sobre una pared. Tuvo miedo, pues ya había padecido demasiado, esa noche. Sin embargo, reconoció en ese hombre al padre de su hijo, el mismo que la había abandonado mientras ella llevaba el séptimo mes de embarazo. Se acercó y lo vio dormido. Lo tocó para despertarlo y, con horror, notó que estaba muerto.
Muerto encontraron a Emilio unos días después. La tormenta había sido demasiado fuerte y había llevado consigo el rancho en el que vivía. Nadie había estado para ayudarlo. Su vida se había perdido, como la de tantos otros, por la inoperancia de algunos, la avaricia de otros, y ese monstruo moderno llamado Mercado, que da lujos a algunos a cambio de la vida de otros. Es que en tiempos de neoliberalismo, las personas han dejado de importar.

El Texto anterior intenta ser una crítica al Neoliberalismo y a sus consecuencias. Entre ellas se encuentra un hecho penoso en la historia reciente de Argentina: la crisis de diciembre de 2001. Para recordar aquella época, dejo el siguiente video musicalizado por "Los Piojos" con "Dientes de Cordero". Cuando se vea el video, apagar la canción que se encuentra en Vibraciones de almas que llueven.


sábado, 8 de diciembre de 2007

IMPERATIVOS



Imagen: "Plataform" de Dariusz Klimczak

"¿Porque no habrá en la noche un camino abierto por el cual se pueda correr una eternidad alejándose de la tierra?”
(de Roberto Arlt)

Correr. Correr desesperadamente hacia el abismo, deseando despegar los sueños del suelo y elevarlos hacia el Universo.
Correr. Sentir la lluvia lacerando las heridas que no cierran. Sentir el viento lijando los recuerdos de las manos que moldearon el cuerpo.
Correr desesperanzado, huir, escapar, saltar para caer en que uno no huye, ni escapa, ni salta, sino que muere en el vacío del saber.
Correr para encontrarse, para no alienarse, para desligarse de la manada. Correr, sí, hasta que las piernas duelan, hasta llegar al asombro, para dejar de sentir los escombros de lo que pudo haber sido en el futuro, y de lo no fue en el pasado.
Correr, con lluvia, con frío, con sol, con lunas, con gritos, con silencios, sólo correr aunque sea solo.
Correr, deshacer el tiempo y el espacio, fundirlos en la velocidad y en la fuerza con la que se atraviesen los muros que encarcelan en el propio manicomio.
Correr en la propia inmovilidad, aunque el pantano interior se extienda, fagocite las células, y deteriore los tejidos, que germinan los gusanos a punto de estallar.
Correr. Dejar atrás la mentira y vomitar la verdad, aunque los labios se tiñan de sangre y de palabras; los oídos se desmiembren ante el ataque de aquello que no se quiere escuchar, y los ojos ciegos se abran para aprender a observar.
Correr, para que no haya más nostalgia, para atravesar el hueco de la angustia, besar los labios de la locura y poder volver del más allá.
Correr. Perder peso, perder piel, músculos y hasta los huesos. Correr para secarse las lágrimas, la saliva, el semen y el recuerdo. Correr, perder todas las palabras que moldearon, dividirse más y más, hasta dejar desnudo al deseo y lanzarse a las redes del lenguaje, que sujete.

Correr, para hacer más tolerable la angustia de la falta constante, del vacío de sentir tanto vacío…

domingo, 25 de noviembre de 2007

LA CAÍDA



Cheers darlin'

Here's to you and your lover boy
Cheers darlin'
I got years to wait around for you
Cheers darlin'
I've got your wedding bells in my ear
Cheers darlin'
You give me three cigarettes to smoke my tears away

Abrir la puerta. Ver cómo lo besas. Saborear tu lengua que ahora tapiza sus labios con flores. Saborear tu saliva, ver cómo se derrama tu jugo en la boca de él, que te merece más que la mía.

And I die when you mention his name
And I lied, I should have kissed you
When we were running the reins

Abrir la puerta. Quedar desnudo ante sus ojos. Mostrarles mis cicatrices y escucharte cantar en oídos que no son los míos. Derretirme entre acordes, entre melodías, entre pentagramas, entre silencios, entre gemidos, entre caricias sonoras que me sobrevuelan como cuervos.

What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
Or your biggest mistake?

Sujetarme de la pared para no caer ante el nuevo golpe. Saber que ya está, que ya pasó, que se perdió, que se murió y que tal vez por eso regresa, como fantasma, para recordarme que estoy vivo aunque no lo crea.

Cheers darlin'
Here's to you and your lover man
Cheers darlin'
I just hang around and eat from a can
Cheers darlin'
I got a ribbon of green on my guitar
Cheers darlin’

Ver aunque no quiera. Que sí, que te digo que es así, que es mentira que el que no quiere ver queda ciego. Que a veces los ojos se abren tan grandes que lastiman todo el cuerpo. Que a veces las imágenes son tatuajes en los ojos que se desangran ante sus dioses.

I got a beauty queen
To sit not very far from me

Saber que mientras estoy aquí, él está allí, en el mismo lugar en dónde yo no estuve. Saber, saber, saber, saber, maldito ideal moderno que me enraíza a los infiernos. Saber que no pasé ese marco, que no caminé tras esta puerta, que no dejé lo que traía para darte. Saber que él es dueño de ese lugar, del que yo ni si quiera conservo recuerdos.

I die when he comes around
To take you home
I'm too shy
I should have kissed you when we were alone

Escuchar, aturdirme, desangrarme, romperme, quebrarme, odiarme. Escucharlo decirte lo que yo no te dije. Escucharme en silencio, mientras me caigo, me hundo, me entierro y vos no estás ni si quiera para dar el último adiós a éste, tu nuevo muerto.

What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
Or your biggest mistake?

Y la puerta se cierra. La tristeza queda de mi lado y la dicha del de ustedes. Soy yo el que queda solo y en ruinas tras el muro levantado. Sos vos quién está del otro lado, de pie tras la puerta que cerraste para mí y que abriste para él.

Oh what am I? What am I darlin'?
I got years to wait...

Letra intercalada: Cheers darlin' de Damien Rice

jueves, 27 de septiembre de 2007

ESPEJO ROTO


Imagen: "Fear of Isolation" by Rene Asmussen

Soy la mosca que aletea atraida por el hedor de las heces; el insecto maldito que insiste en acercarse mientras todos se empeñan en que se aleje. Soy su ruido insoportable en el oído, la mente que aturde cuando uno implora que se calle.
Soy las palabras no dichas, el vacío del presente, el futuro abortado, el pasado que no puede ser asesinado.
Soy el ideal insatisfecho, ése que exige más cuanto más le das y que nunca se cansa de pedir, el que castiga con la culpa insólita que deja cadáveres en los roperos.
Soy el deseo que no sale de la mente, el que no llega a los brazos, a las piernas, a la lengua, ni a la boca. Soy el que desea lo que no hace y el que hace lo que no desea. Soy el dique limitado por represas.

Soy el semen que se derrama innecesariamente en el látex. Esa viscocidad blanca convocada por tus labios un segundo antes y rechazada por tus manos un minuto después.

Soy la ebriedad de tu disurso, el deslizamiento del alcohol entre tus neuronas, el instante previo a la caída, el ácido quemando el esófago del vómito etílico. Soy el mareo confuso, la alegría estéril, el momento del después, la caída del silencio y la llegada de la luna.

Soy todo lo que no quisiera ser y nada de lo que quisiera dejar de ser.
Soy todos los males de la tierra. Soy todo de lo que huyes, pero nada de lo que escapas. Soy lo que nunca debería haber sido, pero lo que ya fui demasiadas veces como para seguir no siéndolo.
Soy todo lo peor, cuando quedo librado al abandono. Seré todo lo mejor, cuando tenga la oportunidad de serlo, pero siempre estaré incompleto y nada aliviará la herida de no estarlo.

Soy el lago en el que te miras, el mismo que secuestró a Narciso para ahogarlo en su belleza. Soy el espejo fragmentado, el que nunca recuperará todos sus pedazos.
Soy el reflejo roto, los siete años de desgracias, todas las plagas de Egipto, todas las iras de los dioses, todos los dioses de los muertos, todos los muertos del tiempo, todo el tiempo de los silencios, todos los silencios de los sumisos, que confluyen en mi cuerpo estallando en un grito lírico que fragmenta el tiempo.

martes, 11 de septiembre de 2007

MÁS ALLÁ



Imagen: "Not good" by Igor Amelkovich

-Quiero sentirte hasta que me duela.
-Quiero desgarrar mi piel en tus colmillos.

-Quiero arrancarte la piel con la mirada.
-Quiero desnudarte con mis palabras.

-Quiero llenarte los labios de mi sangre.

-Quiero envenenarte con la saliva que bañará tus pechos suaves.

-Quiero perder la conciencia.
-Quiero desangrarme con tu roce.

-Quiero penetrar tu boca con mi lengua.
-Quiero erotizarte hasta extasiarte.

-Quiero agitar mi respiración hasta ahogarme.
-Quiero estallar entre tus manos.

-Quiero que explotes en mil orgasmos.
-Quiero incendiarte hasta ser cenizas.

-Quiero derretirme bajo tu lengua.

-Quiero beber de la flor entre tus piernas.


-Quiero tenerte hasta matarme.-

Música: "Makes me wanna die" by Tricky

miércoles, 22 de agosto de 2007

EL MAR


Imagen: "El seductor" de René Magritte

Azul oscuro, tan sombrío que la luna se vuelve un punto pequeño en medio de un celeste muerto, esbozado entre campos marchitos de algodón.

Todo está oscuro, tanto que el silencio se convierte en espinas que acarician mis ojos. Los espejos del alma son tumbas vacías en mi rostro. La noche va llegando, para recordarme que estoy solo, como si en algún segundo me hubiese atrevido a olvidarlo.

Sal en los labios, de esa que saborea las heridas, que las hace suyas electrificando cada uno de los nervios hasta volverlos tortuosos. Sal de las que se apropian de los cuerpos hasta volverlos estatuas.

El agua tan fría como la ausencia, tan envolvente como la soledad, tan cruel como el silencio. El agua, eterna como el tiempo; y el corazón congelándose en silencios.

Y yo, yo tan solo, tan débil, tan cansado, y tan perdido en medio de este inmenso mar.
Es de noche. No hay luna o, si la había ya se escapó. Hace frío. No sé nadar, y estoy sumergido en el abismo de la nada. Siento el agua rompiendo los poros, incendiando la carne y asfixiando el cuerpo, que ya está muerto. Y no hay nadie cerca para ver como intento flotar. No hay manos que se vuelvan alas, no hay palabras que se vuelvan aliento, no hay miradas que lo digan todo, ni labios que miren mi piel y que la vuelvan viento con un roce.

Estoy en el medio del mar, en el medio de la nada, sin punto de apoyo, ni nada, ni nadie de quién sujetarme. No hay escapatorias. Ni si quiera hay suicidio. No hay nada, sólo dos opciones: nadar creyendo en el azar o entregarse a los profundidades de ese ser acuoso, capaz de llevarse todo y a todos.

Un barco se acerca. Las luces exorcizan la oscuridad del agua y de la noche. Ahora pareciera que seguir nadando, vale la pena. El esfuerzo traerá sus frutos, sí, aunque no crezcan en el mar.

El barco es hermoso, es grande, es la promesa de vida. Pero..., ¿quién está allí?, ¿por qué vienen aquí?, ¿qué quieren de mí?, ¿se puede creer?; es que ¿acaso todavía existe la confianza?

Una mano gentil se estira hacia mi cuerpo que flota. No puedo sujetarla. El miedo me ahoga más que el agua, y la indecisión va pudriendo las células de mi piel. La mano sigue extendida, y yo sigo sin poder moverme del mismo maldito lugar. La mano aguarda unos instantes, comprende que no me moveré de aquel lugar, y el barco arranca para empezar a alejarse.

Y yo veo la noche, y veo como el barco se lleva las luces; y la oscuridad lastima más que la sal; y la sal ciega más que el silencio; y el silencio ahoga más que el agua; y el agua habla más que mi cuerpo. Y el barco se me va, y el cielo se me estrella entre los hombros.
Empiezo a agitar las aguas con mis brazos. Mis piernas se extienden sobre la superficie del mar. Pataleo, con la desesperación del deseo, y avanzo contra las olas. Y no respiro, pero sigo. Y el agua me desgarra la piel, como el viento arranca las hojas. Y me esfuerzo más, y más, y más, pero el barco ya se ha ido y no sé si alguno más vendrá.

La oscuridad ya no es la noche, por que el cuerpo ya no siente nada más que su peso que lo hunde en la infinidad, cada vez más…

Sebastián despierta, sobresaltado, en medio de la noche invernal. Soñó que moría ahogado, que no pudo ser rescatado y que todo lo que se proponía alcanzar se le escapaba como agua entre las manos. Había soñado que moría, y ahora, ya despierto, recordaba que sólo había sido un sueño, pues vivía inmerso en la pesadilla de seguir viviendo.

Música: "Help me warm this frozen heart" de Piano Magic

miércoles, 15 de agosto de 2007

DE CUANDO CERRÓ EL LABERINTO


Imagen: "A materada pier" by Denis Grzetic

Este escrito no es una ficción, sólo algo que quiero expresar y compartir con ustedes, para explicarles, de alguna manera, algo de todo lo que estuvo pasando.
En el texto anterior, me expuse demasiado. El límite entre la ficción y la realidad se había difuminado. Sólo diré que lo único de ficticio de ese relato fue la mención a la Ruleta Rusa. Luego de escribir “La Apuesta”, me sentí muy vacío. Sentí que había dado todo y me frustraba el no poder seguir dando más de estas palabras.
Estuve muy triste. Como siempre, todo se complicó más con mis continuas confusiones, idas y venidas. Necesitaba llorar la nueva pérdida, que se suma a una larga cadena iniciada en Noviembre del año pasado. No tuve ganas de seguir escribiendo, y la inspiración, que más que musa es un demonio, escapó lejos de mí. Todavía me cuesta mucho escribir, sobre todo en el estilo que caracteriza este blog, puesto que seguí haciéndolo en aquel que comparto con amigos. Hoy tengo ganas de volver al laberinto, deseo hacerlo aunque temo enfrentarme nuevamente a mis demonios. Cada texto escrito es una lucha contra todos ellos. La apuesta me ha cansado, espero que este acto de sinceridad me abra las venas para que lleguen nuevamente a ellas, algo de la energía perdida.
Recuerdo que este blog nació por varias razones. Confieso que siempre me gustó escribir, pero nunca lo había hecho de manera sistemática. Pero, en noviembre de 2005, Miriam me comentó de la existencia de su blog, ese que ya no está, y quedó revoloteando en mi mente la idea de tener uno propio. En ese momento amaba, de una manera totalmente nueva para mí, a alguien que fue muy especial y a quien yo quería impresionar. Y así fue como empecé a escribir mis huellas en este laberinto. Decir que lo hago desde un laberinto es una metáfora de lo que es mi mente y mi vida y, aunque este blog es de ficciones, usé muchos de mis sentimientos y experiencias para darles vida a mis personajes muertos.
Una de las grandes pérdidas que sufrí en estos meses transmutados en siglos, fue la de esa estrella que quise alcanzar desde este espacio. Como Ícaro, volé muy cerca del sol, se derritieron mis alas y caí rendido y recluido nuevamente a este laberinto. Seguí aleteando en el piso y encontré en otra persona algo del amor que me infundió de su aliento para seguir escribiendo este año. Pero ya ven, volví a perder y esta vez no pude, o no quise, o no supe seguir.
Repito: estuve triste y cansado de vivir. O tal vez ese cansancio no sea de la vida, por que siempre traté de defenderla, pero sí es de mi vida, que a veces me resulta intolerable. Dije “es” y no “fue” porque todavía no hice cambios drásticos en ella para hacerla soportable. No lo hago por que soy demasiado cobarde y por que me siento débil y vulnerable.
En medio de ese caos de tristeza, cansancio y confusión, me encontraba con mi blog y me enfrentaba a su vacío que es el mío y me lastimaba más. Entrar al de ustedes y verlos desplegar su talento y sentir que todo lo que yo pudiera decir era ridículo, también me incomodaba. Y así transcurrieron los días, con esa apuesta que seguía sin poder ser remplazada por otro texto. Y veía que se acumulaban sus palabras, sus pasos en el laberinto y que yo no podía decir nada.
También me cansé del “sistema” o de la “lógica” de los blogs, esto del intercambio de links y comentarios, de la obligación tácita que se genera de comentarle a alguien que te comenta. Sé que muchos de ustedes no actúan de esta manera, pero hay personas que sí lo hacen. Ahora quiero que me escriba el que quiera y cuando quiera, y que lo haga sin esperar nada de mí. Sólo comentaré a quien quiera, cuando pueda y cuando quiera sin esperar nada de ustedes.
Como verán, me pasaron muchas cosas y pensé mucho en este tiempo. Todo esto se fue acumulando hasta que hice algo de lo que no sé si se enteraron. Una de estas noches discutí con alguien que quiero mucho y, en medio de esa discusión, con todo lo acumulado previamente, mas la irracionalidad del momento, decidí suprimir este blog.
Afortunadamente, minutos después, dicha discusión terminó y pude arreglar lo que tenía que arreglar. En ese momento empecé a arrepentirme de lo que había hecho. Fue triste escribir la dirección de este espacio y comprobar que ya no estaba. El laberinto se había cerrado y yo sentía el dolor de una nueva pérdida.
Hablando con mis amigos Lady y Lolo, me percaté del error cometido. Supe que el laberinto es algo que está en mí y yo estoy en él, y que eso no cambiaba con cerrar este blog. Ojalá fuera tan fácil como eso.
Al día siguiente, volví a enfrentarme con mi error al escribir nuevamente la dirección. Nuevamente hablé con mis amigos y les conté de mi arrepentimiento, aunque ellos ya lo sabían. Así fue como Lolo tuvo la idea de crear un nuevo mail y tomar el dominio que yo había dejado vacante. Charlando con él y contándole lo arrepentido que estaba me dio una muy linda sorpresa al decirme que entrara nuevamente. Así lo hice y descubrí que había una nueva plantilla con un post que decía que el laberinto estaba en construcción. Luego, cambió nuevamente la plantilla, buscó imágenes de laberintos, y diseñó este nuevo espacio que ustedes están viendo. Cuando terminó todo, me dio el nombre de usuario y la contraseña para que empezara a subir nuevamente todos los textos que estaban en este espacio. Finalmente, pude transferir todo el trabajo hecho por Lolo a mi cuenta habitual.
Cuento todo esto por que quiero agradecerle a él y a lady todo lo que hicieron, todas sus palabras, su comprensión, su apoyo y su cariño. Quiero decirles que estoy nuevamente acá gracias a ellos. Y quiero compartir con todos ustedes la alegría que me da de tenerlos como amigos. A ellos quiero decirles que los quiero mucho y también agradecerle a Lolo lo que hizo, por que este nuevo laberinto, que tiene muchas más luces que el anterior, es obra de él. Ahora sólo me resta empezar a dejar mis huellas en este espacio. Espero encontrar las palabras que me permitan volver a ser su dueño.
Quiero pedirles disculpas a todos los que dejaron sus comentarios a lo largo de este año y medio. Al borrar el blog perdí todos sus pasos en este laberinto, y de eso es lo que más me arrepiento por que sé del cariño que había en cada uno de ellos. He deshabilitado la opción de comentar los textos anteriores por que ustedes ya lo hicieron y no quiero que se sientan mal al ver el vacío dejado por culpa de mi irracionalidad e impulsividad.
Estoy empezando a volver a ser dueño del laberinto. Ténganme paciencia, yo sigo yendo y viniendo, alguna vez terminaré de volver. Este acto de sinceridad, es sólo un paso.

domingo, 22 de julio de 2007

LA APUESTA


Soy pobre. He apostado demasiado. La ruleta, perversa, siempre gira en mi garganta hecha pedazos; deja caer la bola, de nudos y de sangre, en ese lugar que jamás hubiera imaginado. Tantas veces he perdido, que ya no sé lo que es ganar, pero siempre fui un estúpido, siempre volví a apostar. Creer es un acto sublime de imbecilidad, y yo creí en mí y creí en vos, y eso me convirtió en el mayor de los idiotas.
Apareciste un día de verano. Trajiste tu mirada, proyectada como un sol, desde esos grandes ojos de miel. Me diste tus lágrimas, tus labios y esas sonrisas, tu lengua y esos besos, tu cuello y esos sabores, tus piernas largas y sus abrazos, tus bucles suaves en mis manos, tu espalda de algodón bajo mis labios y cada célula de tu cuerpo explotando las del mío.
Me diste aquello que desconocía, eso que luego redujiste a la mera compañía. Me hiciste sentir importante, yo lo necesitaba y vos lo sabías. Me trajiste las palabras que yo deseaba escuchar, y me acariciaste de mejor manera, de lo que mi piel pudiera imaginar. Me besaste, como nadie lo había hecho, con esa mezcla de ternura y de pasión que, en vos, encontraban equilibrio. Así fue como te recubriste de oro ante mis ojos. Fuiste la mayor de las fortunas que quise conquistar, fuiste la mayor de las derrotas que tengo que pagar. Por vos volví a apostar, por vos volví a perder, por mí tendré que dejar de soñar.
Aposté mi cuerpo, para que lo usaras a tu antojo. Ya no es mío, por que no puedo ser dueño de sus actos. Pero no me di cuenta que ni si quiera este resabio de piel y huesos te podían entibiar. Vengo a este juego con mi sombra que se arrastra herida en su orgullo. Te traigo como monedas, mis ojos con sus lágrimas secas pero siempre dispuestas a estallar. Ofrezco mis labios desgarrados, descarnados, lastimados, esos que dicen lo que no quiero y que callan lo que deseo; esos que te dijeron “te quiero”, y que no pudiste escuchar. Te doy mis cabellos, podés usarlos como lazos para ahorcarme; pero desearía que los arranques, uno a uno, y que silencies con ese dolor, éste que grita desde mi alma disecada. También apuesto mis manos, las mismas que incendiaban tu piel al tocarte y que hoy sólo parecen apagarte. Te las doy, por que lloro cuando las veo buscar en el vacío los vestigios de tu cuerpo. Me apuesto en cuerpo y hasta en el alma vendida al diablo, sólo por volver a tenerte, por que valías más que mi cuerpo lastimado, más que mis palabras vomitadas, más que mi mente enmarañada.
Me ofrezco en esta apuesta que te tiene como premio. Tomás lo que te doy, bebes mi sangre y mi saliva, y los restos de la savia perdida. Pero he perdido el gusto para tu lengua, mi piel te parece vacía y ya no encontrás en ella nada de tu placer. Me mirás. Yo también te miro. Sé que ya no me ves aunque me esfuerce en mirarte. Es que tus ojos me atraviesan y aletean como cuervos en un cielo oscuro. Recuerdo que te detenías en mis ojos, que eran tu espejo; en mi boca, que era tu elixir, en mi rostro que era tu refugio en las tormentas. Ahora sólo queda mirar el techo, que parece más atractivo que mis manos sembrando flores por tu cuerpo.
Pero es que volví a apostar y es que volví a perder. Es que cada vez estoy más pobre y más vacío y ya nada me queda para dar. Te perdí y me perdí. Y ya no nos volveremos a encontrar. Me enojo contra el destino, el azar o todos los nombres que se le quieran dar. Desearía saber por qué siempre se trata de perder, por que me está vedado el ganar. Pero la vida es una cadena enroscada en mi cuello, en mis tobillos, en mis muñecas y hasta en mi lengua. La vida es una cadena de pérdidas sucesivas que nos sujetan y que nos impide volar.
Este fue el último juego, esta fue la última apuesta por que no tengo nada que ganar. La ruleta gira nuevamente. El azar, una vez más interviene, pero esta vez ya no gira una bola blanca, sólo se marea una bala dorada. ¿Jugaste a la ruleta rusa?, yo sí; ésta es mi última apuesta, sólo me queda disparar.

Se agradece la musicalización a Lolo, quien gentilmente sugirió la melodía y la subió a Imeem



martes, 10 de julio de 2007

LA ESPERA


Imagen: Ura (2) by Denis Grzetic

La espera tiene el sabor de la felicidad del suicida que no muere, de la sonrisa soleada y vacía de los ricos, del deseo de esclavitud irónico del oprimido. Es que la espera es lo imposible, es ver cómo se muere el tiempo y como uno se va ahogando en los silencios. Es que esperar es morir, por que sólo por ella aguardamos, aquellos que caminamos perdidos y sin rumbo, por este infierno al que llamamos vida.

I am lost
So I am cruel
But I'd be love and sweetness
If I had you

La espera es el fantasma adueñándose del cuerpo, ese espíritu responsable de que mis ojos se paseen impacientes sobre el techo que cruje con el frío. Esperar es sentir el aturdimiento del silencio, capaz de hacer explotar y desangrar los oídos que no escuchan más que el paso del tiempo. La espera es ver cómo se deshojan mis manos, cuando se quedan vacías, sin el tacto. Es ése fantasma que marchita mi lengua de a poco, y que la hace gritar doliente en la tumba de mis labios.

I'm waiting
I'm waiting for you
I'm waiting
I'm waiting for you

El cielo se oscurece bajo el recuerdo. El mundo vomita dolor en cada uno de sus recovecos. El laberinto se cierra, se vuelve más pequeño, las paredes me aplastan los ojos, el gusto y el tacto. Es que cuando espero veo pasar ese ejército de sesenta y más hormigas, que marchan sigilosas sobre mi vientre y sus gusanos. Miro el reloj y el calendario, y puedo sentir la garganta que se fragmenta con cada uno de sus pasos. Esperar es transformar saliva en telarañas, en donde siempre queda atrapada mi esperanza.

I am weak
But I am strong
I can use my tears to
Bring you home

Sobre la espina dorsal se desbordan ríos de lava y agujerean mi piel, con cada lágrima derramada. Esperar es sentir la ira crecer desde los pies hasta el orgullo, es la tristeza por la inocencia suicida; es darse cuenta que ya todo está perdido por que siempre que se espera, se desea lo imposible. Y es que lo imposible sos vos, soy yo, somos todos cuando deseamos.

I'm waiting
I'm waiting
I'm waiting for you.

Letra intercalada: "Milk" de Garbage


domingo, 1 de julio de 2007

SILENCIOS


Imagen: "Cavalier" de Dariusz Klimczak

Marcos se relamía en la tumba que, con sus uñas, desgarraba de la tierra. Buscaba con sus manos, entre el estiércol ajeno, el rumbo de su propio deseo. Pero el agua se le escapaba por los dedos, y su vida fluía por cauces que le resultaban extraños, lejanos, como el mundo. Todo en su vida se trataba de un gran desencuentro y nada parecía cambiar, todo siempre se repetía. Y una vez más sucedería...
Él sentía que su vida ya estaba signada, que todo se le escapaba… todo, menos Luciana. Ella era un cuerpo sujetado con lágrimas que, como alfileres, fijaban los recuerdos y lastimaban la carne. Luciana era la certeza de la presencia constante; ella estaría con él, aunque la escupiera o la besara; con lo que él no podía ver de sí, la tenía sujetada. Ella leía en sus palabras, en sus miradas, en sus caricias, en sus abrazos, en sus sonrisas, lo que necesitaba.
Esa tarde, Luciana le ofrendó sus palabras. Quiso llenar de luz sus oídos diciéndole, por primera vez, que lo amaba. Pero él la había mirado como lo hacía siempre, sin prestarle demasiada atención, y le preguntó si le había gustado el cuadro que le había regalado. Ella lo miró como una gacela cazada, antes de morir: herida y con la bronca que no afloraba de sus pútridos labios. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero el orgullo las retenía. La ira estallaba en la garganta que se despedazaba bajo el sismo del silencio. Los castillos de arena que ella construía, eran arrastrados por el mar de la indiferencia. Ella se desnudaba, se entregaba, se sacrificaba, se exponía y él no podía escucharla. Marcos estaba demasiado ocupado en encontrarse, en revelarse, en gritar y en romper sus propias redes de silencios. Marcos vivía en su propia torre, y se incendiaba en su propio infierno.
Pero, esa tarde, ella había querido ser su fantasma, traspasar sus muros, llegar a él, abrazarlo hasta deshacerse entre sus brazos, besarlo hasta que crecieran cerezas en sus labios. Había roto sus uñas tratando de abrir un túnel en las paredes de tristeza que lo escondían. Pero él se defendía de todo, hasta de lo que pudiera salvarlo. Es que Marcos sólo creía en una salida, y ella le abría la puerta contraria. Luciana se desesperaba por saber cómo se resucitaban los muertos, cuando se rehúsan a seguir viviendo, pero las respuestas se escapaban con el tiempo. Había creído que su amor podría infundirle sangre por las venas, pero sentía que él sólo tenía semen para ella.
Marcos la vio salir agonizante. Vio como dejaba vacía esa, su casa; la misma que ella tantas veces había llenado con música. Recordó el instante en el que la conoció, cuando estaba sentada sola, leyendo ese libro, que casualmente, era su preferido, en ese viejo bar de nostalgias. Sintió nuevamente la sonrisa de ella, su perfume, su mirada y el cuello que él tantas veces había explorado. Volvió a pensar. La escuchó nuevamente diciéndole que lo amaba. La vio nuevamente indefensa, herida cuando él la alejaba con su indiferencia. Se arrepintió de su silencio. Él también la amaba, pero tenía demasiado pasado encadenado a sus pocos años. Había creído que no era el momento indicado, que él necesitaba encontrarse, que él necesitaba escuchar su propia voz en los labios, que necesitaba encontrar su deseo entre la paja ajena. Pero ahora Marcos sentía cuánto necesitaba lo que ella le daba. Ella lo podría cuidar, ella lo podría curar, ella lo podría salvar. Pero él había sido demasiado cobarde, él no había querido arriesgarse. Él había tenido miedo a ganar por que era lo mismo que perder.
Luciana se fue, llevándose consigo su cuerpo vacío de palabras que, hubiese deseado, la abrigaran de los fríos que crujían la sangre y sus silencios. Y es que, ¿cómo no irse, si allí no encontraba lo que buscaba? Luego, mientras caminaba, alejándose, pensaba que nunca se encontraba lo deseado y, que tal vez, debería volver. Sabía que él la llamaba, aunque hiciera lo imposible por alejarla. Sabía que la cuidaba, aunque la lastimara. Decidió volver. Y su cuerpo hizo carne la orden, y empezó a correr pese a que hiciera frío y el viento lastimara. Y las carpetas, con los expedientes, se le iban cayendo mientras se apresuraba en llegar. Y el orgullo se arrastraba como una sombra que no podía nunca alcanzarla. Ya nada le importaba, ni la oficina, ni los jefes, ni los compañeros, ni las causas, ni los casos; ella sólo quería volver.
Marcos estaba pensando en ella, no podía dejar de hacerlo. Quería llamarla, pedirle perdón, decirle que él también la amaba, pero que tenía miedo, decirle que se arriesgaría, que intentaría la epopeya, que derribaría sus propios muros hasta alcanzarla.
Habían pasado dos horas. Él todavía seguía dudando. El teléfono sonó sin que él lo esperara, por que nunca se espera lo que nos cambia la vida. Escuchó a Ana, la mejor amiga de Luciana, mientras lloraba. Le contó que encontraron a Luciana a dos cuadras del departamento. Un auto la había atropellado. El conductor había escapado. Luciana había muerto sola y sin palabras; y parecía que la vida se trataba de eso, de perder constantemente lo amado cuando se estaba cerca de alcanzarlo.
Un año después de aquel trágico día, Marcos estaba frente a la tumba de Luciana diciéndole en silencio, lo que había callado. Los cielos oscurecían. El mismo viento fuerte lo asfixiaba. La soledad se hacía presente en el descampado del cementerio. Sólo se escuchaban los silencios de los muertos. No había por paisaje mas que las tumbas del vacío. Y el alma era ese dolor triste y seco. Todo remitía a la ausencia. Todo lo envolvía. Todo lo aplastaba. Todo lo extenuaba. Era la primera vez que se atrevía a ir al cementerio, a donde sabía, no estaban los muertos. Es que Marcos la tenía en la piel, la tenía en su departamento, en su música, en los libros, en el bar, él la tenía en su propia tumba que no coincidía con la de aquel campo inmenso de silencios. Marcos se preguntaba qué hubiera pasado, si él se hubiese animado, si él no hubiera callado. Pero ya estaba todo perdido. La había dejado ir, sin saber que ese sería un eterno partir. Y ahora él estaba pensando en ese último desencuentro, mientras una hoja de otoño se desprendía de un viejo árbol y se llevaba una lágrima ensangrentada, que se perdía en esa boca con gusto a silencios.

sábado, 16 de junio de 2007

ELLOS Y EL ENCUENTRO (Segunda Parte)


Imagen: Couple de Emil Shildt

La seducción era la mayor de las artes en las que ella se destacaba. Su mirada aleteaba sobre la piel de él, se colaba entre sus prendas y lo acariciaba más allá de lo visible. Él sabía que sólo tenía que lamer sus oídos con palabras robadas, para tenerla. Ella sabía que con sus gestos e insinuaciones le arrancaría los ojos para frotárselos y derretirlos en cada surco de su piel. El juego de la seducción era un combustible más para el fuego que empezaba a apropiarse de sus cuerpos, irradiando desde los ojos, oídos, labios y sexos. La cena era una mera formalidad, ambos sabían, antes de encontrarse, que terminarían enredados en la cama. Pero los rituales, la postergación, el juego previo eran necesarios para volver más ardiente el encuentro. Había que dejar insatisfecho el deseo para que se volviera tan apremiante que, cuando fuera saciado, el placer les hiciera estallar la piel, los huesos, recuerdos y silencios.
Ella no se molestó demasiado por la edad de él. Las palabras que brotaban de sus labios, se embebían de sensualidad, y sabían jugar entre sus deseos, transfigurados en la carne de su cuerpo. A ella, lo que él le daba, le bastaba para engañarse. Sabía que él no era su verdadero Él, pero esa noche, ya nada le importaba.
Las prendas fueron cayendo. El deseo flotaba en el aire, demasiado liviano. La tensión sexual crecía al ritmo de la excitación. Las pieles desprendían olores imperceptibles que estimulaban sus olfatos, como si fueran cazadores cazando y, a punto de ser cazados. El contacto era impostergable. Las manos penetraban en la piel, la desgarraban sin piedad. El aliento era un gas espeso y asfixiante que jugaba a saltar de boca en boca. Las lenguas se disputaban los espacios. Los labios se aplastaban. Los sexos se tensaban, se humedecían, resplandecían, se tocaban. Los ojos se cerraban. Las palabras se acababan. El bebía de sus pechos. Ella bebía sus recuerdos. La lengua de ella en los oídos de él decían más que las palabras. Los cuerpos eran una masa uniforme, sin principio ni final. Los cabellos se alborotaban y volaban. Él se aventuraba en su interior, y ella lo sentía latir, con fuerza, en lo más profundo de su ser. Las bocas se mordían, las uñas se clavaban, los dientes eran garras. La saliva era el abrigo que los protegía del frío. Ella aleteaba, como un ave dispuesta a volar, encima de él. Él, sujetaba sus caderas, las atraía hacia su cuerpo, pero la impulsaba hacia los cielos y la alejaba del infierno. Ahora ella mordía sus dedos, y él, con su lengua, delineaba círculos de fuego en su espalda. Los cuerpos se deshacían como hojas secas. Ella explotaba por cada uno de sus puntos erógenos. Él los alimentaba con la potencia de su deseo. Aquello que al principio habían sido besos suaves, tímidos y culposos, se habían transformado en mordidas de animales, en sexo entre las lenguas, en pasión en las gargantas, en inconsciencia entre las piernas. El ritmo suave de los movimientos, se aceleraba al ritmo que se avivaba todo el fuego. Las contorsiones orgásmicas, los hacían lucir como dos endemoniados y sólo minutos después, caerían exorcizados. Los gemidos habían volado libres. Esa noche, el deseo había hecho erupción; esa noche, los cuerpos se habían liberado, y los lazos cercenados. Es que esa noche, sus cuerpos se habían encontrado.
Rendidos en la cama, llorando por la emoción de recobrar lo que sus cuerpos habían perdido, ella le contó de su enfermedad terminal. Él, en silencio, la escuchó, besó sus lágrimas, y luego le contó de su depresión inmortal. Es que esa noche, hasta las almas se habían encontrado.
Las confesiones los habían desnudado más que el sexo. Esa noche, decidieron compartir en silencio los abrazos, como si fueran testigos de una misma gran desgracia, que los unía más allá de todo y de todos. Pero la verdad había caído por su peso; esa noche, los cuerpos se abrieron en exceso. Y, mientras el semen, con el que él había regado las paredes dormidas de ella, se encontraba con un óvulo fértil; durmieron juntos, sabiéndose satisfechos y calmados.
Un año y medio más tarde, él tenía entre sus brazos a su hija. Vio en la pequeña, la misma sonrisa que meses atrás había visto en el rostro de ella, cuando tuvo la niña entre los brazos. Él recordaba que esa fue una de las últimas veces que la vio sonreír. Y ahora, la hija fruto del encuentro, le regalaba a su padre el espejo de la sonrisa de su madre ausente. Ella había muerto. Pero antes de la condena del destino, su útero se había inundado de flores, mientras su cuerpo se llenaba de gusanos.
Y ahora, él estaba pensando cómo la vida cambiaba todo en un segundo. A veces se necesita sólo un encuentro para hacer hablar al silencio; para alcanzar lo nunca antes soñado, para encontrar frutos en el desierto, y tener alguien por quién seguir viviendo.

domingo, 10 de junio de 2007

ELLOS Y EL ENCUENTRO (Primera Parte)



Imagen: "Hombre y Mujer" de Marián Angulo

Los perros ladran en las noches, para espantar los fantasmas. Pero hay algunos que se vuelven carne y que, ni toda el agua bendita del mundo sería capaz de exorcizarlos. Y si de fantasmas se trata, no hay nada peor que aquellos que se hacen llamar recuerdos. Esos se impregnan en los sentidos, te comen los ojos, se cuelan en tu nariz, te murmuran en los oídos, te dejan su gusto en la lengua, te queman la piel, te quitan el equilibrio.
La noche empetrolaba los cielos que, sin vida, se desangraban. El frío y la llovizna leve no podían detener el paso del tiempo. Con tantos infiernos terrenales, ni los muertos se animaban a dejar sus tumbas y silencios. Los gusanos se congelaban en las carnes putrefactas, y las células también.
Él, un joven de 24 años, recién recibido de Licenciado en Sociología. Él, ser que deambulaba entre la institución mental, y su hogar, de entes en silencio. Él se debatía entre la depresión diagnosticada por un psiquiatra a sus 19 años, y su intento por vivir, cuando creía que, tal vez, hacerlo no sería doloroso.
El mundo no estaba hecho para él. Todos y todo lo aburrían. Detestaba rodearse de personas, por que creía a todos extremadamente superficiales. Odiaba el mundo y se odiaba a él por no tener el valor de cambiar aquello que le molestaba.
Internet le había dado una esperanza. Esconderse tras un teclado, tras un monitor, en la comodidad de su hogar, le otorgaba más de un beneficio. Internet era su escudo, una red de palabras vacías que creía manejar a su antojo. Era un espacio sin lugar, para encontrar personas que pudieran sentir como él.
Así había llegado ella a su vida. Los chats se hicieron cada vez más frecuentes. Las horas frente a la computadora pasaban más rápido que la felicidad. En ese, su mundo virtual, algo podía cambiar.
Desde que la conoció, supo que ella tenía algo especial. Al mes, las pastillas recetadas por el psiquiatra habían sido relevadas de su función. Ella le quitaba las penas. Ella le permitía hablar sobre lo no hablado; ella cubriría sus faltas; ella lamería sus heridas, hasta cerrarlas.
Ella cumplía 37 años el trece de Junio. En ese frío extremo, la casa le quedaba grande y ella se sentía más sola que de costumbre. Los fantasmagóricos recuerdos la estrangulaban por las noches, circulaban como vidrios por sus venas, desbordaban sus ojos, la penetraban hasta hacerla estallar en gemidos cabalgados por la angustia.
A su esposo lo había echado de allí hacía más de un año, cuando todo había empezado. Todavía lo amaba, pero él era demasiado estúpido como para darse cuenta. Hijos no habían tenido, hasta ese momento; ella no había podido cultivar frutos en su vientre. Su esposo había dicho que no importaba, y esa había sido la primera de las mentiras. Luego, ella le había dicho que ya no lo amaba, para que él se alejara y no sufriera a su lado. La soledad había sido su elección, como ofrenda a los dioses, a cambio de salvar a su esposo del dolor que sentiría si se quedara con ella.
Ahora, ella arrojaba el humo del cigarrillo que fumaba, con la sensualidad con que lo haría la más diva de Hollywood. Las cenizas caían de su mano sobre el escritorio. Las lágrimas se abalanzaban sobre el teclado, como lo hacían las gotas de lluvia en un verano que parecía muy lejano. Los recuerdos se le escapaban de las venas y la hacían sangrar. Todo terminaría pronto, lo sabía, la ciencia no estaba de su lado. Mientras tanto, veía como se deslizaban en la pantalla de su computadora, las letras que él escribía.
Ellos se habían conocido por Internet hacía cinco meses. Él, que no tenía más ocupación que la de la lectura, la había cautivado con sus palabras, sus ocurrencias, sus juegos y sus redes. Ella, lo había capturado con su misterio. La seducción siempre empezaba a través de una pregunta, y él tenía todas por que ella no regalaba ninguna de sus respuestas. Él había mentido con su edad, había dicho que tenía 27 años y usaba fotografías de su hermano mayor, al que más se parecía. Ella había elegido creerle. Ya no tenía nada que temer, todo ya estaba perdido.
Ese día, acordaron la cita para el día siguiente. Ella lo esperaría a las diez de la noche, con su plato preferido y las copas de vino vacías, que él se encargaría de llenar. Él estaba ilusionado. Él estaba feliz. Había empezado a creer. Ella estaba resignada, pero dispuesta a disfrutar con él.

miércoles, 6 de junio de 2007

HOMENAJE A DÉBORA (En su Cumpleaños)

Hoy, Miércoles 06 de Junio de 2007, en el Hemisferio Norte, en un día que probablemente contraste con los fríos otoñales que se sienten en estas latitudes, está cumpliendo años Débora Hadaza García Díaz. Débora es la autora de "NOTAS SOBRE UN SOL DE HIELO", una de las joyas que incorporé a mi laberinto. Sólo alguien con un corazón cálido, como el de ella, puede escribir notas tan sensibles sobre ese sol de hielo, compartido por muchos de sus lectores. Desde ya, te agradezco por compartir, con todos los que leemos tu blog, las notas que vibran de tu alma y que se escapan de tus manos para iluminar mis laberintos u oscurecerlos aún más.
Débora nació el 6/6 (de un año que, por caballerosidad, no revelaré), pero no es el Anticristo, aunque a veces debo reconocer que, cuando esta mujer escribe pareciera estar poseída por más de uno de mis demonios. Sólo de esa manera puedo llegar a explicar que conozca tanto del sol de hielo que late en mi laberíntico pecho.

¡Deseo para vos, un muy FELIZ CUMPLEAÑOS!

A través de este pequeño agasajo, quisiera seguir la tradición, por ella pergeñada, y presentarla por aquí a quiénes todavía no la leyeron y, confesar, ante los que la conocen, cuál fue uno de los tantos textos de ella, que me parecieron profundamente admirables. Con ustedes:

NUESTRO HIJO
(por Débora Hadaza García Díaz)

Después del embarazo más corto y riesgoso de la historia, y del parto, más sangriento que una entifada, nos entregaron un bebe pálido, pequeño como un suspiro, y de ojos cerrados como cielo de invierno. Eras tan feliz, ni siquiera las paredes peladas y la heladez de la casa te quitaban la sonrisa de la boca, ni siquiera el silencio del niño, ni tampoco la fuente incesante de sangre en la que yo me había convertido.
Lo alimente, eructó dos veces y dejó de respirar. Tu pasabas horas contemplándolo, yo le temía, me daba horror esa carita de ángel, pálida, casi transparente, cuando lo amamantaba apagaba la luz y me cubría por lo helado de ese cuerpecito que nunca se calentaba. Hasta que un día mi cuerpo cedió al espanto, no pude alimentarlo más, cada vez que me lo acercabas empezaba a temblar y la leche se iba; tu no entendías nada, fuiste comprensivo pero no entendías nada, yo no tenía palabras para explicarte que era horrible lo que me pedías, antinatural, casi diabólico; pero como decírtelo si por fin eras padre, si por fin tenías a tu hijo en brazos, si por fin nuestro amor había dado fruto...
Entonces algo aún más extraño, bizarro, enfermo, amorosamente bizarro y enfermo sucedió. Yo te alimentaba a ti, y tú después lo alimentabas a él. Era un rito deme
ncial, demasiada pasión, demasiada lujuria, extrema gula; el monstruito, que nunca lloraba, que nunca se movía, que nunca abrió los ojos, abría su boca y comía, tomaba la leche que yo te daba a ti; y tu te sentías feliz, el mejor de los padres, el más amoroso de los hombres; cada tres horas, la alucinante escena se repitió, cada día, cada semana hasta cumplir un mes.
Tu no lo veías, pero no sé como no lo veías, su rostro pálido se tornaba cada día más azul, muy azul; su frío cuerpo cada vez era más poroso; yo ya no soportaba más, lo cargabas, le cantabas, lo alimentabas, y el olor a rosas muertas llenaba cada rincón de la casa, una bruma espesa nos impedía ver a un metro de distancia, el terror iba en aumento, ya no era posible vivir así, ni siquiera, por Dios, sabía si estaba viviendo. Lo enfermo de esa situación me taladraba la cabeza; pero sobre todo su llanto, su llanto a boca cerrada, su llanto lejano como si llorara la tierra, las raíces de los árboles, los fundamentos del mundo, me aterraba amor, ya no podía callar más, un mes había pasado, un largo mes de ceder a la locura, ya no podía d
ejarte creer más, ya no debía dejarte creer más. Asi que cuando te acercaste esa noche a beber de mí, te grité: ¡Que no ves que está muerto!
Me miraste con más odio que mil perros juntos, te levantaste como rayo, corriste a la cuna y gracias a Dios el milagro se hizo; cuando tocaste su carita, esa hermosa carita de ángel caído, comenzó a deshacerse como harina entre tus dedos, trataste de cargarlo y todo su cuerpecito se desbarató en gusanos, blancos y suaves, pero gusanos al fin. Yo pensé que ahí terminaba la locura, que lo enterraríamos y lo intentaríamos de nuevo; pero no, tu saliste corriendo, gritando, te seguí, te seguí cuadra tras cuadra, pero la mucha sangre que había perdido no me dejo avanzar, caí en la mitad de la calle, y después de muchos días no supe nada de ti.
Un jueves de alguna tarde te trajeron. Te vi pálido, casi transparente, con
el cuerpo helado como un témpano, me cubrí con la más cálida de todas mis frazadas, apague la luz y te alimente.

Fotografía: "Vanita vanitatum et omnia vanitas" de Emil Schildt

martes, 29 de mayo de 2007

DÍA OTOÑAL


El viento frío me arranca de las entrañas esta nueva hoja que se marchita. El paso del tiempo se muestra en ese peso que la hace caer sobre el asfalto tapizado de aguanieve. Las hojas anaranjadas, algunas con tintes verdes y otras devoradas por gusanos, se me acumulan con los años. Y todo, y todos, pesan tanto que impiden mirar el cielo.
Tantos recuerdos putrefactos como las hojas de los árboles en otoño. Tanto frío apropiándose de todo, como tristezas circundantes. Tanto deambular en el viento como reflejo de mis incertidumbres constantes.
Y yo, yo quedo enterrado entre todos mis años. Veo los gusanos impiadosos devorando las hojas de éste árbol. Y el frío y la tristeza, que lo recorrieron todo, se adueñan de mis raíces y congela la savia en mis ojos. Y el viento con sus látigos, abre llagas que arden en mi piel, cansada y sedienta de los frutos que germinaban con los besos perdidos en el tiempo.
No es casualidad que este árbol esté plantado en el sur. No es casualidad que se haya animado a brotar y crecer en medio de los otoños. No es casualidad que se alimente del tiempo, de las nostalgias y los silencios. Desearía creer que todo pasó por algo, desearía creer que tuvo sentido, creer que existe el destino.
Este árbol que pierde por vigésima segunda vez una de sus hojas, sabe de la existencia de los inviernos, pero cree en las primaveras. Y aquella hoja que me arrancó el viento, nacerá de nuevo del abono de los recuerdos.
Sé bien que hay que pasar el invierno y soportar sus gélidos infiernos. Sólo se trata de esperar. Hoy tengo ganas de hacerlo. Hoy seré como Oliveira y escucharé en Heráclito que hay que enterrarse en la mierda hasta el cogote. Hoy esperaré para encontrar lo inesperado, aunque me lo traiga nuevamente el viento cuando se vista de brisa en el verano.

martes, 15 de mayo de 2007

ALIENACIÓN


“Uno, dos, Freeddy viene por ti
tres, cuatro, cierra la puerta
cinco, seis, toma el crucifijo
siete, ocho, mantente despierto
nueve, diez, nunca mas dormirás”…

Se sentó sobre aquel lugar al que allí también llamaban cama. Se había sacado toda la ropa. Con el cuerpo desnudo y la mirada perdida, se balanceaba, mientras volvía a cantar esa vieja canción e imaginaba sus próximos pasos…
De vez en cuando recordaba la niñez. A veces pensaba en su familia. Cada tanto, su madre también recordaba su existencia; aunque hubiese deseado poder olvidar. Después de ese último episodio, había podido entender todo, pero ya era tarde.

Anabel y Efraín eran hermanos. Ella era dos años más grande que él. Muchos años después, su madre recordaría que desde el día en que supo de la existencia incipiente de su hermano, ella lo odió tan intensamente como sólo pueden hacerlo los niños. Luego de anunciada la noticia, Anabel empezó a orinarse en la cama.

Como era de esperarse, meses después su padre la llevó al hospital para que conociera a su hermano. Ella hubiese querido regalarlo, pero sus padres le explicaron que su hermano no era una mascota de la cuál podían deshacerse a su antojo. Además, ellos parecían estar muy contentos y el contraste con su bronca se acrecentaba al ritmo de sus celos. Anabel supo tempranamente lo que era odiar.

Los años pasaron, como suelen hacerlo, sólo para empeorar. Los juegos que ella proponía a su hermano nunca satisfacían sus verdaderos planes. Es que hasta los mejores planes suelen fallar.
A Efraín, su hermana lo divertía. Ella ingeniaba las aventuras más exóticas que uno pudiera imaginarse. Sus padres no calificaban de esa manera los juegos ya que, constantemente la reprendían por ser demasiado riesgosos. Él reía a carcajadas cuando salía airoso de los desafíos planteados por su hermana. Ella siempre terminaba terriblemente enojada, y él empezaba a entender por qué.
Una vez se quedaron solos. Ella tenía trece años, él tenía once. Anabel tenía miedo y quería que él también lo tuviera. Ella se temía así misma, por que sabía bien lo que era capaz de hacer. La crueldad crecía en ella sin obstáculos. El dique se desbordaría pronto y arrasaría con todo.

A veces uno desea algo, lo planea detalladamente y no resulta. Otras veces las cosas se dan espontáneamente, sin que uno se las proponga. Esta vez, las casualidades estaban de su lado. Encendió el televisor y vio que pasarían una de las pesadillas de Freddy Krueger. Ya sabía qué era lo que tenía que hacer. Obligó a su hermano a ver la película con ella, imponiendo la condición de no taparse los ojos en las partes más terroríficas. Anabel lo amenazó y lo condenó al silencio. Esa había sido la primera condena, luego vendrían muchas más. Ella le dijo que los secretos entre hermanos morían entre hermanos, pacto de sangre remarcó, y él le creyó. Lo de “sangre” pareció interesarle demasiado.

La noche llegó y, como era previsible, él no podía dormir. Las horas pasaban y en su mente las escenas de la película no paraban de aflorar. Su padre era policía pero, según había visto en la película, contra Freddy ningún padre podría.
Escuchó a su hermana abriendo lentamente la puerta. Vio su figura deslizándose sigilosamente hacia su cama. La escuchó: “uno, dos, freddy viene por ti…”. Ella le cantaba con una voz extraña, que no era de ella pero que no era de nadie. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Efraín. Los labios temblaban y agitaban las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos. Sus oídos le dolían, no soportaba escuchar esa música tétrica que le escupía su hermana. Ella saltó sobre él, le tapó la boca con una mano, mientras la otra apretaba su cuello. Vio en el rostro de su hermana los ojos de una serpiente, escuchó en su risa cruel a las hienas, sintió en sus manos las arañas. Todo era demasiado real, tanto que su hermana parecía poseída, transformada en un ser que no era ella. Anabel no supo que él también jugaba, que él sabía de sus intenciones y eso alimentaba las suyas; ella no sabía que seguirle la corriente era parte de sus planes. Las escenas se sucedieron una tras otra como si se tratara de un cortometraje. Efraín clavó el crucifijo en uno de los ojos de víbora de su hermana. Anabel lanzó un alarido tan fuerte, que lastimó su garganta. El padre corrió a la habitación del hijo intuyendo lo peor, creía que Efraín era atacado. Apenas entró, vio un bulto sobre su hijo, y no dudó. El ruido de la pistola fue un grito en la noche oscura. Había disparado dos veces sobre ese bulto que un segundo después supo que era su hija.
Lo que sucedió después era predecible. El padre no tuvo otra opción más que el suicidio. Los dos familiares muertos estaban tendidos frente a Efraín que reía como un loco.
La justicia ordenó que fuera recluido en el manicomio. “Peligro para sí mismo o para terceros” dijeron las pericias psiquiátricas.

Efraín vivió ahí durante años, que es lo mismo que morir. Su madre no se olvidó de él, pero su recuerdo era una blasfemia. Su hermana y su padre se pudrían en el cementerio y alimentaban los gusanos.

Pero ese día, Efraín sentía que todo cambiaría. Mientras cantaba la canción, se le ocurrió que el tiempo era una construcción falaz. Tenía la certeza de que ese día todo empezaría. Se vistió de una manera completamente diferente, como lo hubiese hecho Anabel, peinó su cabellera hasta parecerse demasiado a su hermana y se escapó del manicomio para buscar un nuevo hermano.

miércoles, 9 de mayo de 2007

EL RECUERDO, O ESA PRESENCIA QUE DUELE


“Entre mí y el recuerdo de pasadas alegrías hay un abismo no menos profundo que entre mí y posibles alegrías actuales.”
(Oscar Wilde, en De Profundis)

I remember it well
The first time that I saw
Your head around the door
'Cause mine stopped working

Domingo frío en la tarde omnipresente. Tu ausencia se acrecienta más que el silencio que lo cubre todo pero que no tapa nada del vacío que hay en mi pecho. La música te trae y yo la uso para invocarte como se invoca a los espíritus. Enciendo velas en tu nombre para que me traigas la luz que lastime mis ojos oscuros. Es que esta necesidad apremiante de encontrarte ya me resulta intolerable. Te ofrezco hasta lo que no tengo sólo por que regreses y puedas darme lo que no tienes.

I remember it well
There was wet in your hair
I was stood in stare
And time stopped moving

Es que los días parecen todos iguales y pasan muy lentamente. Es que la rutina es un cáncer que oxida mis células en forma constante. Es que ya no hay espacio en mi cuerpo que soporte tu recuerdo, por que estás en cada parte de mí y, al mismo tiempo, me excedes. Es que te quiero tanto que me duele.

I want you here tonight
I want you here
'Cause I can't believe what I found
I want you here tonight want you here
Nothing is taking me down, down, down...

Me arrancaría los ojos para dejar de verte en todos lados. Los aplastaría con mis manos para vaciarme de las lágrimas que sudan la saliva con la que bañaste mi cuerpo. Me arrancaría cada uno de mis cabellos que se sienten abandonados sin tu respiración agitándolos, e invitándolos a volar.

I remember it well
Taxied out of a storm
To watch you perform
And my ships were sailing

Me quitaría la piel. Clavaría mis uñas para desgarrar la carne que se pudre. Escarbaría entre mi sangre sólo para encontrarte. Haría jirones de este manto de células que me recubre. Perdería cada parte de mi ser para no tener que escuchar el silencio de tus besos ausentes, de tus caricias errantes, de tu lengua fugitiva y fetichista.

I remember it well
I was stood in your line
And your mouth, your mouth, your mouth...

Me sumergiría y bucearía en los músculos de mi pecho para detener ese constante tic – tac que marca los días ausentes, que transcurren sin tenerte. Incendiaría mi cuerpo para hacer cenizas tus recuerdos. No quiero que me toques desde el pasado truncado, quiero que me arrulles con tus bucles añorados. Pero no estás y yo lo sé aunque no quiera.

I want you here tonight
I want you here
'Cause I can't believe what I found
I want you here tonight want you here
Nothing is taking me down, down, down...

La resignación, esta vieja compañera, sólo me deja soñarte, pensarte, recordarte, imaginarte, fantasearte, añorarte, implorarte, amarte hasta extrañarte y extrañarte hasta odiarte por marcharte. Es que sólo eso puedo, recordarte.

Except you my love.
Except you my love...

Te doy mis ojos que se derriten con tu ausencia. Te doy mi piel que languidece, y que se agrieta sin las caricias que me dieron tus labios. Te doy mi corazón marchito para que no quede más cuerpo que de cabida al dolor de no tenerte y de necesitarte tanto como a la muerte. Te doy todo de mí y no te doy nada, para que dejes de estar ausente y para que tu recuerdo no se apropie de mi cuerpo doliente, que se derrite como velas encendidas en la oscuridad de las ausencias.

I wanna hear what you have to say about me
Hear if you're gonna live without me
I wanna hear what you want
I remember December…

Letra intercalada: "I remember" de Damien Rice

martes, 1 de mayo de 2007

INERCIA DE NOCHES Y NOSTALGIAS


Nyx, la hija del caos, ya envuelve los cielos. Hace frío y, luego de la larga jornada, estoy llegando a casa. Ese hogar castigado por el tiempo, se vació de sonrisas y se tapizó de silencios. Los que allí habitamos, ya ni si quiera nos miramos, nos hemos vuelto absolutamente extraños.
La cama se ofrece ante mis ojos como una gran promesa, como un bálsamo capaz de aliviar cansancio, frío y esa fatídica suma de realidades cotidianamente adversas.
Me envuelvo entre las sábanas, como cuando era niño, tenía miedo y pensaba que debajo de ellas nada sucedería. Apago la luz. Escucho el silencio. El frío en mis pies escala hasta el alma. Los ojos se cierran. La mirada se desliza sobre ásperos recuerdos. Hoy, los dioses no me quieren en su lecho.
El celular que, por capricho del azar quedó encendido, empieza a vibrar junto a mi cama. Su luz tenue se cubre de las tinieblas nostálgicas con las que me visto. Leo el mensaje y me sorprende que sea tuyo. Tus palabras me llegan como piedras arrojadas para romper en pedazos mi cuerpo de cristal que se derrumba en mil fragmentos. Es que no sólo estás en mis recuerdos, sino también en los sueños, o en mis intentos.
No contesto tu mensaje, ya te lo dije todo y no escuché nada. Tu silencio, tu ausencia, tu indiferencia son gritos más sinceros que cualquier otra respuesta.
Mis pies siguen fríos, deambulando entre las sábanas. Buscan inútilmente los tuyos, dibujan en el colchón el hueco en donde ya no estás. La cama me queda grande y sólo puedo perderme en ella sin alcanzar el descanso prometido. Ese vacío a mi lado me aturde con sus gritos que denuncian que no estás. Esa capacidad, tan mortalmente mía, de adelantarme hacia el futuro, me asegura que tampoco estarás, que te fuiste y que no volverás.
Escucho los perros que ladran afuera, el viento los ha despertado. Los árboles se mueven y abanican los silencios noctámbulos que llueven del cielo. La noche se me pasa como se me escapa la vida, lentamente y sin darme cuenta. No puedo dormir, ni tampoco soñar. Es que ese hueco invernal que está a mi lado, me envuelve, me atrae, me toma de los pies y con su fuerza centrífuga, me arrastra hasta su centro. Allí no hay nada, sólo este pecho abierto y vacío que se llena de recuerdos.
Respiro, ese es mi castigo. La soledad se cuela en mi nariz y me ahoga al llegar a mis pulmones. Se fuga una lágrima, cae como si fuera una hoja de otoño que, junto con las que vendrán, forman un manto anaranjado en mi rostro por el que ya no caminan tus manos. Los ojos se incendian. Las lágrimas explotan por la combustión de los recuerdos. Los ríos de lava siguen los cauces que escarbaron tus manos en mi piel. Me estoy desangrando, y cada gota que se fuga de esta cárcel de nostalgias me transporta hacia el pasado. Mi boca se llena de sal y del recuerdo del sabor de tu piel. Puedo ver tu mirada triste inundándose con mis palabras. Puedo oler tu perfume escapándose de mis poros. Puedo sentir la tibieza de tu cuerpo contrastando con la frialdad de mis infiernos. Estás aunque no estás. Tu recuerdo fantasmagórico circula por mis venas que se abren con la ausencia.
La noche se escapa. Ha dejado en mi cama sus hijas bastardas, las penas, la angustia y la muerte. Una luz entra por la ventana. No he dormido nada. El día se me va, ante de empezar. Hoy, como nunca y como siempre, te volveré a extrañar, pero todo será igual. Hoy me volveré a matar, y nada va a cambiar...